jueves, 28 de mayo de 2015

La complementariedad de la estructura y la fuerza es el fundamento del universo y sus cosas, siendo coextensiva del ser, y que es el tema tanto de la ciencia como de la filosofía, con lo que se supera toda contradicción entre ambas ramas del saber objetivo.


Patricio Valdés Marín


Registro de propiedad Intelectual Nº 169.033, Chile



Prefacio a la colección El universo, sus cosas y el ser humano



El formidable desarrollo que ha experimentado la tecnología relacionada con la computación, la informática y la comunicación electrónicas ha permitido el acceso a un inmenso número de individuos de la cada vez más gigantesca información. Por otra parte, existe bastante irresponsabilidad en parte de esta información sobre su veracidad por parte de algunos de quienes la emiten, tergiversando los hechos. Además, mucha de la información produce alarmas y temores, pues aquella gira en torno a intrigas, conspiraciones, crisis y amenazas. Habría que preguntarse ¿hasta qué punto esta información refleja la compleja realidad? ¿Cuánta de toda esa información es verdadera? ¿En qué nos afecta? Como resultado hemos entrado en una era de desconfianza, relativismo y escepticismo. Sin embargo la raíz de ello debe buscarse más profundamente.

Vivimos en un periodo histórico ya denominado posmodernismo, que se caracteriza por el derrumbe de los dogmas religiosos y sistemas filosóficos tradicionales a consecuencia del enorme progreso que ha tenido la ciencia moderna y su método empírico, contra cuyo descubrimiento de la realidad no pudieron sostenerse. Sin embargo, la antigua sabiduría respondía de alguna manera a las preguntas más vitales de los seres humanos: su existencia, su sentido, el cosmos, el tiempo, el espacio, la vida y la muerte, Dios, la verdad, el pensamiento, el conocimiento, la ética, etc., pero la ciencia, que ocupó su puesto, no ha podido responderlas, ya que no son esas preguntas su objeto de conocimiento. Por la ciencia entramos en una época de enorme conocimiento y certeza, pero si no se es fiel a la verdad que devela, es fácil caer en el  relativismo: ahora todo es opinable y no se respeta ninguna autoridad, en cambio se pide respetar a cualquiera por cualquier sonsera que esté diciendo; existe poca o ninguna crítica; aparecen gurúes, charlatanes y falsos profetas por doquier, mientras la gente permanece desorientada y escéptica; se divulga falsedades por negocio, fama o intereses espurios.

No se trata de revivir los antiguos dogmas religiosos y sistemas filosóficos, sin embargo, 1º las preguntas que responden al ¿qué es? filosófico, más que el ¿cómo es? científico, que éstos intentaban responder están tan plenamente vigentes hoy, ya que sin aquellas nuestra vida sería vacía y que la filosofía emergió como un esfuerzo racional y abstracto para conferir unidad y racionalidad al mundo, y 2º, la ciencia sigue con firmeza develando esta tan misteriosa realidad, puesto que no fue hasta el desarrollo de aquella que el mundo comenzó a ser entendido como sujeto a leyes naturales y universales de relaciones causales. En consecuencia, esta obra requerirá llegar a los grados de abstracción que demanda la filosofía y a partir de justamente la ciencia intentará responder a las preguntas más vitales. El criterio de verdad que la guiará son las ideas universales y necesarias de ‘energía’ para lo cosmológico y la complementariedad ‘estructura-fuerza’ para el universo material.

Nuestras ideas son representaciones subjetivas y abstractas de una realidad objetiva y concreta, pero la realidad es profundamente misteriosa y nuestro intelecto es bastante limitado para aprehenderla. De este modo se intentará  reflexionar en forma sistemática y unificada sobre los temas más trascendentales de la realidad.


EL CONTEXTO CÓSMICO DE LA OBRA

Parafraseando el inicio del Evangelio de s. Juan (Jn. 1, 1), afirmaremos, “En el principio, estaba la infinita energía”. La energía, que no se crea ni se destruye, solo se transforma —según reza el primer principio de la termodinámica—, que no debe ser pensada como un fluido, ya que no tiene ni tiempo ni espacio, que su efectividad está relacionada con su discreta intensidad, que es tanto principio como fundamento de la materia, no puede existir por sí misma y debe, en consecuencia, estar contenida o en dependencia. Y Dios la causó y liberó en un instante, hace unos 13 mil setecientos millones de años atrás, la codificó y la dotó de su infinito poder, creando el universo entero. La cosmología llama “Big Bang” a esta ‘explosión’ y se puede definir como un traspaso instantáneo, irreversible y definitivo de energía infinita a nuestro material universo en el mismo instante de su nacimiento. La energía que este agente suministró al universo, tal como si fuera un sistema, no termina en desorden, sino sirve para generar y estructurar la materia. El Big Bang, que sería el soplo divino, es también el instante del punto del comienzo de la creación y es igualmente el manto que, desde nuestro punto de vista, envuelve todo el universo. En el mismo grado que el objeto que se aleja cercano a la velocidad de la luz del observador, que de acuerdo con la contracción de FitzGerald se acorta en el eje común entre objeto y observador, aseveramos que, con el fin de mantener la simetría, el plano transversal del objeto a este eje se agranda recíprocamente hasta identificarse con la periferia de nuestro universo. Inversamente, la teoría especial diría que para un observador situado justo en el Big Bang, Dios en este caso, el tiempo habría sido tan grande que ni una fracción infinitesimal de segundo habría transcurrido. Una vez más, para este observador la distancia se habría reducido a cero, como si el Big Bang fuese la base de un tronco que sostiene la inmensidad del universo, dándole unidad a través de una inmensa relación causa-efecto. Dado que todo el universo tuvo un origen único y común, entonces las mismas leyes naturales gobiernan todas las relaciones de causa-efecto entre sus cosas. Para la causa del universo entronizada en el Big Bang, a pesar de estar a alrededor de 13,7 mil millones de años de distancia en el pasado, cada parte del universo estaría en su propio tiempo presente, mientras que la manifestación de causalidad estaría recíprocamente presente en todo el universo.

El universo conforma una unidad en la energía que no admite dualismos espíritu-materia, como los postulados por Platón, Aristóteles o Descartes. Así, el universo, en toda su diversidad, está hecho de energía y nada de lo que allí pueda existir puede no estar hecho de energía. Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la historia, postuló al “agua” y sus tres estados como clave para incluir la diversidad del universo; después de él otros sugirieron diversos entes como fundamento de la cosas; tiempo después Parménides inventó el concepto de “ser” para darle unidad a la realidad, concepto que hechizó a toda la filosofía posterior; ahora proponemos la idea de “energía” para este mismo efecto metafísico. Si desde Heráclito la filosofía comenzó a especular sobre el cambio que ocurre en la naturaleza, la ciencia observó por doquier a conjuntos relacionados causalmente como sistemas que se transforman de modo determinista según las leyes naturales que los rigen y ella los reconoció, más que cambios, como procesos. El tiempo y el espacio del universo están relacionados con el proceso. Ambos no son categorías kantianas a priori que residen en nuestra mente. El tiempo proviene de la duración que tiene un proceso y el espacio procede de su extensión. La infinidad de interacciones originadas en el Big Bang constituyen el espacio-tiempo del universo, donde cada ser u observador existe en su tiempo presente y todo lo demás está entre su próximo y lejano pasado, estando el Big Bang a la máxima distancia y siendo lo más joven del universo. La velocidad máxima de las interacciones es la de la luz. La fuerza gravitacional es el producto de la masa que se aleja con energía infinita de su origen en el Big Bang a dicha velocidad y que forzadamente se va separando angularmente del resto de la masa del universo, por lo cual el universo es una enorme máquina que, por causa de su expansión radial (no como un queque en el horno), genera la fuerza de gravedad, teniendo como consecuencia su pérdida asintótica de densidad. Y esta fuerza más el electromagnetismo y las otras dos que ellas causan dentro de la estructura atómica producen la incesante estructuración y decaimiento de las cosas.

Algunos científicos creen observar un completo indeterminismo en el origen del universo, pudiendo éste haber evolucionado indistintamente y al azar en cualquier sentido. No consideran que el universo haya seguido la dirección impresa desde su origen según las propiedades de la energía primordial y la relativa estabilidad de lo que se estructura. De modo que la energía primigenia se convirtió en el universo y fue desarrollándose y evolucionando, auto-regulado por lo posible en cada posible escala estructural. La energía comprende los códigos de la estructuración de las partículas fundamentales de la materia. Estas partículas poseen máxima funcionalidad, ya que adquirieron entonces energía infinita, lo que las llevó a viajar a la máxima velocidad posible (la de la luz) desde el Big Bang. El universo que percibimos es estructuración de energía en materia en dos formas básicas, como masa según la famosa ecuación E = m·c² y como carga eléctrica (positiva y negativa). La conversión en carga eléctrica requirió también mucha energía. La fuerza para vencer la resistencia entre dos cargas eléctricas del mismo signo es enorme. Se calcula que solamente 100.000 cargas (electrones) unipolares reunidas en un punto ejercerían la misma fuerza que la fuerza de gravedad de toda la masa existente de la Tierra. Infinitos y funcionales puntos o centros atemporales y adimensionales de energía generan el espacio-tiempo del universo al interactuar entre sí y relacionarse causalmente mediante también energía, estructurando enlaces relativamente permanentes, generando la diversidad existente, que se rige por el principio complementario de la estructura y la fuerza, y produciendo energía cinética y/o ondulante que podemos sentir, que nos puede afectar y que mediante éstas también podemos afectar a otras cosas.

El mundo aparecía naturalmente a nuestros antepasados como caótico y desordenado, existiendo allí tanto nacimiento, gozo y regeneración como sufrimiento, muerte y destrucción. Ellos se esforzaron en dar explicaciones para dar cuenta de esta arbitraria situación y que resultaron ser mayormente míticas. Ahora, por medio de la ciencia moderna, podemos entender objetivamente este mundo y su evolución y desarrollo. El dominio de la ciencia comprende las relaciones de causa-efecto que producen el cambio en la naturaleza, determinadas según sus leyes naturales, siendo válido para todo el universo, y que es virtualmente todo lo que sabemos con mayor, menor o total certeza. Las hipótesis científicas concluyen en la definición de las leyes naturales que rigen la causalidad del universo a través de la demostración empírica y la observación. La ciencia devela que en el curso de su existencia el universo ha ido evolucionando y se ha ido desarrollando hacia una complejidad cada vez mayor de la materia, la que se ha venido estructurando en escalas incluyentes cada vez más multifuncionales. Desde las estructuras subatómicas, atómicas, moleculares y biológicas, hasta las psicológicas, sociales, económicas y políticas, la estructuración en escalas mayores y más complejas no ha cesado. Las estructuras, que se ordenan desde las partículas fundamentales hasta el mismo universo, son unidades discretas funcionales que componen estructuras de escalas mayores y cada vez más complejas (por ejemplo, solo existe un centenar de tipos de átomos relativamente estables y unos 50.000 tipos de proteínas) y son formadas por unidades discretas funcionales de escalas menores. La estructura más compleja y de mayor funcionalidad es el ser humano, el homo sapiens del orden mamífero de los primates.

Como todo animal con cerebro, que  ha venido adaptativamente a relacionarse con el medio a través del conocimiento, la afectividad y la efectividad y que necesita satisfacer sus instintos primordiales, fijado por la especie, de supervivencia y reproducción, el ser humano es capaz de generar estructuras psíquicas (percepciones e imágenes) a partir de la materialidad biológica y electro-química de este órgano nervioso central y de las sensaciones que proveen los sentidos. Pero a diferencia de todo animal el más evolucionado cerebro humano tiene capacidad de pensamiento racional y abstracto, pudiendo estructurar en su mente todo un mundo lógico y conceptual, a partir de imágenes, y que busca representar el mundo real que experimenta y comprender el significado de las cosas y de sí mismo. Él estructura en su mente relaciones lógicas, ontológicas y hasta metafísicas y también puede comprender las relaciones causales de su entorno. Para ello se ayuda del sistema del lenguaje que emplea primariamente para comunicarse simbólicamente con otros seres humanos y también para acumular información y desarrollar aprendizaje y cultura. La realidad que conoce es la sensible y, por tanto, material. Su accionar más humano en el mundo es intencional y responsable, ya que emana de su libre albedrío, que es producto de su razonar deliberado. En esta misma escala su afectividad, más allá de sensaciones y emociones, se estructura propiamente en sentimientos. Persiguiendo vivir la vida con la mayor plenitud posible, los individuos humanos se organizan en sociedades que buscan la paz, el orden, la defensa, el bienestar y la explotación de los recursos económicos a través de la cooperación y la justicia, pero muy imperfectamente, ya que algunos fuerzan satisfacer necesidades individuales de modo desmedido y otros dominan y explotan al resto. Son objetos (no sujetos) de los derechos reconocidos como fundamentales por la sociedad civil, y resguardados por sus instituciones de poder político.

Cuando el ser humano reflexiona sobre el por qué de sí mismo, llegando a la convicción de su propia y radical singularidad, su multifuncionalidad psíquica es unificada por y en su conciencia, o yo mismo, pero no de modo mecánico, sino transcendente y moral. La transcendencia es el paso desde la energía materializada, que se estructura a sí misma y es funcional, hasta la energía desmaterializada que la persona estructura por sí misma. Si el individuo se estructura a partir de partes que anteriormente pertenecieron a otros individuos y pertenecerán en el futuro a nuevos individuos, la persona se estructura a partir de energía que permanecerá en lo sucesivo estructurada. La conciencia humana es el advertir que el yo (el sujeto) es único y que su existencia transcurre en una realidad objetiva que su intelecto le representa como verdadera. Pero transcendiendo esta materialidad que ella conoce, está lo llamado “espiritual” y viene a ser la estructuración de la energía como producto del intencionar, en lo que llamaremos conciencia profunda, forjándola indeleblemente en sí de un modo desmaterializado. El punto de partida de este tránsito a lo inmaterial es la acción intencional, que depende de la razón y los sentimientos y que se relaciona al otro a través del amor o el odio; ésta se identifica con el ejercicio de la libertad y con la autodeterminación, siendo lo que caracteriza al ser humano. La conciencia profunda reconoce que la realidad, no es solo material, sino que también es transcendente, y la puede conocer con otros “ojos” que ven la experiencia sensible, los cuales podrían abrirse completamente solo tras la muerte fisiológica del individuo. El alma no preexiste en un mundo de las Ideas, al estilo de Platón, para unirse al cuerpo en el momento de la concepción, sino que se fragua en el curso de la vida intencional. Esta metempsicosis transforma lo inmanente de la cambiante materia en lo transcendente de la energía inmaterial. La estructuración de una mismidad singular como reflejo de la actividad psíquica de su particular deliberación es el máximo logro de la evolución que, a partir de materia individual, produce energía estructurada. Así, el ser humano puede definirse, más que como animal racional, como un animal transcendente que transita de lo animal a la energía personal. Desde esta perspectiva el sentido de la vida es doble: vivir plena y conscientemente la vida y estar consciente de la vida eterna y sus demandas. Estas explicaciones son especulativas y no se asientan ciertamente en conocimiento científico alguno, pues están fuera del ámbito de lo material, ya que solo conocemos lo sensible, pero está en sintonía con los sucesos místico y parapsicológico reconocidos y surge de superar el dualismo del ser metafísico por la energía que incluye tanto lo material como lo inmaterial.

Y cuando la muerte, propia de todo organismo biológico, desintegra la estructura del individuo, subsiste la persona, que es propiamente la estructura del yo mismo puramente de energías diferenciadas que se han unificado en la conciencia profunda durante su vida. La muerte supone la destrucción irreversible del vínculo de la energía estructurada del yo mismo, inmortal, con su cuerpo de materia estructurada que la contenía, manifiestamente incapaz ahora de existir. Considerando que ya no resulta necesario satisfacer los instintos biológicos de supervivencia y reproducción, como tampoco estar sujeto a ningún otro instinto, en su nuevo estado de existencia el yo personal se libera del consumo de energía de un medio material y, por tanto, de la entropía, lo que significa también que su acción ya no puede tener efectos sobre la materia. Asimismo, desaparecen nuestros atesorados conocimientos y experiencias de la realidad del universo material que percibimos a través de nuestros sentidos animales como también nuestra forma de pensamiento racional y abstracto y memoria basados en el cerebro biológico. Surgiría una forma nueva, inmaterial, transcendental, de pura energía, pero implícita en la conciencia profunda, incomparablemente más maravillosa para conocer y relacionarnos que corresponde a esa insondable y misteriosa realidad que se presentaría, todavía imposible de conocer en nuestra vida terrena. Pero la persona, ahora reducida a lo esencial de su ser, necesitaría y buscaría afanosamente un contenedor de su propia y estructurada energía para poder manifestarse y expresarse en forma plena de conexión. La esperanza es que quien en su vida ha reconocido de alguna manera a Dios y ha sido justo y bondadoso según, por ejemplo, la enseñanza evangélica, estará finalmente, cuando muere, en condiciones de acceder al Reino de misericordia, amor y bondad, que Jesús conoció (¿a través del fenómeno EFC?) y anunció, y existir colmadamente. De ahí que su condición en la “otra vida” sea un asunto de opción moral personal durante su vida terrena. Al no estar inmerso en la materialidad, ya no se interpone el espacio-tiempo que lo mantiene separado de Dios. Así, la energía liberada originalmente por Dios retorna a Él estructurada en el amor.

Los libros de esta obra se enumeran y titulan como sigue:

Libro I, La materia y la energía (ref. http://unihum1.blogspot.com/), es una indagación filosófica sobre algunos de los principales problemas de la física, tales como la materia, la energía, el cambio, las partículas fundamentales, el espacio-tiempo, el big bang, la forma y el tamaño del universo, la causa de la gravitación, agujeros negros, y llega a conclusiones inéditas.

Libro II, El fundamento de la filosofía (ref. http://unihum2.blogspot.com/), analiza lo que relaciona y lo que separa a la filosofía y a la ciencia; expone la concepción histórica de la relación entre la idea y la realidad, la razón y el caos; critica a la filosofía tradicional en lo referente a la dualidad espíritu y materia que proviene de la antigua antinomia de lo uno y lo múltiple, y sienta nuevas bases para una metafísica a partir del conocimiento científico.

Libro III, La clave del universo (ref. http://unihum3.blogspot.com), expone la esencia de la complementariedad de la estructura y la fuerza como el fundamento del universo y sus cosas, que es coextensiva del ser y que es el tema tanto de la ciencia como de la filosofía, con lo que se supera toda contradicción entre ambas ramas del saber objetivo.

Libro IV, La llama de la mente (ref. http://unihum4.blogspot.com/), se remite a una teoría del conocimiento que identifica las funciones psicológicas del cerebro, en tanto estructura fisiológica, con generadores de estructuras psíquicas, siendo ambas estructuras propias de nuestro universo de materia y energía, y descubre que las imágenes y las ideas son estructuraciones en escalas superiores que parten de las sensaciones y las percepciones de nuestra experiencia.

Libro V, El pensamiento humano (ref. http://unihum5.blogspot.com), desarrolla una nueva epistemología que busca descubrir los fundamentos del pensamiento abstracto y racional en las relaciones ontológicas y lógicas que efectúa la mente humana a partir de las cosas y sus relaciones causales.

Libro VI, La esencia de la vida (ref. http://unihum6.blogspot.com/), se refiere principalmente al reino animal, del cual el ser humano es un miembro pleno, en cuanto es una estructuración de la materia en una escala superior.

Libro VII, La decisión de ser (ref. http://unihum7.blogspot.com/), trata de una de las funciones de los animales, la efectividad, que específicamente en el ser humano se estructura como voluntad, que proviene de su actividad racional, que se manifiesta en su acción intencional, que es juzgada por la moral, la ética y la norma jurídica, y que confiere sustancia y sentido a su vida.

Libro VIII, La flecha de la vida (ref. http://unihum8.blogspot.com/), en las fronteras de la reflexión filosófica y aún más allá, intenta explicar la relación de lo humano con lo divino, la que comienza por la capacidad natural del ser humano para reconocer y alabar la existencia de lo divino, y la que termina en una invitación divina a una existencia en su gloria.

Libro IX, La forja del pueblo (ref. http://unihum9.blogspot.com/), analiza una filosofía política que parte del ser humano como un ser tanto social como excluyente, tanto generoso como indigente, para indicar que la máxima organización social debe estar en función de los superiores intereses de la persona, finalidad que se ve entorpecida por anteponer artificiosamente el derecho al goce individual a los derechos de la vida y la libertad.

Libro X, El dominio sobre la naturaleza (ref. http://unihum10.blogspot.com/), estudia el contradictorio esfuerzo humano de supervivencia y reproducción para conquistar y transformar su entorno a través de una asignación desequilibrada de recursos económicos, entre los cuales la tecnología, como creación de la mente humana, es una prolongación del cuerpo para reemplazar su esfuerzo, la demanda por capital es proporcional a la oferta de trabajo, y la naturaleza resulta demasiado limitada para las ilimitadas necesidades humanas que satisfacer.


Deseo expresar mi reconocimiento y mis más vivos agradecimientos a mi esposa Isabel Tardío de Valdés. Sin su paciencia, apoyo moral y cariño esta obra no habría sido posible.

Patricio Valdés Marín



CONTENIDO



Prólogo

Introducción

Capítulo 1. Ser y complementariedad

Condiciones de la complementariedad
Del ser a la complementariedad
La complementariedad

Capítulo 2. La complementariedad estructura y fuerza

Introducción
La estructura y la fuerza como los dos lados complementarios de las cosas
Estructura
Fuerza
El espacio-tiempo
En un principio
Dimensión del espacio-tiempo
Conclusión

Capítulo 3. Estructura, fuerza y función

Cambio y relación causal
Cambio y fuerza
Función
Cambio estructural
Funciones múltiples y multifuncionalidad
Complementariedad múltiple y mutable

Capítulo 4. Estructura y escala

Estructuras y subestructuras
Jerarquías
Unidades discretas
Funcionalidad discreta
Particularidades

Capítulo 5. Causalidad y estructuración

Determinismo
Predictibilidad
Funcionalidad fundamental
Progreso y teleología
Potencial estructurador



PROLOGO



Probablemente, el último gran intento de crear un sistema filosófico, siguiendo el camino de Platón y Aristóteles, es decir, como investigación de los últimos principios para intentar obtener una visión sistemática de la totalidad del ser, fue el que realizó Immanuel Kant. Este gran filósofo había reunido toda la sabiduría del racionalismo y el empirismo en una grandiosa síntesis. Fue en una época cuando la ciencia moderna estaba sólo en sus albores, no teniendo aún peso alguno en el modo de pensar tradicional. Sin embargo, un siglo después, sus proposiciones sintéticas a priori en tanto fundamentos de la metafísica, sus categorías trascendentales, y sus distinciones entre el fenómeno y la cosa en sí y entre el entendimiento y la razón resultaban ser irrelevantes ante el enorme desarrollo que la ciencia había experimentado entonces.

En la misma línea de la tradición filosófica de la cultura occidental, este libro representa un intento actual para crear un nuevo sistema filosófico, pero esta vez satisfaciendo la nueva realidad que ha llegado a ser conocida en la actualidad como efecto de la revolución del conocimiento llevada a cabo por la ciencia, ya plenamente desarrollada. Más aún, este nuevo sistema tiene como punto de partida las conclusiones a posteriori de la ciencia, en contra de lo que pretendió Kant, ya que en éstas, precisamente en las leyes naturales que descubre, se encuentra efectivamente lo trascendental.

Adicionalmente, el subjetivismo de tratar puramente el ser se transforma en objetividad, justamente porque las leyes científicas son deterministas y se refieren al modo de funcionamiento del universo y sus cosas, asunto que en la época de Kant no era posible entender. Por lo tanto, el hecho de que las relaciones causales, que explican el cambio de las cosas, obedezcan a leyes universales posibles de ser conocidas constituye el fundamento para una verdadera filosofía, pues nos está diciendo qué son las cosas en sí.

Si se quiere hablar del ser, que es el concepto de máxima abstracción posible, ya que se refiere a toda y cada cosa, tiene que ser coherente con la ciencia. Por consiguiente se hace necesario descubrir para la filosofía un fundamento que sea también el fundamento de la ciencia. El ser debe comprender la necesidad y la universalidad, la unidad y la pluralidad, la inmutabilidad y la mutabilidad, siendo por tanto el atributo absoluto y último de todo; por el ser, la pluralidad y la diversidad de cosas se relacionan en la unidad. Pero todo ello no está implícito en la idea de ser.

Así, pues, desde el comienzo de la filosofía del ser existió un problema de fondo insalvable: la noción del ser presenta una radical limitación a nuestro conocimiento de las relaciones causales. Aunque el ser puede ser predicado de todas las cosas del universo y por ello todas ellas se relacionan en el ser, su afirmación, negación o inclusión no ha logrado generar conocimiento objetivo y confiable ulterior. Por explicar todo, en realidad no explica mucho. La metafísica del ser parte desde la certeza absoluta del ser, pero no tiene certeza alguna de que el camino no conduzca hacia la irrealidad absoluta.

Por su parte, para la ciencia la realidad objetiva se encuentra justamente en la mutabilidad y la multiplicidad, las cuales son explicables únicamente por la causalidad. Por lo tanto, el problema de fondo de la filosofía tradicional es que la noción de ser, en cuanto ente inteligible, no puede explicar el cambio, que es el producto de la relación causal.

Para dar una solución que sea compatible con el ser de la filosofía y que comprenda la relación causal de la ciencia, este nuevo sistema filosófico propone la complementariedad de la fuerza y la estructura. Esta complementariedad es por parte de la filosofía tan universal y necesaria –tan trascendental– para todas las cosas del universo como el mismo ser, puesto que se predica necesaria y absolutamente de todas las cosas. En realidad, se identifica plenamente con el ser del discurso de la filosofía tradicional; y no porque el ser pueda predicarse tanto de la fuerza como de la estructura, sino porque ambas son complementarias del ser como el anverso y el reverso de una hoja: una cosa no es o fuerza o estructura, sino ambas simultáneamente. Por parte de la ciencia, esta complementariedad explica el fundamento de la relación causal: mientras una estructura es el modo específicamente funcional que tiene la fuerza para manifestarse, la fuerza actualiza su funcionalidad.

La base empírica y, por tanto, a posteriori para establecer que la fuerza y la estructura son los dos aspectos complementa­rios, universales, constitutivos y transformadores del universo reside en la distinción que la física hace entre la materia y la energía. De este modo, por esta complementariedad, nos será posible establecer un sistema filosófico que sea compatible con la ciencia, pues trata precisamente de la abstracción en la escala más universal de todas de las leyes científicas.



INTRODUCCION



El problema gnoseológico actual


La búsqueda del orden racional en una realidad que se presenta caótica por su multiplicidad y mutabilidad ha sido una inquietud humana permanente. Así como las moléculas de un cristal líquido se alinean ordenadamente al ser polarizadas, la cuestión ha sido encontrar la polaridad. Desde Tales de Mileto (630-545 a. C.), que supuso que el principio de todas las cosas del universo es el agua, la explicación para la multiplicidad y mutabilidad de las cosas que percibimos se ha centrado en torno a la naturaleza del universo y sus cosas, y no en mitos. Algún tiempo después, Parménides de Elea (530-515 a. C.) revolucionó la filosofía cuando propuso al ser como este principio fundamental: las cosas múltiples adquieren unidad por referencia a la inmutabilidad connatural del ser, constituyéndose éste, por lo tanto, en el principio de racionalidad. Pero al someterse lo múltiple a la unidad del ser, se pasa a identificar a su correlativo, lo inmutable, con lo inteligible. Parménides generaba así un doble prejuicio que ha asolado la historia de la filosofía: 1. la idea comenzó a tener existencia propia, ajena de lo que representa y hasta separada del sujeto; 2. lo verdadero es inmutable y, por tanto, estático y eterno.

La representación del objeto de la metafísica tradicional llegó a convertirse en algo atemporal, sin pasado ni futuro, y puramente nominal, sin referencia a las cosas de la realidad. Ni siquiera Aristóteles (384-322 a. de C.), que estaba profundamente preocupado por explicar el cambio, pudo advertir la íntima relación del ser con su causa, sino sólo de modo tangencial, cuando postuló una causa final, una teleología, como causa del acontecer. Por el contrario, para la edad científica, el ser inmutable, atemporal y nominal es perfectamente irreal. La ciencia reconoce las cosas justamente por sus relaciones causales, preocupándose tanto por el origen de ellas como por lo que transforman. Más que andar tras los trascendentales del ser (unidad, verdad, bondad), está en su mira el cambio, la causa, el efecto, el tiempo y el espacio.

Así, pues, la ciencia ha centrado su interés en la relación entre la causa y su efecto precisamente de lo mutable, llegando a descubrir experimentalmente en las cosas el orden racional con el carácter universal de leyes naturales. No debe extrañar, en consecuencia, que ella haya encontrado irrelevante al ser metafísico y carente de sustento real las categorías puramente de carácter racional y lógico que los diversos sistemas metafísicos tradicionales han construido, deducidos únicamente del contenido conceptual del ser y atados al prejuicio de una realidad sensible caótica. En consecuencia, desde el auge de la ciencia moderna, mientras los filósofos se empecinaban en mantener vigente el concepto de ser, nuestra cultura iba quedando huérfana de sistemas conceptuales unificadores que dieran racionalidad a una realidad que, para el gusto tradicional, se iba tornando excesivamente compleja, dinámica, macroscópica y microscópica.

Conocimiento progresivo

Al tiempo de empezar el tercer milenio de la Era cristiana, se ha apoderado la sensación en muchos científicos de que la época del descubrimiento científico, que tuvo sus inicios hace unos cuatro siglos atrás, también estuviera terminando. Pareciera que desde Copérnico y Galileo el sostenido crescendo de brillantes descubrimientos habría tenido, desde nuestro punto de vista ubicado en el presente, su apogeo con Darwin, Planck y Einstein. Para muchos pensadores recientes, las décadas que han seguido hasta ahora no han mostrado algo parecido que pudiera rivalizar con tales crea­ciones del ingenio humano cuando se enfrenta a las maravillas del universo. Desde esta novedosa perspectiva, ¿será que la naturaleza ya no contiene otros grandes misterios que develar y que la mayor parte de sus secretos nos es ya conocida? Esta pregunta tiene un trasfondo de vital importancia, por cuanto nuestra época ha dependido del descubrimiento científico para intentar dar respuesta a las interrogantes más profundas que el ser humano se hace.

Una sensación similar se produjo al finalizar el siglo XIX. Se pensó que en el conocimiento científico fundamental sólo quedaban detalles menores que dilucidar. El físico alemán, Heinrich Hertz (1857-1894), en 1887, demostró experimentalmente la validez de las ecuaciones de Maxwell respecto a la naturaleza de las ondas electromagnéticas. Supuso que el conocimiento del andamiaje físico estaba virtualmente terminado, restando sólo una cuestión en apariencia carente de mayor importancia: si la luz es una perturbación electromagnética, ¿qué es lo que queda perturbado? No podía imaginar entonces que la respuesta a esta simple pregunta produjo las revolucionarias teorías de la mecánica cuántica y de la relatividad.

Al comenzar el siglo XXI, también algunas incógnitas han quedado sin respuesta, como la naturaleza del conocimiento racional y abstracto, la explicación última de la gravitación y la compatibilidad de los dos pilares de la física del siglo XX, que son las teorías de la mecánica cuántica y de la relatividad, la síntesis de las cuales se intenta resolver en una teoría unificadora de las fuerzas fundamentales. Hasta ahora se han avanzado una gran cantidad de ideas, teorías e hipótesis, pero nada que satisfaga plenamente el rigor científico. Es posible que las teorías pendientes que den cuenta de estas incógnitas sean tan revolucionarias como las de Planck y Einstein. Sin duda, este tipo de teorías abre anchas puertas para el desarrollo del conocimiento, como subrayando que el progreso de la ciencia no es homogéneo.

Sea que el universo se nos ha desnudado en todo lo que es posible observarlo con la inteligencia de seres humanos, sea que nuestro conocimiento de aquél esté radicalmente incompleto, la historia se caracteriza justamente por intensos desarrollos temporales que, mientras se viven como si en eso consistiera la existencia, parecieran que nunca tendrán fin. Así, otros periodos de ella, que se suponía que no acabarían jamás, han quedado registrados en sus páginas sin vida. Refirámonos, por ejemplo, a las invasiones germánicas que trajeron siglos de tinieblas a nuestra cultura, o a la edad de los descubrimientos geográficos que brindaron epopeyas, penurias y riquezas, mientras extendían el espacio del ámbito occidental y contactaban una diversidad de pueblos, culturas y razas de otras latitudes, o al género de la ópera que debe su sublime expresión a unos pocos compositores (Donizetti, Gluck, Mozart, Puccini, Rossini, Verdi, Wagner y otros pocos más), principalmente de la segunda mitad del siglo XVIII y de la primera mitad del siglo XIX. No obstante esta constante histórica, todavía es probablemente pronto para afirmar algo que aún es futuro, y la idea del término de la edad científica no es más que especulación sin base alguna.

Cualquiera que sea el caso, si el turno de quedar impresa en las páginas de la historia le ha llegado a la ciencia o, lo que es altamente probable, si la humanidad se verá recurrentemente impactada por nuevas teorías de la magnitud de la evolutiva, la cuántica o la de la relatividad, podemos decir que la brillante acción del saber científico ha transformado nuestra cultura en forma completa e irreversible, dándole al conocimiento objetivo tradicional, que des­cansaba en la filosofía ―y también en la teología— un tan fuerte remezón que a muchos parece del todo evidente que el segundo dejó de existir o que su discurso no tiene sentido alguno.

Conocimiento frustrado

Sin embargo, nos parece que a pesar de su crítica completamente devastadora sobre la filosofía, la ciencia no ha logrado sustituir el objetivo de este antiguo saber dedicado a dar respuesta a las preguntas más fundamentales de la existencia. Aunque día a día ella devela más trozos de verdad de aquella realidad que nos parece a primera vista tan caótica, en la escala de su quehacer la realidad como totalidad y unidad siempre permanecerá inasible. De hecho no sólo no ha sido capaz de dar respuesta satisfactoria a las preguntas que más nos inquietan, sino que su accionar ha corroído en tal grado a la filosofía que nuestra época se encuentra sin un rumbo definido. Comprender la existencia a través del conocimiento racional había sido precisamente el objetivo perenne y principal de la filosofía, y este vacío la ciencia ha pretendido ocuparlo, consiguiendo sólo que el prosaico e interesado comercio, con su implacable publicidad, se encargue de decirnos a cada instante qué es la felicidad y cómo alcanzarla, mientras la identifica con ninguna otra cosa que no sea el consumo de algún producto de la economía, incluidos los temas científicos de moda, como agujeros negros, dinosaurios, vida extraterrestre, y los pseudo científicos, como la Atlántida, Pié Grande, el Triángulo de las Bermudas, el tarot, Nessie y otras banalidades que apasionan a multitudes.

El mito de nuestra época es la creencia que la ciencia terminará por darnos las respuestas a las preguntas más profundas, como indicarnos cuál es el sentido de una vida que termina necesariamente en la muerte, cuál es la relación entre el ser humano y la naturaleza, qué conocemos, qué hace que la persona sea la finalidad del Estado, y otras preguntas aún más fundamentales como también más abstractas, como qué son el ser y la existencia, la esencia y la realidad. Para ello nuestra época ha puesto todo el empeño en el descubrimiento científico en la suposición que cuando el universo termine por ser develado, se habrá encontrado la luz. El mito científico es que recopilando y analizando datos y más datos ad infinitum a través de la observación y la experimentación, se podrá progresivamente llegar a tener aquel conocimiento universal que buscaba Aristóteles y que Platón daba el carácter de absoluto. Tan temprano como Roger Bacon y mucho después los positivistas ingleses, hasta desembocar en el empirismo de nuestros días, la cultura contemporánea ha seguido fielmente el sendero trazado por aquellos que aborrecen cualquier atisbo de abstracción y teoría. Probablemente se encuentre también en la idea de Descartes por la cual el conocimiento se hace más universal en la medida que se van conociendo más puntos de su res extensa de una sola escala.

Ya en 1959, un conocido ensayista y físico británico, C. P. Snow (1905-1980), describió en su libro Two Cultures el fenómeno de la coexistencia en nuestra cultura de dos discursos enteramente distintos sobre la misma realidad. Resal­tando la divergencia que existía entre el discurso filosófico y el discurso científico, indicaba que cada uno de ellos producía una apreciación y una actitud muy característica sobre el uni­verso y las cosas. El tránsito de un discurso al otro era difícil para una misma persona que recibía una marcada impronta, depen­diendo del énfasis en el tipo de formación académica que había adquirido y de sus intereses y aptitudes, si “humanista” o “mate­mática”.
Desde entonces, en la cultura occidental, a causa de su acele­rado ímpetu la ciencia se ha superpuesto a la filosofía respecto al conocimiento objetivo. En la actualidad, ella ha llegado virtualmente a suplantarla, liderando el ámbito intelec­tual.

La paradoja es que en una cultura científica el sustento del andamiaje científico no puede ser establecido sólidamente debido a su ideología positivista que le impide valorar la necesidad de la abstracción y la teoría. Resultaría ridículo pensar ahora que de la observación de la caída de una vulgar manzana Newton intuiría la ley de la gravitación universal, o que Darwin, de observar picos de pinzones de las islas Galápagos, abstraería la teoría de la evolución biológica, y que estas teorías fueran aceptadas rápida y universalmente. Ambos pertenecieron a una cultura cuando la abstracción y la filosofía eran valoradas. De aquella época surgen también los conceptos que ahora la ciencia utiliza acríticamente, como materia, energía, espacio, tiempo, movimiento, cambio, causa, etc. También ahora los editores, entre otros, se encargan de indicarnos qué es lo propio o lo impropio del conocimiento que compartimos, siendo la abstracción algo atávico. Sin embargo, son justamente la óptica y la metodología de la vilipendiada filosofía las que nos pueden proporcionar tales respuestas.

Es claro que el sustento filosófico de la cosmología contemporánea descansa en la teoría general de la relatividad de Einstein, y los científicos adecuan servilmente sus descubrimientos cosmológicos al zapato chino einsteniano. Así, en vez de hacer el esfuerzo de criticar esta teoría, buscan explicaciones fantásticas, como materia oscura, energía oscura, etc., para no contradecir lo que es venerado como vaca sagrada. Pero es perfectamente posible repudiarla de modo similar a como la teoría heliocéntrica superó a la geocéntrica, porque desechó certeramente los datos bíblicos que contenía por no ser científicos. Ciertamente no es difícil indicar que Einstein está equivocado, pero la conformidad con lo establecido es más fuerte. De otra forma, esos científicos ya no podrían obtener puestos de trabajo, sueldos, reconocimiento y prestigio, ni gastar cifras astronómicas en satélites y observatorios astronómicos.

Hacia una solución

Aunque se llenen trillones de trillones de megabytes de información científica en la memoria de supercomputadores y se los haga funcionar interminablemente en análisis de datos, en esta escala seguiremos siendo muy ignorantes. La sabiduría se puede alcanzar sólo tras hacer funcionar nuestra capacidad de abstracción en el silencio de la reflexión. No es la cantidad de datos, sino su relevancia y lo que nuestra mente consigue entrever lo que resulta importante. En la pura escala de las relaciones de causa efecto entre cosas, de las descripciones de cosas, del ordenamiento de cosas, de la evolución de cosas no es posible llegar al entendimiento que demanda nuestro cuestionar más profundo. El mundo conceptual más penetrante es necesariamente más abstracto. Es de relaciones ontológicas cada vez más universales. Esto no quiere decir que la referencia del mundo conceptual con el mundo real sea menor, ya que la pluralidad de cosas individuales posee un ordenamiento o una unidad que el pensamiento abstracto es capaz de desentrañar.

La unidad de las cosas del universo puede ser descubierta, ya que todas estas cosas del mundo real no sólo se relacionan ontológicamente, sino que, principalmente, de maneras causales y en formas muy determinadas, fruto de leyes naturales de carácter universal, y pertenecen a distintas escalas incluyentes. Esta unidad no le viene al ser ni por su esencia ni por la imposición de ésta por el sujeto que conoce. Por el contrario, tal como la ciencia ha venido descubriendo, las cosas poseen unidad por sí mismas: todas las cosas del universo tienen un origen común, están constituidas por el mismo tipo de partículas fundamentales, pueden transformarse unas en otras, se afectan causalmente entre sí, están sometidas al mismo tipo de fuerzas, transfieren energía entre sí, existen en campos de fuerza comunes, se comportan de acuerdo a leyes universales que les son comunes y basadas en el modo específico de funcionamiento de las fuerzas y estructuras. Esto es, las cosas del universo tienen unidad en sí mismas por origen, funcionamiento y composición.

Las consecuencias en la sociedad, la economía y la política de valorar sólo la cultura científica y el positivismo que la acompaña son enormes, en especial si consideramos que la revolución tecnológica es fruto de la ciencia moderna. Lo que pocos perciben es que el capital nutre a la ciencia y la tecnología para dominar. Por ejemplo, el capital –ahora casi exclusivamente privado– invierte en ciencia y tecnología para suplantar trabajo y adquirir mayores ventajas comparativas. La relación capital-trabajo es la base de la injusticia más extraordinaria, ya que mientras siempre hay oferta de trabajo, siempre hay demanda por capital. Si el trabajo llega a encarecerse, nueva tecnología lo llega a reemplazar. De su know how –capital invertido en tecnología–, protegido jurídicamente por patentes, se valen las transnacionales para dominar las naciones. Estos derechos posibilitan buenos matrimonios con el capital privado, protegido a su vez por la parte mayoritaria de la legalidad que rige cada país. En fin, invirtiendo en tecnología y ciencia de la publicidad, el capital logra dominar la voluntad de los consumidores, mientras el inhumano y pragmático neoliberalismo ha llegado a reducir toda actividad humana al mercado.

Tras la intensa incursión de la ciencia en nuestra cultura, el saber objetivo, ya en el dominio filosófico, se enfrenta a dos problemas correlacionados. Uno de ellos se refiere a la más completa ausencia de un sistema conceptual que unifique la pluralidad de la realidad con el objeto de hallar su racionalidad. La razón de que este sistema no exista en la actualidad se debe a que el sistema conceptual tradicional (léase idealismo, racionalismo, existencialismo, fenomenología, etc.), que ya alcanzaba alturas absolutas de conocimiento, terminó por caer desde aquellos mundos ideales y nominales, destruido estrepitosamente por la lógica de la ciencia y la certeza del conocimiento empírico. El otro problema tiene que ver con la compatibilidad de tal posible sistema con la unificación del saber, de modo que no pueda producirse alguna contradicción con el nuevo y deslumbrante conocimiento científico.

De lo anterior, nuestra época, bautizada ya de postmoderna, ha tomado conciencia de dos hechos correlacionados: el derrumbe del saber filosófico a causa de la revolución científica, y el reconocimiento que el puro saber científico no puede reemplazar el saber filosófico. Los escritores que describen el fenómeno posmodernista destacan que la realidad para nuestros contemporáneos ya no se concibe bajo un solo patrón racional, sino que se encuentra desintegrada en múltiples significantes sin explicación racional posible. La realidad aparece como una multiplicidad de fragmentos de imágenes y emociones carentes de sentido y, en consecuencia, resistentes a una comprensión totalizadora, negándose, por tanto, nuestra posibilidad para conocerla. La razón que estos escritores aducen para que el sujeto que conoce haya perdido su relación con la realidad es que el discurso relativista actual no se está refiriendo a objetos reales, sino que a objetos construidos por los medios de comunicación. Sin desmerecer esta explicación de orden comunicacional, podemos pensar, por el contrario, que en el fondo se encuentra la histórica destrucción de la tradición filosófica que ha buscado desde su origen la unidad cognoscitiva de una realidad que naturalmente nos aparece desintegrada.

Es claro que las teorías científicas construidas no alcanzan a dar racionalidad al conjunto del universo, que no es por lo demás el propósito de la ciencia, sino solamente a aspectos parciales del mismo, aunque aún ronda el mito que en un futuro la ciencia terminará por encontrar la fórmula unificadora del universo, intento que produjo muchas noches de insomnio a Einstein. Además, por mucho que se concilien todas las teorías científicas en una gran teoría general que las englobe, ésta nunca podrá reemplazar a algún principio universal y necesario que pueda producir un orden racional para todas las cosas, como pretendió serlo el concepto de ser, aunque, como dijimos más arriba, tampoco dicho principio podrá ser contradictorio con el conocimiento científico.

La complementariedad

En el curso de este ensayo, procuraré mostrar que la complementariedad “estructura-fuerza” constituye el principio universal, unificador y ordenador de las cosas que está urgentemente en demanda. Veremos, por una parte, que dicha complementariedad no contradice el concepto del ser metafísico, sino que lo hace justamente compatible para la ciencia. Por la otra, veremos también que ella resulta ser el producto de lo develado por la ciencia referido a la causalidad y a las leyes universales de la naturaleza, pero en una escala superior, aquélla que posee la trascendentalidad de lo universal y lo necesario. Desde esta nueva perspectiva, las teorías científicas podrán obtener su significación en vista al conjunto del universo, superando la profunda contradicción epistemológica contemporánea que subraya el hecho de que aunque aumente la incontable cantidad de datos informáticos y análisis científicos correspondientes a la n potencia, no se podrá alcanzar nunca la racionalidad última de las cosas en la pura escala del conocimiento científico.

Esta tesis estructura-fuerza no es ni esencialista ni reduccionista, y se presenta como la única salida al pesimismo, al escepticismo y al relativismo en la que está sumergida nuestra cultura “postmoderna”, pues ella puede representar el universo en su totalidad y reencontrarle el sentido que ha ido perdiendo con la degradación de la filosofía y la conciencia más clara sobre la limitación de la ciencia. Los conceptos estructura y fuerza no constituyen novedad alguna. Lo que creo que es nuevo es su unión y su identificación con el ser de la metafísica tradicional. Mediante esta nueva perspectiva, se adquiere la clave que puede abrirnos la comprensión del universo y del hombre.

Veremos que la multiplicidad de cosas adquiere unidad en la complementariedad de la estructura y la fuerza, porque cada cosa es estructura y fuerza a la vez, y porque todas ellas tienen un origen único en la materia y la energía, se transforman unas en otras, se afectan entre sí, y son partes unas de otras dentro de escalas estructurales progresivas. Ciertamente, nosotros percibimos que las cosas del universo son mutables. De ahí la ciencia concluye que la relación causal es una fuerza que transforma la energía y produce el cambio, y que todo cambio es energía en transformación que obedece a fuerzas que se pueden determinar. También veremos que mientras el origen de la fuerza es siempre la funcionalidad de la estructura, el producto del cambio es la estructuración y la desestructuración de la materia y, en el curso de la evolución del universo, su estructuración en escalas progresivamente más complejas y funcionales.

A la vez, las cosas son inteligibles sin perder su condición de mutables. La racionalidad en las cosas no la impone la razón; está en ellas mismas. La razón puede encontrar la racionalidad en las cosas del mismo modo como el ojo ve los objetos. El filósofo empirista inglés del siglo XVII, Jorge Berkeley (1685-1753), más a tono con el prejuicio racionalista, supuso que el ojo ilumina los objetos. Por el contrario, sabemos ahora que el ojo recibe no sólo la luz emitida por los objetos, sino que, además, está adaptado para ver la luz. De la misma manera la razón está adaptada para conocer las cosas, siendo las ideas que ella produce sus representaciones más o menos fieles. Las cosas múltiples adquieren racionalidad cuando las relacionamos naturalmente en nuestra mente, abstracta y racional, en forma ontológica y lógica. Por su parte, la mutabilidad de alguna cosa adquiere racionalidad cuando conocemos su relación causal, es decir, cuando conocemos la causa del cambio.

Veremos que el universo no es solamente el contenedor de las cosas como referente espacio-temporal, como tampoco es únicamente el campo espacio-temporal de la causalidad entre las cosas. El universo resulta ser principalmente el desarrollo espacio-temporal de la interacción fuerza-estructura que produce la estructuración de la materia. Cuando hablamos de estructuras y fuerzas, descubrimos también funciones y escalas. Veremos, por lo tanto, que las cosas se relacionan entre sí causalmente de dos maneras: entre cosas dentro de una misma escala, y jerárquicamente cuando están referidas a una cosa de escala superior que las contiene.

En consecuencia, este ensayo pretende presentar tanto una gran teoría general del universo como los verdaderos ejes universales que permiten la comprensión de la realidad en forma sistemática y unificada. Por ello, persigue nada menos que entregar la clave para comprender la realidad del universo.

Probablemente, un ensayo de la naturaleza expuesta no es para nada habitual, considerando que en nuestra época pareciera que no es de buen gusto intentar responder a las preguntas más fundamentales. Ya vimos que algunos suponen que la ciencia tendrá algún día dichas respuestas, mientras creen que la función de los pensadores es sólo proseguir planteando las preguntas. Otros estiman que simplemente es imposible llegar a tener una comprensión última de la realidad. Y así se está reeditando una era similar a la de los sofistas de la Grecia antigua, o a la de la preescolástica del filósofo francés. Pedro Abelardo (1079-1142), para quien cualquier pregunta era susceptible de tener simultáneamente respuestas perfectamente contradictorias y válidas a la vez.

Probablemente, el prejuicio del racionalismo de identificar la verdad con ideas claras y distintas nos ha impedido responder a las preguntas más fundamentales de la existencia. Estas preguntas se pueden responder en escalas muy elevadas del pensamiento abstracto, propias de la metafísica. En estas escalas del conocimiento, que necesariamente incluye innumerables relaciones causales de todo tipo y trascendentales relaciones ontológicas, la verdad se presenta tan compleja que nuestras capacidades intelectuales se ven muy exigidas por la empresa. Es precisamente éste el esfuerzo que nuestra época demanda, más que el ir rellenando el homogéneo e infinito espacio informático con más bits de información en un atosiga­miento de datos que no tienen por qué producir sabiduría alguna.

Considero que este ensayo no es una investigación que profundiza materias específicas, para las cuales las fuentes son también muy específicas, sino que es principalmente una reflexión vasta acerca del ser humano y las cosas del universo basada en el conocimiento corriente. Son reflexiones en las cuales lo cotidiano y lo conocido han sido ordenados sistemáticamente según los ejes de la estructura y la fuerza, que dan la clave para que la realidad sea no sólo más inteligible, sino menos contradictoria. Pretendemos levantar la bandera que Aristóteles, en su Metafísica, izó cuando señaló que la filosofía es el amor a aquella sabiduría que se pregunta por lo primero y más fundamental de las cosas, y se lo pregunta a impulsos de un amor desinteresado por la verdad y el conocimiento, tal como de hecho se practicó en la mejor tradición metafísica y ética de Occidente desde Tales de Mileto. Esperemos que la clave de la complementariedad de la estructura y la fuerza permita replantearlo todo para llegar a formular conclusiones más significativas que novedosas.



CAPITULO 1. SER Y COMPLEMENTARIEDAD



El conocimiento filosófico se debe fundamentar en el conocimiento científico, validado experimentalmente, para obtener conclusiones propiamente filosóficas que sean reales, relevantes y no contradictorias con las de la ciencia. El concepto de la complementariedad de la estructura y la fuerza es el principio de la fundamentación tanto de la filosofía como de la ciencia. Tiene la misma extensión que la noción de ser, identificándose con éste, pero se la diferencia porque es relevante para la ciencia.


Condiciones de la complementariedad.


Del mismo modo como Aristóteles afirmaba que toda idea parte de la experiencia sensible, se puede aseverar análogamente que todo cono­cimiento filosófico relevante se debe fundamentar en el conocimiento científico para que sus premisas tengan, en último término, la validez experimental propia de una proposición a posteriori. Esto es, la filosofía puede y debe hacer depender sus juicios transcendentales, que pretenden ser universales y necesarios, no de premisas a priori, sino de las conclusiones a posteriori de la ciencia, aunque con ello el carácter absoluto que acostumbramos esperar de una proposición filosófica se deba sacrificar transitoriamente mientras la ciencia termine por descubrir la ley natural detrás de una proposición científica.

En una perspectiva filosófica realista, liberada de la dualidad espíritu-materia, es fundamental que los términos de un juicio transcendental provengan de su íntimo contacto con la realidad, y no de exquisitas elucubraciones de compleja y vana lógica, hechas además por una mente encerrada puramente en su propio subjetivismo. La dependencia de la filosofía en la ciencia se hace necesaria, no sólo si pretendemos que la intuición sintética y unificadora de una filosofía no pueda contener elementos contradictorios con hechos validados experimentalmente, sino, principalmente, si queremos referirnos de modo apropiado acerca de la realidad. Adicionalmente es conveniente considerar que las relaciones causales, que constituyen el objeto material de la ciencia, son el fundamento de las leyes científicas, y éstas poseen un carácter absoluto en cuanto son deterministas y se refieren al modo de funcionamiento del universo y sus cosas.

Debemos considerar además que la demostración científica amplifica la experiencia sensible al emplear una rigurosa metodología experimental para acercarse al fenómeno, al poseer un sofisticado instrumental de experimentación y observación, y al confeccionar modelos matemáticos para la comprensión del fenómeno. Estas tres propiedades en conjunto superan lejos la pura experiencia sensorial, y pueden reproducir artificialmente la causalidad natural. Por lo tanto, el punto de partida de la filosofía, aunque privativo de ella, debe ser, por una parte, validado por la ciencia y, por la otra, puede ser enriquecido por la misma. Gracias a la ciencia, que ha aportado una nueva y más profunda perspectiva de la naturaleza, la realidad que contempla esta renovada filosofía ha adquirido dimensiones más objetivas.

Aunque pueda repugnar a un filósofo la idea de depender de la ciencia, puesto que tradicionalmente la segunda ha estado subordinada a la filosofía, uno de los propósitos de este ensayo es justamente reivindicar la legitimidad de la filosofía frente al ímpetu incontenible de la ciencia. Por lo demás, este objetivo principal no es otro que la consecuencia lógica de intentar fundar la verdad filosófica en la experiencia sensible, tal como el mismo Aristóteles insistía. En nuestro caso, la experiencia es validada por la ciencia, pues su método es una garantía de certeza para ella, y a partir de ella podemos construir enseguida una filosofía verdadera que responda a la realidad.

En la actualidad, la postura razonable debe ser necesariamen­te distinta de la que tuvo que adoptar Roger Bacon (¿1214?-1294) en su tiempo, cuando era la filosofía la que dominaba sin contrapeso. Este quería liberar la ciencia del vasallaje que imponía una filosofía puramente racionalista y darle una identidad propia. En su Opus maius (1266) escribía: “Hay dos caminos para conocer: la razón y la experiencia. La razón nos permite sacar conclusiones, pero no nos proporciona sensación de certidumbre ni nos quita las dudas de que la mente está en posesión de la verdad, a no ser que la verdad sea descubierta por el camino de la experiencia”. Y ahora no podemos negar la extraordinaria importancia que ha llegado a tener el método empírico en el conocimiento de la realidad y la obtención de la verdad.

Sin embargo, la dependencia del conocimiento filosófico a partir del conocimiento científico no es ni lineal ni pertenece a la misma escala. Lo que es significativo de la ciencia para el conocimiento filosófico se refiere tanto a la relación causal, que da cuenta de todo el acontecer del universo, como también a las leyes científicas, que son válidas para todo el universo. Por su parte, la filosofía se desenvuelve dentro de las relaciones ontológicas más abstractas que nuestra mente efectúa. Así, pues, la vinculación crítica entre relaciones causales y relaciones ontológicas puede generar una filosofía que nos sea relevante y se refiera a la realidad. Por lo tanto, el hecho de que las relaciones causales, que explican el cambio de las cosas, obedezcan a leyes universales posibles de ser conoci­das constituye el fundamento para una verdadera filosofía, pues nos está diciendo qué son las cosas en sí. (Las relaciones ontológicas y las relaciones causales han sido tratadas extensamente en mi libro El pensamiento humano. Ref. http://unihum5.blogspot.com).

En consecuencia, si resulta imperativo restituir la filosofía al ámbito que le pertenece por función, al mismo tiempo se hace necesario descubrir para ella un fundamento que sea también el fundamento de la ciencia. Solamente, un fundamento que posea tal objetivo podrá hacer coherente la filosofía para la ciencia y la ciencia para la filosofía, y permitir que rija el principio de no contradicción en la unidad conceptual que abarca la totalidad del universo. Por ello, aquel fundamento debe reunir las características de ser tanto el punto de partida de cada una de ambas disciplinas del saber objetivo como su punto de encuentro. Además, este punto debe poseer el imprescindible papel de arbitrar en las contradicciones que puedan emerger. El presente ensayo tiene justamente por objeto proponer, analizar y aplicar tal fundamento.


Del ser a la complementariedad


Los aspectos más sencillos y simples de las cosas no suelen llamarnos la atención. Por el contrario, lo corriente es que pasen desapercibidos frente a sucesos más extraordinarios; y sin embargo, en ellos podemos justamente encontrar la racionalidad de las cosas. Ya los primeros filósofos de la Antigüedad habían procurado descubrir la significación más profunda de las cosas en estos aspectos. Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la historia, supuso que la clave de las cosas, aquello que podría conferir unidad a partir de la multiplicidad y mutabilidad de ellas, es el agua, la que él consideró ser el elemento constitutivo de todas aquéllas. Había observado que el agua se evapora, haciéndose gas, y también se solidifica al congelarse. Sucesores suyos creyeron encontrar tal clave en los cuatro elementos reputados de transmutables: el aire, el agua, la tierra y el fuego. Estas materias supuestamente elementales podrían explicar la diversidad y el cambio en la unidad. Más tarde, otros confiaron tenerla en las hipotéticas partículas indivisibles o “átomos”, unidades últimas y más pequeñas que, agregadas y combinadas, constituyen la pluralidad y la variedad de cosas del universo. Después, otros más supusieron que la explicación de todo reside en la calidad mítica de los números.

Posteriormente, en el quehacer filosófico de conocer el fundamento último de las cosas se descubrió la idea del “ser”, noción que resultó ser verdaderamente embriagadora para todos los filósofos que siguieron. El ser se identificó con el atributo de todas las cosas, ahora consideradas como entes, es decir, cosas referidas al ser. De ahí, el ser adquirió una doble dimensión. En tanto existe, es múltiple y mutable. Pero en cuanto es, posee esencia. Esta última lo hace uno con todos los demás entes. Por tanto, en cuanto es, el ser es uno e inmutable. Así, pues, el ser comprende la necesidad y la universalidad, la unidad y la pluralidad, la inmutabilidad y la mutabilidad, siendo, en consecuencia, el atributo absoluto y último de todo: las cosas son en cuanto son, y ninguna cosa que es puede no ser. Por el ser, la pluralidad y la diversidad de cosas se relacionan en la unidad.

Esto tiene dos implicancias: primero, el ser puede predicarse de todas las cosas y, segundo, por el hecho de que puedan relacionarse en el ser, las cosas se nos hacen inteligibles. Para tener una idea de la importancia del concepto del ser, podemos imaginar que su descubrimiento para la filosofía fue análogo al del cero para las matemáticas.

Desde su mismo descubrimiento el ser pasó a constituir el fundamento del discurso filosófico. Pero desde el comienzo existió un problema de fondo insalvable: la noción del ser presenta una radical limitación a nuestro conocimiento de las relaciones causales. Aunque el ser puede ser predicado de todas las cosas del universo y todas ellas se relacionan por ello en el ser, su afirmación, negación o inclusión no ha logrado generar conocimiento objetivo y confiable ulterior. Por explicar todo, en realidad no explica mucho. La metafísica del ser parte desde la certeza absoluta del ser, pero no tiene certeza alguna de que el camino no conduzca hacia la irrealidad absoluta.

Ciertamente, el descubrimiento griego de que todas las cosas son, lo cual implica que la aparentemente caótica multiplicidad y mutabilidad del universo es revestida con la perfección de la unidad e inmutabilidad del ser, fue un logro formidable. Sin embargo, desde este punto de partida no se ha logrado jamás trazar un camino sólido para el conocimiento sin sobrevalorar la capacidad de la razón, que es una facultad eminentemente subjetiva de cada individuo humano.

Buscando superar la antinomia de lo uno y lo múltiple, las soluciones filosóficas propuestas tradicionalmente han sido principalmente dualistas, entre una razón espiritual y una realidad material. Pero también han aparecido soluciones dialécticas. Así, J. G. Hegel (1779-1831), intentando obtener la verdad absoluta a partir de la contradictoriedad propia del caos, propuso, en el primer tercio del siglo XIX, la resolución de la oposición de los contrarios en una síntesis integradora. Este mismo esquema fue utilizado posteriormente por Carlos Marx (1818-1883), pero para dar cuenta de la totalidad del fenómeno socioeconómico. Últimamente se habla de la dialógica, que consiste en una asociación de instancias antagónicas, pero que son conjuntamente necesarias para la existencia, el funcionamiento y el desarrollo de un fenómeno organizado, que trata específicamente de ciertos fenómenos propios de sistemas biológicos homeostáticos y retroalimentativos, como si fuera algo que perteneciera a la totalidad de los fenómenos del universo.

La ciencia, que parte de la observación y la experimentación de fenómenos que ocurren en la realidad concreta, cuida mucho ser objetiva en sus juicios y conclusiones, y no puede, desde luego, aceptar la pretensión de una metafísica idealista o una nominalista. No puede permitir que una verdad no refleje con la mayor fidelidad posible la realidad objetiva. No está dispuesta a aceptar elaboraciones mentales artificiosas que pretenden explicar la realidad a partir de juicios puramente a priori. Y para la ciencia la realidad objetiva se encuentra justamente en la mutabilidad y la multiplicidad, las cuales son explicables únicamente por la causalidad.

Por lo tanto, el problema de fondo de la filosofía tradicional es que la noción de ser, en cuanto ente inteligible, no puede explicar el cambio, que es el producto de la relación causal. El cambio, que contiene lo múltiple y lo mutable, no puede ser comprendido dentro del ser abstracto para constituir conceptos universales, pues por definición son incompatibles. Y sin embargo, por la relación causal, que analiza justamente el cambio, nosotros podemos no sólo conocer objetivamente cómo son el universo y sus cosas, que es el objeto material de la ciencia, sino que también por la relación ontológica que resulta de considerar la funcionalidad de las cosas, podemos conocer objetivamente por qué las cosas son, que es el objeto material de la filosofía. Siguiendo esta idea, a continuación propondré una solución a este problema que ha dividido el conocimiento objetivo en dos campos irreconciliables del saber: la filosofía y la ciencia.


La complementariedad estructura fuerza


El fundamento único tanto de la filosofía como de la ciencia que nos propondremos buscar ahora debe también cumplir tanto con las exigencias que se atribuyen al ser del discurso filosófico como con la explicación de la causalidad que requiere el discurso científico. Así, por parte de la filosofía, debe cumplir con el requisito de transcendentalidad que posee el "ser", pues debe ser también tan necesario y universal que posea la clave para la comprensión del universo. Si careciera de cualquiera de ambos requisitos, no podría aspirar a la transcendentalidad y representar con necesidad la totalidad de las cosas del universo. Por parte de la ciencia debe cumplir con la explicación de la causalidad (me refiero exclusivamente a la causa eficiente aristotélica) que demanda el cambio.

Renato Descartes (1596-1650) desarrolló su sistema filosófico a partir de ideas “claras y distintas”, encontrando que la primera de ellas es “cogito ergo sum”. Supuso sensatamente que si es posible una construcción filosófica válida, ésta debe fundamentarse sobre premisas sólidas. Él supuso también, aunque no tan sensatamente, que estas ideas debían responder justamente al requisito de ser claras y distintas. El problema principal de su sistema es que su punto de partida fue eminente­mente subjetivo. Hizo depender la existencia del individuo de su pensamiento individual. Donde Descartes se equivocó fue en el orden causal de su primera “idea clara y distinta”. Así, el “existo porque pienso” debe ser cambiado por el “pienso porque existo”. En efecto, el pensar es una función de nuestra estructura humana, específicamente de la estructura cerebral. No obstante, en el sentido de atrapar lo fundamental de la realidad, intentaré imitar su ejemplo para afirmar que el fundamento que, en nuestro caso, se destaca nítidamente para los andamiajes tanto de la filosofía como de la ciencia es la complementariedad de la “estructura” y la “fuerza”. Como señaló una vez el distinguido etólogo británico, William H. Thorpe (1902-1986): “algún fenómeno enteramente corriente revelará, como la caída de la manzana de Newton, una significación no soñada pero obvia a partir de ese momento”.

Podría indicar a Empédocles de Agrigento (495/490-435/439 a. C.) como el precursor de esta complementariedad. En el siglo V a. de C., él postuló al agua, el aire, la tierra y el fuego como los cuatro elementos que constituyen todas las cosas según determinadas mezclas, y a dos fuerzas, el amor y el odio, que mezclan y separan respectivamente estos elementos para crearlas y destruirlas.

Nuestra complementariedad no es un dualismo más para explicar la complejidad natural del universo, como las conocidas dicotomías “bien-mal”, “yin-yang” (que son dos fuerzas fundamentales opuestas y complementarias, que se encontrarían en todas las cosas), “materia-espíritu”, etc. Comprobaré en lo que sigue de este ensayo que esta complementariedad es por parte de la filosofía tan universal y necesaria –tan trascendental– para todas las cosas del universo como el mismo ser. En realidad, se identifica plenamente con el ser del discurso de la filosofía tradicional; y no porque el ser pueda predicarse de la fuerza y de la estructura, sino porque ambas son complementarias del ser como el anverso y el reverso de una hoja: una cosa no es o fuerza o estructura, sino ambas simultáneamente. Ambas corresponden al ser desmenuzado en su intimidad, a un desdoblamiento único y necesario del propio ser.

Una aparentemente fecunda línea de pensamiento, el existencialismo, opone el ser a la nada. La pregunta existencialista “¿por qué hay algo más bien que nada?” no puede ser respondida por la filosofía del ser. Las conclusiones lógicas de esta filosofía defraudan por lo tautológicas. En cambio, la complementariedad, al entender que el universo no es ontológico, es decir de cosas indistintas y separadas, sino que de fuerzas y estructuras, no deja posibilidad para el ser o la nada.

Las cosas son, no porque participen en algún grado del ser, como supuso santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274), sino porque están constituidas por partículas fundamentales en la primera escala de estructuración (entendiendo por partícula fundamental la “condensación” de la energía primigenia en la escala fundamental de masa y carga eléctrica) y porque son emisores y receptores de fuerzas. Esto es, la unidad de las cosas proviene del hecho de que éstas están estructuradas por el mismo tipo de partículas fundamentales, lo que las hace ser tan funcionales en el universo que lo constituyen en su fundamento, y por lo que se afectan unas a otras. Descartes había manifestado que la substancia, esto es, su res extensa, es extensión. Juan Locke (1632-1704), no deseando quedarse en lo puro matemático o geométrico, añadió la impenetrabilidad o solidez de los cuerpos. Gottfried W. Leibniz (1646-1716) intuyó que la realidad de la substancia es aún algo más: es actividad, acción, fuerza, por lo que la definió como ser capaz de acción, siendo la acción una suma de fuerzas. Leibniz fue el primero en acercarse a uno de los dos elementos de la complementariedad.

La complementariedad está subrayando que las cosas son estructuraciones de la fuerza primigenia, que contienen estructuras de escalas inferiores como sus subestructuras o unidades discretas, hasta llegar a las mismas partículas fundamentales, y que generan fuerzas. Así, respecto a la estructura, la complementariedad es analógica, y respecto a la fuerza, ella es incluyente. Lo que la hace universal es que la fuerza complementaria proviene de las cuatro fuerzas fundamentales conocidas del universo que emanan de la estructura subatómica fundamental. De ahí que la complementariedad sea válida desde el mundo microscópico, a partir de las partículas subatómicas fundamentales, hasta el mundo macroscópico que llega a confundirse con la totalidad del universo.

Entonces, la clave para entender la complementariedad es la siguiente: mientras una estructura es el modo específicamente funcional que tiene la fuerza para manifestarse, la fuerza actualiza su funcionalidad. Esto significa que la complementariedad no sólo rompe el ideal de unidad y autonomía ontológica que la tradición filosófica ha sostenido desde Parménides, sino que el ser mismo está constituido por dos componentes que son interconvertibles. El ser uno de Parménides se desdobla en dos componentes: la fuerza y la estructura, y entre ambos se genera el cambio que percibía Heráclito. Por parte de la filosofía, esta complementariedad es tan universal y necesaria como el mismo ser, puesto que se predica necesaria y absolutamente de todas las cosas. Por parte de la ciencia, la complementariedad explica el cambio. Por la relación entre la estructura y la fuerza surge la función. Todas las cosas son funcionales en cuanto pueden ejercer de causa o de efecto. La funcionalidad explica por qué las cosas pueden relacionarse entre sí afectándose mutuamente; y esto mismo constituye el fundamento de la causalidad, dato primero de la ciencia.



CAPÍTULO 2. LA COMPLEMENTARIEDAD ESTRUCTURA Y FUERZA 



La complementariedad estructura y fuerza surge naturalmente de los conceptos de materia y energía, los cuales son las manifestaciones fundamentales del universo. Los parámetros dimensionales de espacio y tiempo se comprenden justamente por los dos términos de dicha complementariedad. Cuando hablamos de estructuras y fuerzas, descubrimos funciones y escalas. Las cosas están causalmente relacionados entre sí de dos maneras: entre las estructuras dentro de la misma escala, y jerárquicamente cuando se refiere a una estructura que pertenece a una escala mayor que las contiene o cuando las estructuras que pertenecen a una escala menor le son referidas. Todas las cosas son estructuras que contienen estructuras de una escala menor como subestructuras o unidades discretas digitales, llegando a las mismas partículas fundamentales, que son a la vez unidades discretas digitales de estructuras de una escala superior. La complementariedad es tan universal y necesaria como el mismo ser y es válida desde el mundo microscópico de las partículas subatómicas fundamentales hasta el mundo macroscópico que se identifica con el universo mismo.


Introducción 


Después de Parménides, Aristóteles decía que todo es uno. Pero para él, lo uno es un atributo trascendental de todos los seres. Lo que no dijo es que un todo es comprendido por muchos todos, es decir, muchos unos, tal como un todo junto con otros todos forman parte de un todo.

El descubrimiento del físico alemán, Max Planck (1858-1947), que la energía fundamental se transmite discretamente, junto con la interpretación probabilística del matemático judío-alemán Max Born (1882-1970), llevó al también físico alemán, Werner Heisenberg (1901-1976), a formular, en 1927, la hipótesis de que la emisión de radiaciones es un fenómeno estadístico. Una vez que el estado de una partícula se conoce, sólo es necesario definir la probabilidad de su ubicación, ya que, a escala subatómica, cualquier medida real implica alterar el objeto medido. El “principio de incertidumbre” de Heisenberg afirma la imposibilidad de determinar la posición y la velocidad de las partículas subatómicas en forma simultánea y con exactitud.

Podemos decir, por lo tanto, que, en un esquema fenomenológico o analógico, los sistemas y procesos se describen en términos de hechos que deben medirse directamente en una escala mayor, mientras que en esquema cuántico o digital los eventos  son particulares y necesitan, para su formulación, el uso de la noción de cuantos. Las estadísticas son necesarias para saltar del esquema cuántico al esquema fenomenológico. Pero este salto significa pasar de una escala inferior a una escala superior, es decir, de un conjunto de unidades discretas, digitales, a un proceso analógico constante. El indeterminismo sucede en todas las escalas posibles, pero su determinación se resuelve en una escala mayor por medio de las estadísticas.

El problema de la mecánica cuántica es que en su propia escala, la más fundamental de todas, no puede existir alguna resolución estadística de los fenómenos cuánticos, ya que no existe una escala inferior. Esta conclusión nos obliga a asignar el indeterminismo para situaciones particulares. Si la transmisión de la energía, que es como la relación entre una causa y su efecto se lleva a cabo, no es un flujo constante, sino un flujo de unidades discretas, o cuantos, en la escala de estas unidades discretas no es necesaria que tal  o cual unidad deban ser transmitidos en tal o cual momento. Desde el punto de vista de una escala más alta la transmisión de la energía es un proceso perfectamente analógico, ya que es estadístico.


La estructura y la fuerza como los dos lados complementarios de las cosas


Las siguientes afirmaciones podrán servir de guía para una mejor comprensión de este ensayo:
1. La energía no puede existir por sí misma: o está ‘condensada’ en materia (E=mc²) y carga eléctrica o sirve de nexo causal entre dos o más cuerpos (gravedad, radiación electromagnética, etc.). De hecho, el universo conforma una unidad en la energía que no admite dualismos espíritu-materia, como los postulados por Platón, Aristóteles o Descartes. Así, el universo, en toda su diversidad, está hecho de energía y nada de lo que allí pueda existir puede no estar hecho de energía. Incluso la energía es anterior a la complementariedad estructura-fuerza y a la materia.
2. El tiempo y el espacio no tienen una existencia previa a la materia y la energía, sino que devienen o se manifiestan por la interacción de los cuerpos materiales.
3. No existe ni tiempo ni espacio infinitesimal. Existen a partir de una dimensión determinada, aunque pequeñísima, dada por el la constante de Planck (su valor es 6,62 por 10 elevado a -34 Julios por segundo).
4. Todo el universo y sus cosas son estructura y fuerza y están compuestos por estos elementos: materia, energía, tiempo y espacio. El entendimiento de la naturaleza de estos elementos esenciales es necesaria para una comprensión cierta de la realidad.

La estructura y la fuerza son las dos caras del ser y constituyen una complementariedad. Surgen naturalmente de los conceptos de materia y energía, que son las principales manifestaciones del universo. Esta complementariedad constituye el principio universal, unificador y ordenador de todas las cosas. La multiplicidad de las cosas adquiere la unidad de esta complementariedad, porque todas las cosas son a la vez estructura y fuerza, se originan en la materia y la energía, y son parte de otras estructuras de acuerdo a escalas progresivas. Percibimos que las cosas del universo mutan, pudiendo concluir que la relación causal es una fuerza que transforma la energía y produce el cambio, y que las fuerzas que se liberan dependen de la funcionalidad de las estructuras de acuerdo a las leyes naturales, las que pueden ser conocidas científicamente. En el curso de la evolución del universo, las estructuras se vuelven progresivamente más complejas y funcionales en escalas cada vez mayores.

El universo no es el contenedor de las cosas en un referente de espacio-tiempo, ni es el campo espacio-tiempo de la causalidad. El universo se compone principalmente de la interacción de las estructuras y las fuerzas que producen la organización de la materia durante el desarrollo del espacio-tiempo. Los parámetros dimensionales del tiempo y el espacio se entienden precisamente por los dos términos de esta complementariedad.

La base empírica y, por tanto, a posteriori para demostrar que la estructura y la fuerza son los dos aspectos complementarios, universales, constitutivos y transformadores del universo se encuentra en la distinción que la física hace entre materia y energía. Para la materia en cuanto masa y la energía Albert Einstein descubrió su convertibilidad y, por tanto, su equivalencia, que expresó en la famosa ecuación E = mc², donde c es la velocidad de la luz. Igualmente, para la materia, en cuanto carga eléctrica, y la energía, se ha establecido la equivalencia, como cuando cargas de signo contrario se funden, desapareciendo en la nada, pero generando la enorme energía condensada en ellas.


Estructura


Para entender el concepto de “estructura”, se debe analizar primero el concepto de "masa". Este concepto fue introducido por Isaac Newton (1642-1727) para explicar tanto la gravedad como el principio de inercia de Galileo Galilei (1564-1642). La abstracción y la simplificación es necesaria para describir físicamente los fenómenos de fuerza y cambio, pero esto interfiere con una verdadera comprensión de la materia. A pesar de ser evidente que un conjunto de puntos de masa que conforma un cuerpo tiene volumen, no podríamos avanzar mucho si la masa sólo se la ve en su capacidad para ocupar los lugares en espacios por su pertenencia a cuerpos.

Aunque una estructura puede ser concebida simplemente como un punto material sin ningún tipo de extensión, como en la teoría de la gravitación, la ubicación de un centro de gravedad, la distancia a otro cuerpo, y la cantidad de masa, son también propiedades de la materia. Una estructura es una determinada materia organizada, y recíprocamente, la materia no existe a menos que constituya una estructura. Uno podría imaginar que una estructura es un conjunto de puntos masivos sin extensión, ocupando un espacio determinado en un momento determinado de tiempo, en el espacio-tiempo pre-existente. Pero esta imagen es errónea. La cuestión importante es que no importa cuan pequeño sea un corpúsculo, es funcional y tiene capacidad para relacionarse con otros corpúsculos en su misma escala. La relación de dos o más corpúsculos genera una estructura, así como también un espacio-tiempo particular.

A pesar de que una estructura, en la perspectiva de la dinámica, se reduce a masa y desde el punto de vista de la masa no encontramos otra cosa que masa, la energía primordial se condensa en la materia que contiene la masa y otras propiedades. Todo esto produce una extraordinaria funcionalidad que permite la distribución espacial de la estructura en los diversos grados de complejidad y funcionalidad a partir de las partículas fundamentales. Entre las propiedades de la materia están la extensión, el volumen, la carga eléctrica y una composición de diversos tipos de partículas subatómicas. Cada una de estas partículas posee spin. Muchas de estas partículas tienen la forma de corpúsculo y de onda, y se relacionan con otras partículas por lo menos mediante un tipo específico de las cuatro fuerzas fundamentales. Subsisten en el tiempo si no están experimentando un cambio. Tan simple como la masa estructurada pueda ser, genera espacio-tiempo y posee algún tipo de funcionalidad a través de la cual es capaz de ser una causa o un efecto, de ser la fuente o la destinataria de fuerzas, y de contener, aceptar o entregar energía.

Una estructura es fundamentalmente la relación o el nexo causal que se establece entre dos o más estructuras que, además de otras funciones específicas, son funcionales a una a otra y viceversa, y convirtiéndose en subestructuras de una estructura de una escala mayor. Además, dicha estructura adquiere su propia funcionalidad, en virtud de la funcionalidad de sus subestructuras y de la relación que dichas subestructuras establecen entre ellas. Por ejemplo, dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno se relacionan a causa de algunas de sus respectivas funciones, produciendo la estructura de una típica molécula de agua, que posee también sus propias funciones, entre ellas peso específico, gravedad, y así sucesivamente.

Debido a su funcionalidad, la materia tiene la capacidad para ensamblarse a sí misma, ordenarse, construirse y organizarse, es decir, estructurarse. Cuando pensamos en el concepto de “estructura”, entenderemos también las ideas de agrupación, constitución, orden, montaje, construcción, ensamblaje, como también organización, disposición, arreglo, sistema, distribución, esquema, etc., que son sinónimos de las posibilidades de la materia , y se refieren a partes constitutivas de menor escala y se incluyen en las unidades de mayor escala.

Una estructura no debe ser vista como algo rígido (un edificio) o algo geométrico (una molécula) o como algo estático y permanente. Una estructura incluye las cosas más intangibles de la naturaleza, tales como las percepciones y las ideas. De la misma manera, una estructura es capaz de generar fuerza, y la fuerza es capaz de estructurar la masa y la carga eléctrica. La masa-carga eléctrica accionada por la fuerza adquiere la calidad de estructura.


Fuerza


El concepto de fuerza requiere ser explicado por el concepto de energía. En la naturaleza la energía no puede existir por sí misma y requiere la intermediación de la materia. La energía o bien está “condensada” en la materia, ya sea como masa o como carga eléctrica, o participa en la relación de causalidad entre dos o más estructuras (como gravedad, radiación electromagnética, etc.). La energía es un poder que posee una estructura (o cuerpo), y ninguna estructura puede existir ni actuar sin la energía. Cada estructura puede ceder o adquirir energía. En esta acción, necesita de al menos otra estructura, y la relación que establecen es de una causa y su efecto. Cuando una estructura entrega energía, hablamos de causa, cuando una estructura adquiere energía, hablamos de efecto. Mientras más energía una estructura tiene, es más poderosa, pudiendo sus efectos ser mayores. Pero la energía que adquiere una estructura, mientras es un efecto, puede ser tan grande que la propia estructura puede ser destruida. También puede transformarla, e incluso puede mejorarla. Cada transmisión de energía cambia ambos, la estructura causa y la estructura efecto.

Como la física lo entiende, la energía es la capacidad que tiene un cuerpo para realizar trabajo. Esta capacidad depende de la velocidad y la masa-carga eléctrica de un cuerpo. Según su definición, la energía es el trabajo máximo que un cuerpo es capaz de realizar y es la mitad de su masa multiplicada por el cuadrado de su velocidad. Así vemos que la energía del cuerpo aumenta con el cuadrado de su velocidad. Por otro lado, la velocidad de un cuerpo no tiene un marco de referencia absoluto, sino que debe ser referida necesariamente a por lo menos un segundo cuerpo y tiene validez únicamente en relación con este segundo cuerpo. La velocidad de un cuerpo puede estar referida a una multiplicidad de cuerpos, pero teniendo validez específica para cada cuerpo en particular.

La energía se distingue de la fuerza en que la primera es un poder que tiene un cuerpo, y la segunda es ejercida por un cuerpo en uso de ese poder. Un trabajo realizado por un cuerpo en posesión de energía lo efectúa cuando aplica una fuerza, moviendo el punto de aplicación sobre un segundo cuerpo. El trabajo es el producto de la fuerza por la proyección sobre ella del desplazamiento de su punto de aplicación, y depende de su dirección y sentido, siendo el trabajo máximo cuando la proyección del desplazamiento sobre el punto de aplicación tiene la dirección y el sentido de la fuerza. El trabajo es nulo si el desplazamiento y la proyección de la fuerza son perpendiculares.

La fuerza se identifica con la “proyección” de una causa. Más precisamente, es toda causa capaz de alterar el movimiento de un cuerpo, siendo el producto de la masa del cuerpo por la aceleración medida entre ambos cuerpos. Toda fuerza es aplicada por un cuerpo, que denominamos causa, y es aplicada a otro cuerpo, que denominamos efecto, y que por ese acto le transfiere energía. También siempre que se aplica fuerza, produciéndose una relación de causa-efecto, se produce un cambio. Si la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma, según afirma el primer principio de la termodinámica, la fuerza es la actualización del cambio. Además, la energía tiene otra particularidad. Se refiere a su capacidad para generar, crear, producir espacio entre las partículas fundamentales que interactúan.


El espacio-tiempo


Las siguientes son las propuestas básicas sobre el tiempo y el espacio. La dimensión de estos parámetros se relaciona con la cantidad, ya que ambos pueden ser medidos y ambos pueden ser utilizados como medidas. Ambos son las medidas del movimiento de la materia, y a través del movimiento el tiempo se relaciona con el espacio. El tiempo es lo que toma a un cuerpo moverse a una cierta velocidad en el espacio. Un reloj, que es un instrumento analógico que nos indica el tiempo que fluye, tiene esta capacidad debido a que sus engranajes giran a una velocidad constante, y los espacios cubiertos por cada diente en todos sus engranajes son similares. La regularidad de este movimiento está dada por el péndulo, que es determinado por la constante de la gravedad. El tiempo parece fluir a un ritmo constante. Sin embargo, su flujo es determinado por el cambio que varía de acuerdo a la energía. El agua se evapora a una velocidad constante si la entrada de calor se mantiene constante, y su velocidad aumenta si aumenta la entrada de calor.

La interacción de dos cuerpos genera una distancia. Tres cuerpos crean un triángulo que se encuentran en un plano bidimensional. Cuatro cuerpos en interacción y no coincidentes en el mismo plano generan cuatro planos, dando forma a un espacio tridimensional. En el universo este espacio particular es común a todas las cosas que se relacionan de alguna manera a los cuerpos mencionados. Por ejemplo, la estructura vial de un país, o la generación de una imagen determinada que requiere la acción de numerosas neuronas ubicadas en distintas lugares en nuestro cerebro. La capacidad para interactuar de estos cuerpos o estructuras que se relacionan causalmente es posible porque pertenecen a un presente común que se corresponde con el mismo espacio-tiempo en relación con su origen común en el big-bang. La velocidad de la luz es la velocidad máxima posible en la interacción de dos cuerpos. Si la velocidad de la luz fuera infinita, el tiempo sería nulo y sin efecto y la interacción entre las estructuras sería instantánea.

Desde Einstein sabemos que el tiempo absoluto no puede existir en el espacio. Un espacio newtoniano con un marco de referencia absoluto no existe. La simultaneidad absoluta de los acontecimientos es imposible o, simplemente, si el marco de referencia absoluta no existe, la relación temporal de los eventos es distinta entre un observador y otro, ambos ubicados en distintos lugares. Algo distinto ocurre con la dimensión espacial. El movimiento allí aparece a distintos tiempos, dependiendo de la ubicación del observador. Entonces el espacio es también una dimensión relativa. En lo que Newton y Einstein coincidieron es que tanto el tiempo como el espacio son anteriores a las cosas y sus interacciones, lo que es erróneo, como veremos más adelante.

En el universo las cosas se mueven en relación a un observador desde cero hasta la velocidad de la luz. El espacio y el tiempo son medidas universales para cualquier movimiento, y ambos se enmarcan en la velocidad de la luz como referencia absoluta. Dado que la magnitud del movimiento de lo posible en el universo tiene un límite absoluto, es decir, la velocidad de los fotones, Einstein llegó a la conclusión de que el espacio y el tiempo son relativos, i. e., ambos parámetros son correlativas con respecto a este movimiento con valor absoluto. Introdujo el concepto de “espacio-tiempo” como dos parámetros relativos que se relacionan entre ellos y tienen la velocidad de la luz como referencia absoluta.

En el otro extremo de la escala, la distancia mínima entre dos partículas, la más pequeña que puede existir, es el número de Planck. En consecuencia, el tiempo y el espacio no son infinitamente pequeños, como se supone generalmente. Ambos parámetros comienzan a existir a partir de la cantidad mencionada. Ni el tiempo infinitesimal ni el espacio infinitesimal son posibles. En el universo hay un límite inferior y un límite superior para la causalidad. El límite inferior es la dimensión de la energía dada por la constante de Planck, que determina la menor escala posible de la existencia de la relación causal. El límite superior de esta relación se refiere a la velocidad máxima que puede tener el movimiento de la relación causal, que es la velocidad de la luz.

Lo que subyace en todo movimiento es el cambio, que es el origen del movimiento. El movimiento es la cara visible y medible del cambio. Por lo tanto, tanto el tiempo como el espacio son las medidas de la extensión y la duración de un proceso. En ambos casos el tiempo y el espacio miden una causa en relación a su efecto. Por un lado, el tiempo mide cuanto toma una causa afectar a algo y por cuánto tiempo se produce un cambio mientras ocurre. En este sentido, la duración puede durar un breve instante, o puede durar mucho más, de acuerdo a la regla de las leyes naturales. Por otro lado, el espacio mide la distancia entre la posición de una causa y la posición de su efecto. Cuando el cambio se mide a través de la relación causal, el tiempo se vuelve irreversible, porque hay gasto y ganancia de energía, la estructuración de algo, y la generación de fuerza. El tiempo no se puede identificar con fluir, como supuso Heráclito. El fluir es propio del movimiento. Pero el movimiento es una particularidad del cambio. El cambio está detrás del tiempo, ya que se refiere a todo proceso termodinámico, donde hay movimiento, pero también transformación. Una cosa cambia de una forma tan característica que se puede inferir una ley universal, que hace que una relación causal sea determinista. Sin embargo, cualquier cambio único posee una indeterminación fundamental.

El razonamiento anterior demuestra que la existencia del tiempo y el espacio dependen de la interacción de los cuerpos o estructuras, que es la base del cambio. El siguiente paso es mostrar que ni el tiempo ni el espacio preexisten a las cosas. El tiempo y el espacio no existen antes de la materia y la energía, sino que se desarrollan o se expresan en todas las interacciones de los cuerpos materiales. Si la materia y la energía se manifiestan en la estructura y la fuerza, ni el tiempo ni el espacio pueden existir independientemente, pero su existencia depende de la existencia de la complementariedad estructura-fuerza. El tiempo y el espacio no sólo dependen de la estructura y la fuerza, sino que son temporalmente y naturalmente a posteriori. El tiempo es la tasa a la que la energía es transferida entre las estructuras en la relación de causalidad. El espacio es el lugar configurado por las estructuras que interactúan entre sí, ahora como las subestructuras de la relación causal.


En un principio


En el primer instante del universo, al principio del tiempo y cuando el espacio ni siquiera estaba comprimido en lo infinitamente pequeño no estaba comprimido, estuvo sólo la energía primigenia, infinitamente potente. A partir de este primer instante, en lo que ha llegado a ser conocido como el “big bang”, cuando esta energía primigenia comenzó a ser “condensada” en materia, en la forma de las estructuras fundamentales –la masa y la carga eléctrica– y comenzó a ejercer fuerza a partir de la escala cuántica, se hizo posible el devenir de la materia, el desarrollo del tiempo y la expansión del espacio. Este desarrollo y esta expansión no fueron entonces ni son ahora independientes de la conversión de la energía en masa y carga eléctrica. Las partículas fundamentales responsables de estas dos propiedades son altamente funcionales y generan sus propios campos espaciales de fuerza dentro de los cuales pueden interactuar causalmente.

La energía primigenia, que contuvo y contiene los códigos de todas las leyes de la naturaleza, ha dado lugar a la estructuración ulterior de la materia desde su primera condensación en partículas fundamentales y hasta la inteligencia humana, en un acto de creación que no tiene una conclusión conocida. Tal como la estructura de la materia conforma el espacio (un espacio es inconcebible si no es parte de una estructura), la funcionalidad de las estructuras que transforma la energía en fuerza hace el tiempo posible (el tiempo es generado por la relación de causalidad). Así, al igual que la estructura genera el espacio, la fuerza genera el tiempo.

Si la fuerza se define en términos de la alteración del movimiento de la materia en el espacio-tiempo y la materia se define como su “estructuración” de acuerdo a las coordenadas espaciales, entonces la fuerza tendrá que definir el tiempo. En esta ecuación la fuerza se desvincula del espacio, ya que el espacio es anulado por estar en ambos lados de esta ecuación. A la inversa, esto significa no sólo que el tiempo depende de la fuerza, sino que la fuerza desarrolla el tiempo. Vimos que la energía es anterior a la fuerza. La energía que proviene de una causa es siempre tiempo futuro, es potencialmente existente. Cuando la energía entra en el parámetro del espacio, ésta, mediada por la complementariedad estructura-fuerza, se convierte en fuerza y desarrolla el tiempo.

Esta idea es comprensible si pensamos que la fuerza, que transporta energía especificada o diferenciada, es el vínculo interestructural necesario entre la causa y su efecto, es el punto de encuentro entre la estructura causa y la estructura efecto. Para que un efecto ocurra, es necesario que su causa sea mediada por una fuerza, si ambos, la causa y su efecto, deben ser identificados por estructuras funcionales. En la relación de causalidad la causa genera una fuerza que el efecto consume y, en esta acción, ambos son modificados de alguna manera. La fuerza genera la relación causal cuando la transferencia de energía se actualiza.

Dado que en cualquier relación de causalidad se lleva a cabo una secuencia temporal, la fuerza es la instancia que se interpone entre el “antes” y el “después” del evento; constituye el “ahora” del evento que modifica la estructura de forma irreversible. En todo cambio hay una transferencia de energía de acuerdo con la primera ley de la termodinámica, cualquier cambio es irreversible, según su segunda ley. Por lo tanto, podemos destacar que la fuerza genera el devenir y  desarrolla el tiempo.


Dimensión del espacio-tiempo


Un hecho aislado, una única relación de causa y efecto, no nos dice mucho sobre el espacio-tiempo. Simplemente nos dice que un evento separa el antes del después en algún lugar. La dimensión espacio-tiempo es el conjunto de los múltiples eventos particulares que se van relacionando sucesivamente, ya que se van actualizando en un momento determinado, que es el presente de un determinado lugar en el espacio. Pero esta dimensión no puede ser lineal. El tiempo no es independiente del espacio. La sucesión de los acontecimientos no se da sólo en un punto espacial. Incluye un tejido interdependiente de los diferentes e infinitos eventos cuya correlación es una cuestión de la posición en el espacio no sólo del observador, que es una referencia en particular, sino del big bang, que es la referencia absoluta para todo el universo. El universo es el conjunto de las relaciones causales que se originaron en el big bang. Y debido a este origen común, el universo tiene unidad y sus leyes naturales se cumplen por todo tiempo y lugar.

La simultaneidad depende exclusivamente del observador particular. Al ser relativo al observador, la simultaneidad no es absoluta. En efecto, a partir de la teoría especial de la relatividad de Einstein, sabemos que el tiempo absoluto no puede existir en el conjunto del espacio. No existe un espacio newtoniano con un marco de referencia absoluto. Puesto que la velocidad máxima de transmisión de sucesos, aquélla por la cual los eventos se relacionan unos con otros, es la de la luz, la simultaneidad absoluta de eventos es imposible, o, simplemente, no existiendo marcos de referencia absolutos, la relación temporal de los sucesos es distinta entre un observador y otro, ubicados ambos en distintas partes del espacio. Otro tanto ocurre con la dimensión espacial. El movimiento en ella aparece en tiempos distintos según donde esté ubicado el observador. De ahí que también el espacio sea una dimensión relativa.

He tratado de mostrar que el espacio está relacionado con la estructura y el tiempo está relacionado con la fuerza. El universo no es el campo espacio-tiempo donde las fuerzas y estructuras juegan, sino que el juego mismo es el espacio-tiempo desarrollado por la interacción estructura-fuerza. Si el origen primigenio fue la infinita energía contenida en un no-espacio, su evolución en el transcurso del tiempo ha seguido el camino de una estructuración constante y cada vez más compleja, que ha ido continuamente desarrollando el espacio y consumiendo energía.

Vivimos en una época cuando está de moda la visión cosmológica construida en torno a la teoría general de la relatividad de Einstein. El mundo científico siente un gran aprecio por esta teoría y, en cierto sentido, adapta los resultados de las observaciones y experimentaciones para no contradecirla. Lo que es completamente real es que existe una absoluta contradicción entre lo expuesto más arriba y esta teoría, lo que puede justificar citando a continuación una parte del capítulo 1 de mi citado libro La materia y la energía (ref. http://unihum1.blogspot.com): 

“A fines de 1915 y diez años después de enunciar su teoría especial de la relatividad, Einstein publicó su teoría general. Esta se hacía necesaria para él en vista de que su teoría especial daba cuenta únicamente de sistemas inerciales de movimiento rectilíneo y uniforme, mientras que en el universo real de las fuerzas gravitacionales existen no sólo sistemas de movimientos acelerados, sino que también existirían sistemas de movimiento curvilíneos.

“Lo primero que hizo fue formular el principio de equivalencia de los efectos del movimiento acelerado y los del campo gravitacional, las dos funciones distintas de la masa de Newton, es decir, inercia y gravitación. Una persona que estuviera sobre la superficie de la Tierra tendría el mismo peso relativo que si estuviera en un ascensor que mantuviera un movimiento uniformemente acelerado de 1 G. A ella le sería imposible distinguir el movimiento producido por fuerzas inerciales (aceleración, reculado, fuerza centrífuga, etc.) del producido por la fuerza de gravedad. Este principio es la clave de la teoría de la relatividad general, y también su debilidad.

“En su propia concepción cosmológica Einstein sustituyó el campo de gravitación por sistemas de referencia de carácter acelerado, descartando el concepto clásico de la fuerza gravitatoria que atrae. La gravitación deja de ser una fuerza, y no atrae nada. La idea de que los cuerpos se atraen entre sí sería una ilusión causada por erróneos conceptos mecánicos de la naturaleza. El universo no sería una máquina que produce fuerzas gravitatorias. En cambio, la gravitación sería una propiedad geométrica que el continuo espacio-temporal adquiriría en las cercanías de las masas. La masa, por simple presencia, intervendría en la estructura geométrica del espacio y en el ritmo del transcurrir del tiempo, acortando las distancias y prolongando las duraciones. La gravitación sería una perturbación métrica que la presencia de la masa provocaría en el espacio-tiempo.

“El comportamiento de los cuerpos en un campo gravitacional no estaría en función de atracciones, sino en función de las trayectorias que siguen. La gravitación sería simplemente parte de la inercia. El movimiento de los cuerpos (cometas, planetas, estrellas, etc.) dependería de su inercia y los cursos respectivos que siguen estarían determinados por las propiedades métricas del continuo espacio-temporal. La gravitación daría la medida de la deformación que experimentan la distancia y la duración en torno a grandes masas. Esta deformación tendría su valor propio en cada punto del continuo espacio-temporal.”

El problema fundamental de la relatividad general está en haber hecho equivalentes las dos funciones de la masa que Newton descubrió: la inercia y la gravedad. En su teoría especial Einstein había tenido un acierto extraordinario cuando correlacionó la energía con la masa en función de la velocidad de la luz. Sin embargo, en el caso de su teoría general él no tenía justificación alguna para identificar la inercia y la gravedad. Éstas son dos funciones completamente distintas de la masa sin relación alguna entre sí, excepto por la existencia de la masa. Adicionalmente, los escasos fenómenos que han sido observados y que podrían sustentar esta teoría pueden ser en realidad efectos de otras causas. Adelantaré aquí que en el fondo, el problema básico de la teoría general de la relatividad se encuentra en que la existencia del espacio-tiempo se concibe como anterior a la masa-energía, y no como una condición de la causalidad de la materia.

Si bien la teoría especial de la relatividad es efectivamente una teoría científica por cuanto relaciona la energía con la masa a la velocidad de la luz, que son hechos totalmente verificables, no se puede decir lo mismo de la teoría general. En el caso de esta segunda teoría, por ser una descripción de la realidad basada en supuestas teorías, no es propiamente una teoría, sino que una concepción filosófica del universo. Toda concepción filosófica tiene la función de proveer un marco de comprensión más abstracto que la realidad propiamente causal. Sin embargo, esta teoría en particular no tiene un sustento teórico, pues la correlación de la inercia con la gravedad no es verificable, sino que es una analogía para casos específicos.

Vimos anteriormente que en la búsqueda de lo absoluto y universal de la esencia el error de la filosofía tradicional es doble: omitir el tiempo en la esperanza de encontrar lo inmutable y omitir el espacio en el anhelo de encontrar la unidad. Esta filosofía no quiso entender que la esencia de las cosas comprende también lo mutable y lo múltiple, que es justamente el objeto material del análisis científico. Las cosas son esencialmente mutables en el tiempo y múltiples en el espacio, aunque, desde el punto de vista de la cosa en cuanto abstraída por la relación ontológica, estas condiciones dimensionales, que son propias de una cosa singular, son las primeras en ser separadas en el proceso de abstracción, cuando la esencia se va apartando de lo singular para constituirse en ente y tender a lo universal. Sin embargo, la ley de la relación causal, que incluye lo mutable y lo múltiple, no sólo hace referencia a lo universal de la ley natural, sino que se puede asimilar a lo ontológico.


Conclusión


Podemos afirmar que el concepto de la complementariedad estructura-fuerza surge a posteriori de la perspectiva científica de observar la realidad. La complementariedad consigue abrir, partiendo desde una perspectiva netamente científica, un panorama filosófico; a pesar del criterio de Kant, consigue pasar desde los hechos particulares y a posteriori, que analiza la ciencia, hacia consideraciones de alcance transcendental. Esto es, más que una teoría sobre la composición de la materia del universo, la noción de la complementariedad corresponde a una categoría que es física y metafísica a la vez, y que pretende responder no sólo al “cómo es” y al “qué es” de todo el universo, sino que, en último término, al “por qué” de éste. Esta vez, a diferencia de la filosofía tradicional, la respuesta procura apoyarse en toda su amplitud en las conclusiones de la ciencia.

Vemos que a través de la complementariedad fuerza-estructura el orden que existe en el universo y en cada cosa de éste se hace comprehensivo a nuestra razón, y no al revés, como ha supuesto la tradición más idealista de la filosofía tradicional. No se puede pasar por alto la extraordinaria circunstancia que la perspectiva que establece esta complementariedad constituye una metodología práctica para ordenar intelectualmente las cosas que vamos conociendo. Si analizamos una estructura, podemos conocer su funcionamiento; si analizamos recíprocamente un funcionamiento, podemos describir una estructura.

La exploración de la posibilidad de construir una síntesis filosófica a partir de estas propiedades tan transcendentales que necesariamente se identifican con el universo mismo y que, además, no constituya un sistema cerrado basado en premisas puramente apriorísticas es el ambicioso propósito de este ensayo. Esta exploración nos conducirá primero a estudiar, desde una perspectiva más filosófica que científica, las relaciones entre estructura y fuerza. Estas relaciones pertenecen a los hechos constitutivos del universo que la ciencia descubre e investiga, y sobre los cuales una verdadera filosofía debe fundarse. En otros volúmenes (La llama de la mente, El pensamiento humano) proseguiremos esta exploración a través de la teoría del conocimiento de la realidad, vale decir, la mecánica de qué y cómo conocemos, y su expresión y comunicación en el lenguaje, puesto que estas funciones son la clave para poder dilucidar qué realidad nos es cognoscible y comunicable. Terminaremos por el análisis de la incidencia de la estructura y de la fuerza en el ser humano (La voluntad de ser), hasta llegar a la frontera de lo accesible a nuestro conocimiento objetivo, que es la frontera de nuestro universo espacio-temporal (La flecha de la vida), y también su incidencia en la sociedad, apuntando a las tensiones que se generan.

El camino que seguiremos para este análisis tiene un sentido definido, que parte desde lo simple y tiende hacia lo complejo; y ello debido a dos factores. Uno es el que surge de ordenar las cosas según su estado natural de estructuración. Las cosas se nos presentan como más o menos simples o complejas. Entre una gota de agua y una mariposa, por ejemplo, la primera aparece como más simple que la segunda. En esta comparación se puede apreciar, entre otras cosas, que uno de los componentes de la mariposa es el agua. De manera análoga, procederemos en el curso de este ensayo, y en los restantes, desde las estructuras más simples hacia las más complejas. El segundo factor se deriva de nuestra comprensión de la evolución del universo en el curso del tiempo. El universo, que surgió con la estructuración más simple y homogénea posible, las partículas fundamentales, ha ido evolucionando y ha ido conteniendo estructuras cada vez más complejas, pasando desde escalas estructurales, que agotan sus posibilidades de complejización, hasta escalas estructurales superiores que contienen un número de estructuras de escalas inferiores, en una sucesión estructuralmente evolutiva, incluyente, jerárquica y piramidal, de la cual nos suponemos, los seres humanos, ocupar la cúspide.



CAPITULO 3. ESTRUCTURA, FUERZA Y FUNCION



La relación causal está detrás de todo cambio y se explica por la estructura y la fuerza. El cambio sucede entre una estructura causa y una estructura efecto, donde el vínculo es la fuerza. Las únicas fuerzas que operan en el universo son las cuatro fuerzas fundamentales de la física. La combinación específica de fuerzas, que dependen de cada estructura particular, es la función. Las estructuras de la relación causal son funcionales porque contienen subestructuras que son a su vez funcionales, hasta llegar a las estructuras fundamentales donde operan las fuerzas fundamentales. Una cosa cambia de un modo tan característico que se puede inferir una ley universal, por lo que la relación causal es determinista, pero todo cambio posee la indeterminación fundamental.


Cambio y relación causal


Tanto el cambio como la inmutabilidad tienen una importancia profunda para nuestro acercamiento cognoscitivo a la realidad. La inmutabilidad de las cosas nos permite conocer, ya que las relaciones ontológicas que efectuamos con nuestro pensamiento abstracto nos devela una realidad plena de maravillosas significaciones y sentidos que no son para nada evidentes si el pensamiento permanece inactivo, observando el entorno, como lo hace cualquier animal. Constatamos al mismo tiempo que lo único que existe en la realidad es el cambio mismo, que fue lo que llamó tan poderosamente la atención a Heráclito, y que si aplicamos allí también nuestro pensamiento abstracto –y el método empírico–, descubrimos que las relaciones causales propias de la realidad que observamos se rigen por leyes universales inmutables, de las que además su conocimiento nos sirve para desarrollar la tecnología. Así, en el cambio podemos precisamente encontrar los elementos inmutables o invariantes específicos que nos permite conocer la realidad.

Pero no es tanto la epistemología el centro de nuestra atención de este momento, sino el cambio. Esencialmente, el cambio reside en las modificaciones estructurales, muchas de las cuales resultan en nuevas estructuraciones. Incluso una desestructuración tan radical y profunda como la muerte de un organismo viviente produce la estructuración de sus depredadores y bacterias descomponedoras. En consecuencia, el cambio está relacionado con estructuras y fuerzas, y también con relaciones causales, y no se genera por sí mismo, sino que depende de la relación causal. Toda relación causal implica cambio. Cuando algo ocurre, algo ha precedido a aquel suceso. El vínculo entre ambos es la fuerza. Una causa es una fuerza que tiene por término un efecto.

Formalmente se plantea el problema filosófico de si acaso todo lo que ocurre se debe a una causa. La respuesta es ciertamente positiva. Ningún cambio resulta de la nada. Un efecto procede de una causa. Tanto la causa y como el efecto están relacionados con necesidad. Más precisamente, un efecto ocurre cuando se dan una cantidad de condiciones o, más precisamente, causas. Por ejemplo, la combustión ocurre sólo cuando un material combustible se encuentra en un medio con oxígeno y en presencia de una llama. La llama puede ser suplida por suficiente temperatura. No sólo una causa es una condición necesaria para que ocurra un efecto, sino que para que ocurra un efecto se requiere corrientemente de una cierta cantidad de otras causas, siendo necesarias cada una y todas ellas. El principio universal de causación establece que para cualquier evento en el universo existe un conjunto de condiciones. Si estas condiciones son satisfechas, entonces el evento ocurre invariablemente. Cuando se desconocen las causas, no se dice que un evento sucede sin que éstas existan, sino que se acepta teóricamente su existencia, y se adquiere conciencia de la necesidad de su descubrimiento.

La ciencia tiene por objeto descubrir las causas para los distintos eventos, y la mayor parte de las veces, éstos resultan muy complejos por la cantidad de condiciones que van apareciendo en este proceso de descubrimiento. Sin embargo, como la ciencia es un proceso progresivo que se va construyendo sobre anteriores descubrimientos, nunca ella parte de cero. Y muchas veces quedan numerosas incógnitas para resolver en algún futuro.

Para comprender el funcionamiento del universo, no basta con constatar el hecho de la causalidad; es necesario responder primeramente al “cómo” se da la relación causal. Esta pregunta es lo que distingue a la ciencia de cualquier otro tipo de conocimiento. A partir del conocido fenómeno de la ebullición del agua cuando se le aplica calor, la ciencia llega a descubrir, por ejemplo, que estando sometida a la presión de una atmósfera, ésta bulle con necesidad cuando la temperatura alcanza los 100º centígrados. Comprende que toda la energía adicional que se aplica se transforma en vapor. Llega a medir el calor para evaporar cada gramo de agua y descubrir que será necesario aplicar 565 calorías cuando la presión es de una atmósfera. Descubre los requerimientos de calor según las variaciones de presión; y así sucesivamente.

Existe también una perspectiva filosófica a la relación causal cuando se busca responder al “por qué” se da ésta. En este sentido se puede decir –cual es el caso que aquí nos interesa como filósofos– que las cosas son mutables porque están compuestas de estructuras y fuerzas. La explicación de la relación causal, que es el fundamento de lo mutable, deberá encontrarse en la complementariedad estructura-fuerza. Aunque los términos “estructura” y “función” han sido sacados de la biología, en este ensayo han recibido un contenido conceptual que los hace trascendentales y, por tanto, aplicables a todas las cosas y fenómenos del universo.

Afirmar que las cosas son estructura y fuerza es un paso muy grande sobre el solo identificarlas con el ‘ser’, como lo ha hecho hasta ahora la filosofía tradicional. Esta afirmación penetra en lo más profundo de las cosas, llegando a definirlas íntimamente por lo que son y no sólo por lo que aparecen a través de sus funciones. Establece verdaderamente qué es la cosa en sí, la que Kant aseguraba que era imposible de conocer. En síntesis, esta afirmación es el resultado de relacionar ontológicamente los componentes de una de las dos identidades más trascendentales de las cosas, es decir, la complementariedad de la estructura y la fuerza, la que podemos identificar con el ser desmenuzado íntimamente. La otra identidad es ciertamente la existencia, la que ha sido hasta ahora el único objeto material de la filosofía tradicional del ser que permanece en toda su relevancia.

En el curso de la historia del universo, cuyo origen estuvo en una cantidad infinita de energía contenida en un punto sin tiempo ni espacio que generó en un determinado instante lo que el físico ruso, George Gamow, llamó “big bang”,  produciendo la transformación de esta energía en materia, o condensación de energía en materia. Después de este singular acontecimiento, y mientras, desde el punto de vista del big bang, la materia –y no el espacio como se inclinan muchos cosmólogos a suponer– sigue expandiéndose a la velocidad de la luz, el resultado neto es que la materia ha sido objeto de una creciente estructuración, que contiene escalas incluyentes y cada vez mayores, hasta generar seres humanos, supuestamente las cosas del universo más complejas y funcionales. En consecuencia, si la materia es la forma de condensar energía, la materia cada vez más estructurada ha sido la forma de contener y aprovechar la energía de modo cada vez más eficiente.

La naturaleza de enorme complejidad que observamos en las cosas que nos rodean, tales como el hecho que organismos puedan vivir, crecer, desarrollarse, reproducirse, actuar en forma multifuncional, etc., no obedece a que este tipo de seres son productos directos de un “diseño inteligente”, sino que Dios, dotando a la energía con el código de las leyes naturales, creó el universo con la capacidad para que a partir de la enorme funcionalidad de las mismas partículas fundamentales se llegara a seres tan complejos como los mismos humanos. El mecanismo causal ha sido el de la evolución tanto física como biológica. Esta evolución se explica por la capacidad que tiene la materia para estructurarse gracias a la fuerza en escalas inclusivas cada vez mayores y más complejas.


Cambio y fuerza


Un cuerpo se mueve cuando cambia de lugar. Un lugar es el marco de referencia de un conjunto de cuerpos que éstos generan en su interactuar. Luego, el movimiento se explica en relación a otros cuerpos. El movimiento es distinto del cambio. El cambio es la alteración del movimiento uniforme de un cuerpo respecto al marco de referencia y requiere la aplicación de fuerza.

Las cosas son estructuras espaciales sos­tenidas en el tiempo por las fuerzas que las integran. Pero las cosas cambian cuando se relacionan causalmente entre sí, afectándose. Las cosas cambian por diversos motivos. Algunas de las subestructuras que las constituyen pueden ser afectadas por alguna causa externa. También ellas pueden afectarse mutuamente entre sí, alterando la estructura de la cual forman parte. En fin, puede ocurrir que se produzca una transformación en la estructura de la cual la cosa es una subestructura.

Una causa, que es el ejercicio de fuerza, requiere previamente contener energía de alguna forma, ya sea acumulada, como portadora (energía potencial), o en movimiento, como transmisora (energía cinética). Un efecto es producido por la fuerza, recibiendo la energía que ésta porta. Podemos imaginar la fuerza como el vehículo de la energía que transita a lo largo de un acontecimiento y en un tiempo entre una causa y un efecto. Un acontecimiento es cambio porque es transferencia de energía por medio de la fuerza que produce estructuraciones y desestructuraciones.

En la escala más fundamental de todas, el de las partículas subatómicas fundamentales, el cambio es en realidad un intercambio de partículas con niveles cuánticos de energía. Una partícula subatómica es emitida por la causa, y el efecto que se opera es la estructuración de otra partícula. Si la partícula estructurada es más compleja, hay absorción de partículas con energía; si se opera la desintegración de una partícula, se emiten partículas energéticas más simples.

También en la escala más fundamental de todas se distinguen cuatro tipos de fuerzas. La primera en ser reconocida fue la fuerza gravitatoria. Newton la definió como aquella que atrae a dos cuerpos de modo directamente proporcional al cuadrado de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. La fuerza gravitatoria es muy débil, pero tiene alcance infinito. En el siglo pasado se descubrió la fuerza electromagnética. Esta es definida como la fuerza que atrae o repele directamente dos cuerpos cargados eléctricamente, según tengan respectivamente carga de signo opuesto o igual, con una intensidad inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Es mucho mayor que la fuerza gravitatoria y su alcance es también infinito. En el curso del siglo pasado, a través de la experimentación con núcleos atómicos, se descubrieron dos nuevas fuerzas fundamentales. Así, la fuerza de interacción fuerte actúa para mantener a los nucleones unidos dentro del núcleo atómico. Es más intensa que la fuerza electromagnética, que hace que los protones se separen por repulsión, y su radio de acción es de corto alcance. Por último está la fuerza de interacción débil. Esta es más débil que la fuerza electromagnética, pero es más fuerte que la gravitacional. Su alcance es muy corto e interactúa con los leptones (neutrino, electrón-positrón y muón).

Lo que es importante advertir aquí es que en absolutamente todas las escalas las fuerzas que actúan en el cambio son combinaciones de las cuatro fuerzas fundamentales anotadas, no existiendo otro tipo de fuerza actuante –al menos que aún no haya sido descubierta–. Las cuatro fuerzas fundamentales son las únicas que explican todos los fenómenos que observamos y experimentamos en el universo. Así, a través de su combinación, en sus distintas escalas de estructuración, no sólo nuestra acción intencional ejerce sus efectos en el medio que nos rodea, sino que también intencionamos una acción, por mucho que supongamos que alguna fuerza de un ámbito no material estaría detrás de la deliberación de nuestra acción libre e intencional. Si aceptamos la complementariedad de la fuerza y la estructura para explicar lo que hay detrás de todo ser existente, no es necesario postular ámbitos distintos al natural, como por ejemplo, el espiritual. Absolutamente todo fenómeno posible de ser experimentado y de ejercer fuerza pertenece al mundo natural.

Una relación causal tiene un tiempo para efectuarse. Este depende de la cantidad de energía que se transfiere y de la velocidad de la transferencia. Un cambio puede ser tan imperceptible como la evaporación del agua de un vaso en el ambiente de una pieza o tan explosivo como la oxidación de un volumen de hidrógeno, produciendo agua. Una relación causal puede medirse según la energía transferida y su velocidad de transferencia, que es lo que hacen físicos e ingenieros, quienes emplean términos como fuerza, trabajo, potencia, y unidades para medir fuerzas, espacios, tiempos, temperaturas, presiones, velocidades, etc. Pero no hacen distinción más allá que la cuantitativa entre, por ejemplo, la potencia requerida para pulverizar una tonelada de roca y la ocupada en la replicación del ADN.


Función


Para comprender la relación causal entre estructuras debido a la fuerza, es debe introducir el concepto “función”. Función es lo que permite a una estructura ser causa o efecto. Así, toda estructura es funcional porque ejerce fuerza o porque es receptora de fuerzas. La función es la combinación específica de fuerzas de una estructura particular, es decir, ésta es particularmente funcional porque es causa o efecto de una combinación específica de fuerzas. Una función de cualquier estructura de nuestro universo ejerce peso, ya que todas las estructuras se componen de partículas masivas. No obstante una estructura puede tener otras funciones aún más decisivas que la distinguen, como tener extensión o reflejar y absorber ondas lumínicas, y también algunas como concebir ideas.

La velocidad del movimiento de una estructura con respecto a otra le confiere una energía potencial proporcional. Una función puede ser algo tan simple y directo, como un mazazo contra un cráneo, donde la fuerza principal proviene de la energía cinética que adquiere el mazo con respecto al cráneo. Puede ser asimismo algo tan complejo y sutil, como el pensar abstracto dentro del cráneo, donde intervienen fuerzas provenientes de energías químicas y eléctricas, millones de neuronas entrelazadas, y neurotransmisores muy particulares.

De la misma manera como una estructura se ve afectada de un modo determinado por una fuerza particular, una estructura tiene una forma particular de ejercer fuerza y ser por tanto una causa. La fuerza no es una entidad que existe independientemente de la estructura, ya que ambas son complementarias. Si toda fuerza está necesariamente vinculada con una estructura, la fuerza es ejercida de acuerdo a la funcionalidad de esta estructura particular. La fuerza actúa de acuerdo a la forma de funcionar de su estructura complementaria. Del mismo modo, la fuerza actúa sobre otra estructura según su configuración particular para el que es funcional como efecto.

La función puede definirse como la forma específica en que una estructura actúa ya sea como una causa ya sea como un efecto, es decir, como la capacidad específica para interactuar con otras estructuras según sus formas de existir. La relación causal se establece por la predeterminación de la funcionalidad de las estructuras que intervienen en la transferencia de energía por medio de la acción de la fuerza. En la realización de la conexión causal la estructura causa y la estructura efecto se transforman en subestructuras de una estructura de una escala superior.

Si una estructura tiene funciones distintas de otra estructura, a pesar de que en ambas actúan los mismos tipos de fuerzas fundamentales, se explica porque ejerce su acción según una combinación específica de las mismas, distinta de la combinación que tendría la otra estructura. Una estructura puede verse azul, mientras otra nos parece roja. La diferencia se encuentra en que la primera absorbe toda la gama de la luz blanca, excepto la radiación de ondas de color azul, la que refleja, en tanto que la estructura roja hace exactamente lo mismo, excepto que refleja el color rojo. Por esta diferencia, las estructuras son distintas en una de sus múltiples funciones, la de reflejar luz.

Una estructura es funcional en el sentido de que es capaz tanto de generar energía como de recibir energía. La fuerza pertenece a la funcionalidad tanto de la estructura causa como de la estructura efecto. Sin la funcionalidad de ambas estructuras no puede haber transferencia de energía. Si no existe emisión y recepción de fuerza en un tiempo dado, la relación de causalidad no se produce. Tal como toda combinación específica de fuerzas está relacionada con una estructura específica, una estructura es funcional ya sea como causa, ya sea como efecto; y una relación causal requiere al menos de una estructura que funcione como causa y de una estructura que funcione como efecto. Mientras ello no suceda, la funcionalidad será sólo potencial. El grado de funcionalidad de una estructura depende del eficiente uso de energía, y una estructura tendrá mayor posibilidad de subsistir si es más funcional. La funcionalidad es imperfecta en la mayoría de las relaciones causales más complejas.

Por función podemos entender además la configuración espacial de una estructura con respecto a otra por la cual se puede dar traspaso de energía. Existiendo un calce entre ambas estructuras se puede hablar de funcionalidad de ambas, pues la acción de la fuerza es posible. Esto significa también que una estructura es funcional únicamente con respecto a otra estructura, careciendo de sentido el hablar de función sin referencia a una segunda estructura, aunque sea tácita.

Estas fuerzas fundamentales, que son funcionales como tales precisamente en las estructuras más fundamentales, se combinan de un modo determinado desde el instante en que las partículas fundamentales entran a formar parte de estructuras en calidad de sus unidades discretas o subestructurales fundamentales. La nueva estructura que ha surgido ya no opera únicamente según la funcionalidad de las partículas fundamentales que la integran, sino que a través de ellas, obtiene un modo distintivo de operar o de ser funcional. Una mesa tiene masa y por tanto, al actuar junto con la masa terrestre, ejerce un peso determinado sobre el suelo, lo que le impide, entre otras cosas, volar. Pero también consiste en un plano horizontal que se yergue a cierta distancia sobre el suelo mediante patas, permitiéndole ser particularmente funcional para sostener, por ejemplo, platos, copas y cubiertos.

Al integrar estas nuevas estructuras, en calidad de unidades subestructurales, a formar parte de estructuras de una escala aún superior, las fuerzas fundamentales, ya especificadas, se especifican aún más, de modo que resulta difícil asegurar, aunque en realidad así es, que la función propia de la nueva estructura pueda depender de las fuerzas fundamentales. Un ejemplo podrá servir para entender el concepto de función en tanto especificación de fuerza. Un átomo de hidrógeno, o uno de oxígeno, deriva su respectiva función de la estructuración de su núcleo y sus mantos electrónicos a partir de la funcionalidad específica de los nucleones que lo compone. Éstos, a su vez, dependen de los quarks estructurados a partir de la funcionalidad de las partículas fundamentales. Por su parte, la funcionalidad específica de estos átomos permiten que de la combinación de dos de hidrógeno por uno de oxígeno, dentro de un determinado rango de temperaturas, resulte la estructura molecular H2O, la que obtiene funciones específicas ampliamente conocidas no sólo por físicos y químicos, sino que por todos nosotros, aunque tal funcionalidad derive de las sucesivas combinaciones de fuerzas que dependen de las estructuraciones particulares sucesivas y que tienen su origen primordial en las fuerzas fundamentales. Además, dicha molécula ejerce una determinada fuerza gravitacional en otros cuerpos a causa de la masa que contiene. También posee una determinada carga eléctrica según el equilibrio de cargas de las partículas fundamentales cargadas eléctricamente que contiene, y que la hace ser funcional respecto a otras moléculas y átomos.

De lo visto podemos establecer, no obstante, que en la progresiva estructuración de la materia únicamente las fuerzas gravitacional y electromagnética tienen la capacidad para intervenir, pues ambas generan campos espaciales donde interactúan. En cambio, el alcance de las fuerzas de interacción fuerte y débil se reduce a los núcleos atómicos. Además, tanto la gravitacional como la electromagnética son fuerzas que permiten tanto un intercambio permanente de energía como un consumo consecuente de energía; en cambio, la fuerte y la débil son fuerzas que, una vez efectuado el intercambio energético, se mantiene el vínculo de interacción a la manera de un candado que, una vez consumida la energía en cerrarlo, se mantiene cerrado.


Cambio estructural


La relación causal es determinista y funciona del mismo modo en todas las situaciones donde las condiciones son las mismas. La base para la existencia de las leyes naturales es, precisamente, el hecho de que todos los seres o cosas del universo son estructuras y fuerzas a la vez. La función específica o el modo de un comportamiento particular de una estructura es la base de la existencia de una ley natural determinada. Virtualmente todas las cosas del universo –exceptuando fotones y neutrinos–, incluyendo el mismo universo, están compuestas de partículas fundamentales masivas, por lo que responden a la ley natural de la gravitación universal. Del mismo modo, la floración en primavera de las plantas obedecen a las leyes naturales de la biología, y el correcto pensamiento racional de una mente humana cumple con las leyes naturales de la lógica.

Una estructura se mantiene en un delicado equilibrio. Este no es necesariamente precario. Pero por su misma naturaleza, es provisorio, aunque en algunos casos su duración se mida en miles de millones de años. Para subsistir una estructura depende de fuerzas que le permiten una estabilidad relativa y una tendencia al equilibrio. Todo equilibrio es connatural a un estado particular de entropía, y dicho estado es permanente mientras no intervenga alguna fuerza externa. En un sistema cerrado y sin aporte nuevo de energía las fuerzas tienden a equilibrarse y las estructuras a estabilizarse, llegando a una entropía máxima.

Pero un sistema cerrado es teórico. En la práctica, en la naturaleza, no se dan sistemas perfectamente cerrados. En la realidad los sistemas son abiertos y allí los equilibrios se rompen y se producen tanto estructuraciones como desestructuraciones. Un sistema ecológico, por ejemplo, no puede considerarse de hecho cerrado; podrá ser así considerado sólo en teoría y sólo para fines de análisis, pero siempre está sometido a fuerzas externas, en lo que se denomina modificación del medio. El clima y los accidentes geográficos pueden cambiar, especies endógenas pueden evolucionar o extinguirse, especies exógenas pueden ingresar.

Las estructuras son, desde luego, más funcionales cuando existe una mejor oportunidad para que se relacionen causalmente entre ellas, es decir, cuando mejora la ocasión de un encuentro en algún punto espacio-temporal particular. Una superficie mojada se seca más rápidamente si es barrida por un chorro de aire más veloz y más caliente. Las relaciones causales aumentan cuando mejoran las condiciones para que las estructuras se encuentren. En este caso, el chorro de aire y la superficie mojada. La evolución biológica no es otra cosa que el descubrimiento y transmisión genética de mecanismos que permiten no sólo mejorar estos encuentros para que los procesos ocurran con mayor rapidez, sino controlarlos para aumentar la seguridad, pues un organismo vivo es una estructura ávida de aquellas relaciones causales destinadas a su autoestructuración, lo que le permite ser aún más funcional para sobrevivir. En un organismo viviente muchas de sus subestructuras de su medio interno consisten principalmente en sistemas de transporte interno de fluidos y señales, y las de su medio externo, en sistemas de locomoción o de captación que le permiten apropiarse de los nutrientes existentes allí.

Podríamos preguntarnos que si todo cambia, cómo es que existen cosas de alguna manera. Este es un tema tratado más ampliamente en mis referidos libros La materia y la energía, capítulo 1 (ref. http://unihum1.blogspot.com), y El pensamiento humano, capítulo 2 ref. http://unihum5.blogspot.com). En breve la respuesta es doble. Por una parte, la existencia favorece el equilibrio que se consigue por entropía, es decir, por el uso de la fuerza para la estructuración, de modo que si hay cosas que existen, es porque han conseguido estructurarse y mantenerse en equilibrio. Por la otra, las cosas existen porque el cambio de una estructura no afecta necesariamente a las estructuras que son sus unidades discretas, o de la estructura de la que es una subestructura. Las gotas de agua que fluyen en una corriente que cambia mantienen su propia identidad, mientras que el curso de agua mantiene su propia identidad a pesar de que las gotas que fluyen son distintas.

Una estructura puede no afectar a otra si la fuerza ejercida sobre ella es insuficiente. En tal caso, se puede decir que ninguna llega a ser funcional. Un trabajador no podrá pintar todo un alto muro si la escalera que ocupa es muy corta. En el extremo opuesto, una estructura puede ser destruida si es sometida a una fuerza demasiado intensa para su capacidad de resistencia. En este caso, las fuerzas que la integran y la sostienen se ven superadas por la excesiva fuerza externa. El pintor del caso puede darse un costalazo si la escalera que usa es demasiado débil.

Así, pues, distintas fuerzas internas y externas van lenta o rápidamente transformando una estructura, y tarde o temprano terminarán por desintegrarla si acaso antes fuerzas adicionales no la destruyen primero. Una fuerza irrumpe en una estructura por el punto de menor resistencia. Una estructura se desintegra por el eslabón más débil.

La fuerza que transforma una estructura puede actuar de tres maneras distintas, dependiendo de la escala. Así, ella puede actuar en una escala inferior y cambiar o destruir una o más subestructuras que son necesarias para la subsistencia y funcionalidad de la estructura del caso, como una pata carcomida de una silla. También ella puede ser ejercida sobre ésta desde fuera y en la misma escala, como la misma silla del ejemplo que se ve obligada a sostener un peso mayor que su capacidad de resistencia y termina haciéndose trizas. Por último, ella puede pertenecer a una escala superior y actuar sobre una estructura, en tanto su subestructura, como el rebarnizado del amoblado del comedor, del cual la silla en cuestión forma parte.

Una estructura puede verse afectada por poderosas fuerzas desintegradoras, o también en su propio funcionamiento se pueden producir directamente fuerzas que la pueden ir desintegrando. Cuando las fuerzas para funcionar se obtienen de sí misma, ella acabará por desintegrarse totalmente. Pensemos por ejemplo en un combustible. Cuando se oxida quemándose, su estructura se transforma aportando energía y partes desintegradas a otras estructuras que las vuelven a integrar, hasta que se consume por completo, punto en el cual cesa de existir. Cuando el funcionamiento de una estructura produce su propia desintegración (segunda ley de la termodinámica), su producto va a la integración de otra estructura (primera ley de la termodinámica). La producción de energía es proporcional a la velocidad de desintegración de una estructura.

El proceso inverso ocurre cuando una estructura se construye. El aporte de energía al sistema no sólo le permite funcionar, sino que conduce a su mayor estructuración. La eficiencia del consumo de energía es proporcional a la funcionalidad de una estructura que se va integrando o que simplemente subsiste.

También existen estructuras que para funcionar obtienen energía del medio circundante. En este caso, tenemos, por ejemplo, los organismos biológicos y las máquinas. En ambas la reposición de la energía consumida se obtiene del medio. Si es una máquina, el aporte de energía la utiliza para la transformación estructural de otras cosas. Cuando la energía se obtiene activamente del medio, como es el caso de los organismos biológicos, la subsistencia se denomina supervivencia.

El universo no es una realidad de paz, armonía y convivencia, propios de la inmutabilidad, sino de lucha y conflicto, que caracterizan el cambio. En el cambio la estructuración de la materia requiere la energía que se encuentra en la materia ya estructurada. Así, la construcción, la estructuración y la vida surgen de la destrucción, la desestructuración y la muerte.


Funciones múltiples y multifuncionalidad


Se pueden distinguir varios tipos de funciones, los que dependen de la forma cómo una estructura es funcional y del tipo de fuerza que es ejercida. A pesar de que toda estructura es multifuncional en el sentido de que puede ser causa y efecto de numerosas relaciones causales, existen determinadas funciones fundamentales y simples. Éstas las resumiremos como sigue: Los conductores son estructuras que funcionan meramente como transmisores de energía y no cambian durante el proceso. Las válvulas son estructuras que detienen o liberan energía. Los conmutadores son estructuras que, usando energía para operarlo, transfieren mayor cantidad de energía entre otras estructuras. Incluso, pueden existir conmutadores automáticos y/o reguladores cuya energía para operarlos proviene de parte de la energía conmutada. Un caso particular son los amplificadores que son estructuras que, consumiendo energía, controlan energías mayores. Los catalizadores son estructuras que por su sola y necesaria presencia una fuerza actúa. Los acumuladores son estructuras que mantienen energía en ellos mismos, almacenada como energía potencial, para después poder liberarla. Los motores y generadores son estructuras que transforman la energía de una escala a energía de otra escala. Las máquinas son estructuras que aplican energía a otras estructuras para transformarlas, permaneciendo ellas mismas inmutables al final del proceso. Los seres vivos son estructuras que utilizan la energía para desarrollar nuevas partes integrantes y regenerar partes desgastadas. Estas funciones son algunas de las múltiples formas que emplean las diversas estructuras para utilizar la energía según los principios de la termodinámica. Exceptuando la funcionalidad de los seres vivos, la tecnología ha reproducido los mecanismos funcionales que se encuentran en la naturaleza y le ha dado nombres apropiados.

La inteligencia del ser humano es un desarrollo ulterior de un mecanismo biológico sensor y elaborador de la información del medio externo y de control motor, y que ha evolucionado hasta adquirir la capacidad de pensamiento abstracto y racional. Estas funciones especiales le han permitido crear una diversidad de tecnologías para explotar nuevos y más recursos, entendiéndose por explotación la intencionalidad en el encuentro causal con estructuras que le son beneficiosas. Con su inteligencia los seres humanos estructuran y controlan, cada vez con mayor eficiencia, sistemas de transportes y comunicaciones, redes de abastecimiento y distribución, sistemas de procesamiento y transformación de estructuras, como líneas de producción y de montaje, los que proliferan y se agigantan, respondiendo al esfuerzo por optimizar y aumentar las oportunidades de encuentros causales controlados que le son beneficiosas, pues producen bienes y servicios que ellos mismos consumen. En las últimas décadas hemos estado asistiendo a un acelerado proceso industrial de automatización y de remplazo de trabajo humano con la adición de sistemas computacionales y comunicacionales.

Una estructura puede desempeñar varias funciones a la vez. En este sentido, una estructura es multifuncional. El caso natural es que los procesos y fenómenos son muy complejos y esa complejidad se debe a la multifuncionalidad de las estructuras y la intervención de múltiples estructuras en cualquier simple proceso. La cantidad de funciones que puede desempeñar cualquier estructura depende de su propia complejidad. Por una parte, estas funciones no corresponden a la sumatoria de las funciones propias de las subestructuras que la componen, sino que a aquellas que le son peculiares por la combinación particular de sus propias subestructuras funcionales. Por ejemplo, dentro de las funciones propias de un animal, no está la de producir bilis, aunque ésta sea la función principal del hígado, órgano constituyente de la estructura del animal en cuestión, y sin el cual no puede subsistir, pues no podría digerir y metabolizar el alimento. Por la otra, las funciones dependen de la existencia de otra estructura que pueda interactuar con la primera, que pueda ser o bien causa o bien efecto de la funcionalidad de la primera. Esto significa que tanto la primera estructura como aquélla con la que interactúa deben pertenecer de algún modo a una estructura de escala superior.

A la inversa, existen estructuras distintas que pueden ejercer idénticas funciones. Así, por ejemplo, la función alar para volar la desempeñan eficientemente estructuras tan disímiles como las alas de un avión, una mariposa, un ave, un pterodáctilo, un murciélago, las aspas de un helicóptero. La función de todas ellas es aprovechar la fuerza de sustentación que se genera cuando el plano de la estructura alar se desplaza a través del aire en un cierto ángulo positivo con respecto a la dirección del movimiento y a una cierta velocidad.

Una característica de la interacción entre estructuras y fuerzas reside en la capacidad funcional, o viabilidad, de las primeras. Esta capacidad es directamente proporcional a la complejidad de la estructura e inversamente proporcional a la fuerza empleada. Por ejemplo, la complejidad de los átomos aumenta con el número atómico hasta el límite en que la fuerza nuclear requerida para su estabilidad llega a ser insuficiente, siendo superada por las fuerzas electromagnéticas repulsivas de la gran cantidad de protones que tienden a desintegrarlo. Asimismo, las moléculas son más funcionales cuanto más complejas sean, pero también se tornan menos viables y más inestables. Sin duda, en forma similar, debe existir un límite para la longitud de un puente hecho de acero, o para la altura máxima de un edificio de hormigón armado.

En general, la estabilidad de una estructura es directamente proporcional a su dependencia con la estructura de escala mayor de la que forma parte, y a su simplicidad. Las complejísimas moléculas proteicas, por ejemplo, se desintegran rápidamente si no obtienen las condiciones adecuadas para su subsistencia. Una estructura se torna inestable cuando se hace más compleja. Una sociedad moderna multitudinaria, por ejemplo, no puede tener una estructura tribal, aunque podría no obstante contener elementos tribales en su seno. Simplemente sus unidades discretas, las personas, no tienen las posibilidades materiales para poder entrar en contacto con las otras y convivir.

Una mayor complejidad no significa necesariamente mayor funcionalidad en cierto sentido si no se considera la eficiencia en la utilización de la fuerza y el aprovechamiento de la energía. Por ejemplo, un fino reloj podría funcionar también como martillo y clavar un clavo en la pared con él. Toda estructura, además de ser funcional, es más o menos eficiente. Una determinada funcionalidad depende, en último término, de la eficiencia con que una estructura particular utilice la fuerza, aun cuando la relativa eficiencia de una estructura está relacionada con su mayor o menor complejidad.


Complementariedad múltiple y mutable


La multiplicidad es una propiedad que pertenece tanto a las estructuras como a las fuerzas. La cantidad es una cualidad de la duración y de la extensión, esto es, del tiempo y del espacio. Tanto la estructura, que es espacial, como la fuerza, que actúa en el tiempo, son cuantificables y medibles. Sin embargo, ambas son cuantificables y medibles en relación a su complementario. Así, cuando hablamos de multiplicidad de fuerzas, nos estamos refiriendo a las estructuras-causas en su relación a las estructuras-efectos. La intensidad y la magnitud de una fuerza son cuantificables sólo en la estructura-causa y en la estructura-efecto. El punto desde donde se ejerce, la dirección, el sentido y el alcance de una fuerza, como también su duración y su velocidad están obviamente relacionadas al espacio de las estructuras. Lo central es que cualquier relación causal entre estructuras se identifica con la transferencia de energía que se verifica por la fuerza en el espacio-tiempo.

La mutabilidad de las cosas no es continua, sino discreta. Las estructuras y las subestructuras de las que están compuestas van cambiando discretamente, en forma de unidades, según la escala en la que constituye una unidad discreta. Por ejemplo, una hoja respecto a la rama, una rama respecto al árbol o un árbol respecto al bosque. Así, una rama subsiste aunque haya perdido una o más hojas. Un bosque es un conjunto de pocos o muchos árboles que están naciendo, creciendo y muriendo, y la pérdida o ganancia de unidades no afecta esencialmente al conjunto y su funcionalidad. En este sentido, la mutabilidad vista desde una escala superior es continua, aunque muchas veces imperceptible. Por ejemplo, los átomos de uranio 238 de una roca se van transmutando continuamente, pasando a torio 234, a protactinio 234, a uranio 234, hasta convertirse en plomo 206, aunque cada conversión de cada átomo se realiza en forma brusca a causa de las instantáneas pérdidas o ganancias de partículas subatómicas, y el conjunto va cambiando dependiendo de la vida media de cada clase de átomo.

Vimos que en toda relación causal una cantidad de energía generada por una estructura que actúa como causa es absorbida por otra estructura que actúa como efecto. Por este hecho, ambas estructuras pasan a pertenecer a una misma escala dentro de la cual interactúan. Lo que constituye un hecho especialmente fundamental es que al vincularse dentro de una escala ambas estructuras se integran como subestructuras en una estructura de escala superior a la que por esta relación causal llegan a conformar. De este modo, una estructura de escala superior emerge y adquiere existencia cuando una fuerza vincula dos o más estructuras en una relación causal. Es así que la sola relación causal entre dos estructuras conforma una nueva estructura de escala superior, cuya vigencia depende de la duración del vínculo causal.

Recíprocamente, la funcionalidad específica de toda estructura depende de su inserción en un medio estructural de escala mayor que posibilite la relación física, tanto espacial como temporal, para permitir la acción de la fuerza. Esto explica la estructuración del universo, el que da origen a la multiplicidad de cosas y escalas. También explica que toda estructura nunca se encuentre en reposo, y permanentemente se esté modificando, aunque el cambio sea frecuentemente imperceptible para la vista y para nuestra relativamente agitada y corta existencia. En su seno sus subestructuras se relacionan causalmente, produciendo el cambio.

Tal como hemos visto, el origen de las fuerzas y las estructuras está en lo más fundamental de la materia, esto es, en las partículas fundamentales. Por consiguiente, el origen de la estructuración debe buscarse en las estructuras fundamentales, las que generan las cuatro fuerzas fundamentales, descritas más arriba. Una fuerza fundamental siempre es generada por un tipo fundamental de estructura, en tanto causa, y siempre afecta y modifica el mismo tipo fundamental de estructura, en tanto efecto. A partir de las estructuras fundamentales, que se relacionan causalmente, se erige la progresiva estructuración que observamos en el universo.

La funcionalidad de las estructuras de escalas mayores depende, en último término, de la funcionalidad fundamental. Las fuerzas que intervienen en la causalidad de estructuras de escalas mayores son las mismas que encontramos en la escala fundamental, pero en proporciones y cantidades distintas. Así, toda estructura de toda escala depende de la funcionalidad de las estructuras fundamentales. Ello constituye la base de la unidad del universo. Este hecho se generaliza para la totalidad de las estructuras y escalas contenidas en el universo.

La importancia filosófica de esta explicación es que la relación causal, que vincula la estructura con la fuerza en una complementariedad, integra estructuras desde las partículas fundamentales hasta el mismo universo, pasando por innumerables escalas. Así, la relación causal explica el universo y las cosas que contiene. Anteriormente se había afirmado que la fuerza estructura la masa. Ahora correspondió explicar el modo cómo la fuerza estructura la materia.



CAPITULO 4. ESTRUCTURA Y ESCALA



Las cosas del universo son estructuras que se ordenan jerárquicamente en escalas de acuerdo a espacio y complejidad. A partir de las partículas fundamentales y hasta abarcar la totalidad del universo, toda estructura es subestructura de alguna estructura y contiene a su vez subestructuras. Sus subestructuras, que pertenecen a la escala inmediatamente inferior, son sus unidades discretas. La estructura de la escala más pequeña es la que relaciona y organiza las partículas fundamentales. La estructura de la escala más grande de todas las posibles es el mismo universo, ya que es la única estructura existente que contiene la totalidad de las cosas.


Estructuras y subestructuras


Una estructura se caracteriza esencialmente por tres elementos: Primero, por sus funciones, es decir, cómo aparece, cómo se manifiesta, cómo se relaciona con otras estructuras, lo que vendría a ser el phenomenon kantiano. Segundo, también se caracteriza por sus partes o subestructuras. Éstas, aunque le están subordinadas, la estructuran. Las funciones particulares que una estructura posee, aunque derivan de sus partes, le son tan propias que la caracterizan. La función del oído como órgano de sensación es oír; pero, el oído, como parte de un organismo biológico, como un ser humano, es escuchar. Por último, una estructura se caracteriza por ser parte de una estructura de escala superior.

Como un todo una estructura es mayor que la suma de sus partes, ya que consiste en sus partes, en ella misma y en ser parte de otras estructuras. El conocimiento de las partes y su participación en estructuras de escalas superiores de una estructura particular es el comienzo del conocimiento de la cosa en sí. La cosa en sí no se conoce en sí misma, pues nada de una cosa en sí misma es relevante ni tiene significación, sino que, en contra de Kant, se la puede conocer en su relación a sus componentes y a las cosas de la que forma parte. Las cosas de la que una estructura particular forma parte están a escalas superiores. Esta vinculación permite a esta estructura relacionarse con estructuras de su misma escala. Un árbol es protegido y protege a otros árboles, porque todos ellos son partes de un bosque.

Estructura se identifica con sistema en el sentido de que su organización contiene unidades funcionales diversas y necesarias de aprovechamiento de la energía que permiten su propia funcionalidad. Asimismo, estas unidades son también sistemas. Así tenemos por ejemplo que un automóvil, en sí mismo un sistema para movilizarse, se componga de muchos subsistemas completos: combustión, propulsión, conducción, instrumentación, amortiguación, detención, señalización, iluminación, seguridad, economía, estética, etc.; y que cada uno de estos sistemas esté compuesto por uno o más subsistemas. También un automóvil, en cuanto unidad, es parte de un sistema mayor, que es el sistema vial de transportes. Éste incluye carreteras, señalizaciones, reglamentos, centros de servicios, estacionamientos, servicios de reparaciones, etc. Un sistema vial de transporte junto a otros sistemas de esta misma escala, como sistemas de agua potable, de energía, de comunicaciones, legal, administrativo, etc. pertenecen a una estructura aún mayor.

Para referirnos a las estructuras respecto a sus subsestructuras y a las estructuras de la que forma parte, hablamos de escalas, no de niveles. Los niveles representan segmentos más o menos homogéneos de una misma escala que está graduada para incluirlos. Cada escala, en cambio, comprende cosas que pueden relacionarse directamente entre sí, está incluida dentro de las escalas mayores e incluye las escalas menores. El universo, o cualquier cosa, puede indudablemente dividirse en niveles, con partes homogéneas, pero tal división no tiene otra significación que indicar que existe una escala para la misma. La idea de escala comprende las nociones de relacionarse, incluir y ser incluido, reflejando precisamente el modo de ser del universo y sus cosas.

Una estructura se define por el tiempo y el espacio. Así, una estructura es primordialmente toda cosa del universo que ocupa espacio en un momento dado. Es, por tanto, volumétrica, cuantificable y medible. Incluye desde una piedra hasta un pensamiento, desde las mismas partículas subatómicas hasta el universo entero. Una estructura es una organización con un grado relativo de identidad, complejidad, multifuncionalidad, viabilidad y subsistencia. Depende siempre de su relación con otras estructuras dentro de su misma escala, de las estructuras que son sus subestructuras y de la estructura de las que es una subestructura.

Mientras ocupe un espacio y subsista en el tiempo, una estructura posee identidad. Un bosque puede tener tres, veinte o un millón de árboles, y éstos pueden ser todos pequeños, todos grandes o una mezcla heterogénea de árboles pequeños, medianos y grandes, pero su identidad proviene no en razón de la cantidad ni del tipo de árboles, sino de que existe en un tiempo dado y ocupa un lugar determinado. El tiempo y el lugar son lo que distingue a un bosque particular de cualquier otro bosque, otorgándole una identidad propia. Y lo que vale para un bosque, vale para todo tipo de estructuras, incluido un manto electrónico de un átomo, cuyo lugar espacial es un estado cuántico, o un cuerpo móvil cuyo espacio es el que está ocupando mientras se mueve en relación a otros cuerpos.

Por último, pero no por ello menos importante, la estructuración del universo es la condición antecedente y necesaria para la estructuración de todas las escalas, que le son menores. Esta doble dependencia constituye una reciprocidad estructural. La estructuración del universo es, por ejemplo, un requisito para la estructuración del ser humano. Esta idea nos empalmará con la próxima sección.


Jerarquías


Las estructuras se ordenan en forma progresiva y jerárquica según la dimensión o complejidad de las escalas. Una estructura es mayor que sus subestructuras, ya que las contiene. También una estructura es más compleja que sus subestructuras, pues, además de poseer las funciones de sus subestructuras, posee su propia funcionalidad. Toda estructura pertenece a una escala determinada, está compuesta por estructuras relativamente heterogéneas de escalas inferiores y, a su vez, pertenece como subestructura a estructuras de escalas superiores.

Desde el punto de vista evolutivo existen dos procesos en las estructuras. El primero es la funcionalidad de las subestructuras, que permiten la existencia de estructuras de escalas superiores, las que integran. El segundo es la funcionalidad de una estructura, que permite tanto su subsistencia como la creación de un entorno para la estructuración de sus propias subestructuras. Estos dos procesos recíprocos posibilitan explicar la evolución: por una parte, la funcionalidad permite el salto de escala al relacionar dos o más estructuras para dar existencia a una estructura de escala superior; por la otra, la funcionalidad superestructural posibilita la existencia de estructuras en una escala inferior. En una perspectiva más amplia, el entorno del universo permite la estructuración en cualquier escala, siempre que las escalas inferiores de cosas hayan sido estructuradas.

Podemos distinguir dos tipos de órdenes jerárquicos dentro de la estructuración del universo y sus cosas. En primer lugar, desde el punto de vista espacial y, por tanto, de la cantidad, una estructura, incluyendo el ser humano, puede ocupar un lugar determinado entre las estructuras más pequeñas, que son las partículas fundamentales, y la estructura mayor de todas, que es el mismo universo. En segundo término, toda estructura ocupa un lugar según su grado de funcionalidad y, por tanto, de complejidad, entre las estructuras más simples de todas, que son también las partículas fundamentales, y la estructura más compleja y multifuncional de todas.

Hasta donde podemos saber, el ser humano es la estructura más compleja y funcional de todas las que existen. Ello se explica a causa de que el ser humano posee finalidades que le son exclusivas por ser intencionales. Esta intencionalidad le viene por su capacidad intelectual para el pensamiento racional y abstracto. Incluso la estructura social, que comprende al individuo humano, que es mayor que el individuo por contener muchos de éstos, es menor que el ser humano individual en el orden jerárquico de la funcionalidad, pues la finalidad de la estructura social son el bien personal de los individuos que la componen.

En consecuencia, mientras el universo, en cuanto estructura, se ha ido expandiendo, conteniendo en sí una creciente diversidad de estructuras, la materia se ha ido complejificando en el transcurso del tiempo y estructurando cosas con cada vez mayor grado de complejidad y funcionalidad, hasta llegar a estructurar el mismo ser humano. Podemos entender por complejidad, no la magnitud del volumen que ocupa una estructura, sino la cantidad de escalas incluyentes que comprende una estructura y que le posibilitan una funcionalidad múltiple y laboriosa. Podríamos decir que la mayor complejidad se da cuando una estructura comprende la mayor cantidad de escalas posibles y posee una gran variedad de unidades discretas. En el caso del ser humano, él está en la cúspide de la jerarquía, no sólo porque tiene emociones, deseos e imágenes, tal como los otros animales superiores, seres altamente funcionales, sino también porque tiene la facultad del pensamiento abstracto y lógico, y porque por ello es capaz de efectuar acciones intencionales y de tener sentimientos y, por tanto, de amar y también de odiar.

El universo y sus cosas son organizaciones de muchas escalas de muy diversos tamaños, contenidas unas dentro de otras, de modo que cada escala es sucesivamente incluyente de las escalas menores. El tamaño menor de escala es el de las partículas fundamentales, y el tamaño mayor corresponde al mismo universo. Cada cosa individual, sea un animal, una molécula o una idea, está contenida en una escala determinada dentro de la cual interactúa con otras cosas de su misma escala. Si caemos al tropezar, es porque comprendemos una escala subatómica cuyas unidades discretas, las partículas subatómicas, contienen masa, la cual es funcional a las fuerzas gravitacionales que actúan dentro de la misma escala de la masa que contiene el obstáculo con el que tropezamos. Si pensamos, es porque nuestro cerebro, que tiene funciones psicológicas, es capaz de estructurar entidades psíquicas, como las ideas y las proposiciones, sostenidas en activos procesos electroquímicos de redes neuronales, y es además capaz de relacionarlas ontológica y lógicamente dentro de las escalas superiores intelectivas, las que pertenecen a nuestra actividad abstracta y racional y las que son unificadas por la conciencia.

Para comprender más precisamente qué es una estructura, conviene partir primero explicando de qué está compuesta fundamentalmente. Los físicos atómicos y nucleares han encontrado una gran cantidad de partículas subatómicas distintas (hasta más de doscientas). Algunas de éstas, las más primordiales, deben pertenecer a la escala fundamental. De entre las más de doscientas partículas subatómicas encontradas en las cámaras de burbujas de los aceleradores atómicos, no hay acuerdo sobre cuáles serían estas partículas fundamentales ni si se las conoce a todas realmente. El Modelo Estándar  de la física de partículas ha reducido esta variedad e partículas a 6 quarks y 6 leptones.

Las estructuras de todas las escalas posibles del universo están constituidas en lo más fundamental por partículas fundamentales, como los ladrillos de un edificio. Y los edificios también tienen paredes, techos y pisos. Las cosas del universo están compuestas por un conjunto finito de partículas fundamentales combinadas en forma particular. La funcionalidad básica de las partículas fundamentales, que se caracterizan por su capacidad de ejercer fuerza, permite la propia funcionalidad de la estructura particular, independientemente de su escala. Todas las fuerzas conocidas en el universo provienen de las partículas fundamentales, y una función no es otra cosa que una combinación particular de las fuerzas básicas en determinadas intensidades y duraciones.

El hecho de que todas las estructuras del universo estén compuestas por el mismo tipo de partículas fundamentales tiene un triple significado. En primer lugar, es la base que fundamenta la unidad de todo el universo; las partículas fundamentales tienen el mismo comportamiento en todo el universo, lo que permite el descubrimiento de las leyes naturales universales. En segundo lugar, las cuatro fuerzas fundamentales que explican el funcionamiento de todas las cosas del universo provienen de las partículas fundamentales. En tercer lugar, es la base que nos permite explicar la mutabilidad de las cosas: las cosas se transforman en otras cosas, porque sus componentes en la escala fundamental pueden interactuar unos con otros y también generar estructuras de mayor escala.

El hecho de que exista una jerarquía de complejidad estructural progresiva a partir de las partículas fundamentales indica que existe un siempre creciente orden estructural. De esta manera, la estructura de un quark se compone de partículas fundamentales; la de un nucleón, por quarks y leptones; la de un núcleo atómico, por nucleones; la de un átomo, por núcleo y electrones; la de una molécula, por átomos; la de un ácido o sal, por las moléculas, y si se procede en el camino de la biología, la de una proteína, por aminoácidos; la de orgánulos celulares, por proteínas; la de una célula, por orgánulos celulares; la de tejidos y fluidos, por células, la de un órgano, por los tejidos y fluidos; la de los sistemas y aparatos fisiológicos, por órganos; la de un organismo biológico, por sistemas fisiológicos; la de un grupo social, por organismos vivientes; la de una especie biológica, por grupos sociales; la de un ecosistema, por especies biológicas, y así sucesivamente. Si tenemos en cuenta la escala de “organismo biológico”, podemos llegar a conocer la máxima complejidad conocida, es decir, el ser humano.

Las ciencias se dividen en ramas que se caracterizan por el objeto material de su quehacer, y las ramas tienen que ver con la estructuración jerárquica. De esta manera, la física cuántica estudia las partículas subatómicas, la física nuclear estudia el núcleo atómico; la física atómica estudia el átomo; la física clásica estudia la masa; la física eléctrica estudia las cargas eléctricas; la química estudia las moléculas; la biología molecular estudia el ADN y el ARN; la anatomía estudia los órganos; la biología estudia los organismos vivos; la neurología estudia el cerebro y el sistema nervioso; la psicología estudia el comportamiento; la sociología estudia la sociedad… y la filosofía estudia el universo y sus cosas.

También las estructuras se van haciendo cada vez más extensas en la medida que la escala es mayor. Una estructura en una escala determinada contiene las estructuras correspondientes a todas las escalas inferiores. El continente donde vivimos, para comenzar arbitrariamente por una estructura de una cierta extensión, está conformado por estratos geológicos y es parte de la corteza terrestre. La corteza junto con el manto y el núcleo conforma nuestro planeta Tierra. Ésta es una unidad discreta del sistema solar, que es el conjunto de cuerpos celestes que forman una unidad gravitacional. El sistema solar es una unidad de nuestra galaxia, la Vía Láctea, la que, a su vez es parte de una estructura mayor que abarca un cúmulo de galaxias. El conjunto de cúmulos de galaxias constituyen el mismo universo, estructura que contiene absolutamente todas las restantes.

En una estructura sus unidades están generalmente en una relación de interdependencia. Lo que afecte a una de ellas, afecta de alguna manera u otra a las restantes. Cada cambio en una de estas unidades afecta también a las subestructuras de escala menor que la componen. Un mecanismo cualquiera de un avión puede afectar su capacidad de vuelo y éste precipitarse a tierra, afectando indirectamente a las otras unidades. Un ser humano puede morir o quedar discapacitado en mayor o menor grado por la falla de alguna de sus subestructuras, como un infarto al corazón o una embolia cerebral. Un bloque de un arco romano que se destruya lo hará colapsar, afectando a los otros bloques. Pero también se da el caso de unidades que afectan directamente otras unidades. Un árbol que se tale en un bosque produce un claro que termina por afectar otros árboles en las inmediaciones. Una manzana podrida en un canasto pudrirá por contagio a las restantes.

La funcionalidad de las estructuras de todas las escalas proviene en último término de la funcionalidad de las partículas fundamentales, pues las fuerzas fundamentales del universo emanan de éstas. A causa de su especial funcionalidad, algunas partículas fundamentales no sólo tienen una vida efímera de fracciones de segundo, sino que para existir, siempre y necesariamente estructuran unidades mayores estables, en este caso nucleones. A su vez, los nucleones tienen especial afinidad para estructurar núcleos atómicos; y así sucesivamente en escalas sucesivas e integradoras, hasta la consecución del ser humano y su capacidad de acción libre e intencional.

Una estructura debe “adecuarse” para ser parte –como unidad discreta– de un todo, el que pertenece a la escala inmediatamente superior. Ejemplos: un átomo debe compartir electrones para ser parte de una molécula o un cristal; una célula de un tejido particular del cuerpo debe modificarse y ejercer una funcionalidad específica según la funcionalidad del órgano; un ser humano debe asumir obligaciones para formar parte de una sociedad.

Existe necesidad para que las estructuras de cualquier escala sean integradas por estructuras de las sucesivas escalas inferiores, pero, a medida que aumenta el número de tipos de estructuración, en consideración a la cantidad de posibilidades sucesivas, la necesidad disminuye. Átomos de hidrógeno y oxígeno siempre forman agua en una combinación de uno del primero y dos del segundo. Y en las escalas superiores la necesidad desaparece del todo, como es el caso de la escala de la acción humana puramente intencional.

No debe suponerse que las estructuras de las distintas escalas tengan naturalezas similares a las de nuestra experiencia. Lo único que las hace similares es que son capaces de conformar estructuras de escalas mayores porque son funcionales, y son funcionales porque están conformadas por estructuras de escalas inferiores que son, a su vez funcionales, hasta llegar a las partículas fundamentales que son fundamentalmente funcionales. Un electrón no podemos concebirlo simplemente imaginando que es una especie de planeta que gira en torno a su núcleo atómico, a modo de una estrella. Se lo puede ver ciertamente como un corpúsculo que gira como planeta, pero también es una especie de nube electrónica, o simplemente un manto que ocupa un nivel electrónico determinado de un átomo. Entonces, difícilmente podremos entrar a concebir su verdadera naturaleza, tan inaccesible es a nuestra experiencia cotidiana, y nos deberemos contentar, en el mejor de los casos, con formulaciones matemáticas de su trayectoria y de su estado energético. Igualmente, una idea nos es difícil concebirla como una estructura tan material y tangible como un engranaje de maquinaria, pero está constituida, tal como dicho engranaje, por partículas fundamentales. Aunque tan intangible es una idea como sensible a nuestros sentidos de percepción es un engranaje, ambas son estructuras del universo.


Unidades discretas


Toda estructura, exceptuando las partículas fundamentales, está constituida por subestructuras. Si un número de estructuras dentro de una misma escala forma parte de una estructura viable y, por tanto, subsistente, la estructura constituida es funcional y las subestructuras que la constituyen son sus unidades discretas. Una escala agrupa un grupo determinado de estructuras que se distinguen de otras únicamente con relación a una estructura que las englobe como sus unidades discretas. Las subestructuras de la escala inmediatamente inferior son las unidades discretas de una estructura y son a su vez estructuras por estar ellas mismas compuestas por unidades discretas de menor escala, y éstas por las unidades discretas que componen las escalas sucesivamente inferiores que siguen, hasta llegar a las mismas unidades subatómicas fundamentales, supuestamente las subestructuras de la escala absolutamente inferior y que por tal consideración debemos denominar fundamental.

La noción de escala rompe con la homogeneidad del atomismo de Leucipo (siglo V a. C.) y su discípulo Demócrito (460 a. C. -370 a. C.), quienes supusieron que dividiendo sucesivamente cualquier cosa se llega a una entidad que ya no puede seguir seccionándose. Nosotros, si dividimos cualquier cosa, encontraremos primero sus componentes de la escala inmediatamente inferior; luego si dividimos los componentes de esta escala, hallaremos los componentes de una escala aún menor, y así sucesivamente hasta encontrar las unidades subatómicas: quarks y leptones, hasta donde se sabe las partículas fundamentales que las componen y que son las entidades funcionales absolutamente primeras de todo el universo.

Desde el punto de vista de la relación entre una estructura y sus subestructuras, la distinción de Aristóteles entre sustancia y accidente no sería otra cosa que la relación entre estructura y subestructura. En una estructura sus subestructuras pueden cambiar o modificarse y permanecer sin embargo como una entidad, lo mismo que con los accidentes de una sustancia, la que permanece.

Es posible deducir teóricamente las estructuras más simples a partir de sus unidades discretas, como sería el caso de los átomos y en menor grado de las moléculas. Ya Dmitri Mendeléyev (1834-1907), al elaborar la Tabla periódica de los elementos químicos, predijo por deducción las características de aquéllos que aún no habían sido descubiertos en su época. Pero en la medida que aumenta la escala, las posibilidades de estructuración se van magnificando hasta tal punto que es imposible predecir el curso que toma la materia para estructurarse. En este respecto, los seres humanos somos, por ejemplo, tan improbables como cualquier otra forma que pudo haber evolucionado, habida cuenta de los innumerables accidentes y eventos azarosos, a consecuencia del indeterminismo fundamental, que ocurrieron en la evolución biológica que resultó en nuestra especie.

Lo dicho hasta ahora no significa que entre unidades discretas y estructuras mayores que las engloben deban mediar necesariamente estructuras intermedias constituidas también por aquellas mismas unidades discretas. Por ejemplo, las unidades de una estructura cívica (o sociedad civil) y las de las familias o las corporaciones son las mismas, esto es, los individuos humanos, pero las unidades de una estructura cívica no son las familias ni las corporaciones, como algunos filósofos políticos y formulaciones legales y hasta morales tienden a aseverar. Toda unidad depende de alguna escala determinada, perteneciendo la familia de este ejemplo a una escala paralela a la sociedad civil. Sin embargo, conviene ciertamente a la segunda que sus miembros pertenezcan a la primera, pues la familia puede satisfacer mejor que cualquier otra estructura social muchas de las necesidades humanas. Además, en general, los individuos que han sido formados en su infancia en familias constituidas tienen un comportamiento más cívico que aquellos que desafortunadamente crecen sin este apoyo de carácter afectivo-formativo. Por ello la sociedad civil tiene normalmente como política promover la familia como institución social conveniente. Además, la pertenencia de un individuo a la sociedad civil y a la familia obedece a distintas funciones específicas de su ser.

Un aumento de las unidades homogéneas no rompe la escala para producir una estructura de escala superior, sino que la hace únicamente más grande. Una mayor cantidad de átomos de cobre en un alambre conductor produce un alambre de mayor tamaño, sea en sección, longitud o ambas. Una estructura es funcional debido a una determinada cantidad de unidades discretas. Un mayor número de éstas se traduce en una estructura distinta, pero de la misma escala. Por ejemplo, un automóvil de quince ruedas probablemente ya no funcionará como un automóvil, sino que como otro tipo de vehículo. Nuestros actuales superpoblados centros urbanos no pertenecen a una escala mayor que una aldea por el mayor número de sus habitantes, pues no están compuestos por conjuntos de aldeas que conforman federaciones. Siguen siendo los pobladores sus unidades discretas, ahora con una psicología social y una cultura necesariamente distintas. Existen otras unidades funcionales, entre las que se cuenta la imposibilidad que tiene un individuo para conocer a todos los habitantes de una gran ciudad, que la diferencian de una aldea, que no es precisamente el número de pobladores.

En general, la complejidad de una estructura depende del grado de diferenciación y de la variación de las unidades discretas, más que de la cantidad de ellas. Una estructura será más simple si sus componentes son unidades más homogéneas, y será más compleja si sus componentes son más heterogéneos. Así, las unidades básicas, las partículas subatómicas fundamentales, son algunas decenas (aunque el Modelo Estándar habla de dos que son más estables y que constituyen las restantes: quarks y leptones). El número de unidades de la escala que sigue, es decir, los átomos, son de poco más de cien (114 según el último cómputo). La cantidad de la escala que sigue, las moléculas, es ya tan numerosa que probablemente ningún tratado de química podría nombrarlas todas. Por el contrario, las industrias química y farmacéutica se benefician con la producción de nuevas moléculas.

No deja de maravillar que la infinita diversidad del universo tenga como base de su estructuración unidades tan simples. La exuberancia natural en las escalas menores y más simples reside principalmente en la cantidad de unidades iguales, mientras que en las escalas mayores y más complejas, está en la diversidad y en la sutileza.


Funcionalidad discreta


La funcionalidad particular de una unidad discreta-estructura proviene de la funcionalidad de sus propias unidades discretas de la escala inmediatamente y puede abarcar otras escalas inferiores. La combinación de las distintas funciones genera una funcionalidad distinta de la funcionalidad de cada una de sus subestructuras. Veamos lo anterior con un ejemplo. La función de una rueda es girar en torno a su propio eje, solidario a la rueda, cuando es rotado por un motor, y tiene por efecto desplazar el eje paralelamente sobre el plano donde se apoya dicha rueda. La función de un motor es rotar el eje de la rueda. La función de un automóvil es transportar distancias cortas, medianas o largas a su conductor y posibles acompañantes con comodidad y rapidez. En fin, el automóvil en cuestión es funcional si también existen estructuras de su misma escala, como carreteras, centros de servicio, reglamentos de tránsito y señales de tránsito, y estructuras de escala superior, como un sistema vial, un sistema de producción y distribución de combustible, un orden sociopolítico, etc.

Para subsistir una unidad discreta depende de la organización de la estructura de la que forma parte, y ésta depende, a su vez, de la eficacia funcional de la primera. La viabilidad de una estructura está determinada por las capacidades funcionales de sus unidades, y la cantidad y el tipo de función asignada. Éstas están determinadas a su vez por el modo de subsistir de la estructura de la que forman parte. Un automóvil es una estructura eficiente como medio de transporte en la medida que exista una superestructura eficiente de transportes que comprendan buenas carreteras, estacionamientos, estaciones distribuidoras de gasolina y aceite, reglamentos de tránsito, señalizaciones carreteras, talleres de mantenimiento y servicios, repuestos y todas estas estructuras pertenecen, como decíamos más arriba, a la misma escala del automóvil y son a su vez unidades de la estructura transporte.

Hay estructuras que no se caracterizan tanto por la variedad de sus unidades discretas como por la mayor interrelación que existe entre ellas. En ellas sus unidades discretas no sólo se relacionan causalmente entre sí, sino que comparten sus propias unidades hasta el punto de llegar a depender mutuamente. Los conceptos aristotélicos de sustancia y accidente pierden su significación en estructuras cuyas unidades discretas le son fundamentales. Una molécula de agua depende absolutamente de un átomo de hidrógeno y dos átomos de oxígeno. Esto que es válido para una estructura tan simple como una molécula de agua también lo es para estructuras más complejas. En general, toda estructura está compuesta por unidades discretas que le son fundamentales y sin las cuales no puede subsistir o, al menos, funcionar. El término sociológico, “discapacidad”, se está refiriendo a disfunciones fisiológicas y/o psicológicas en individuos humanos.

Las unidades discretas poseen funciones específicas que le son propias. Esto significa que si una unidad discreta está especializada para desempeñar una función específica, no podrá desempeñar cualquier otra función dentro de la estructura, al menos en forma eficiente. Por ejemplo, un militar, que está formado para la guerra, no funciona muy bien como estadista, en especial cuando la sociedad civil está experimentando una vida democrática normal. Las unidades pueden especializarse en alto grado, de forma que ciertas funciones les son exclusivas, pero limitativas en el sentido de que les es imposible ejecutar cualquier otra función.

Mientras más homogéneas son las unidades discretas de una estructura, su función será más simple, pero si aumenta la diversidad, aumentará su complejidad. Un alambre de cobre puede conducir una corriente de electrones. Pero si se agrega un transistor, la corriente se puede especificar y modular.

Para que una unidad discreta pueda desempeñar una función específica, y no otra, necesita existir en un medio estructural que le garantice su propia subsistencia, además de permitirle su funcionalidad. Una estructura es un sistema en el sentido de que constituye, por las partes que contiene, una verdadera organización funcional. Sus componentes están ordenados y protegidos por el mismo sistema para que puedan subsistir y desempeñar sus propias funciones. Por ejemplo, las unidades discretas de una casa son el piso, el techo, las paredes, las puertas y las ventanas. Cada una de ellas tiene una función específica para que el todo funcione como casa. Cada una de ellas está a su vez compuesta por sus propias unidades discretas. En la puerta podríamos distinguir la hoja, el marco, el picaporte, las bisagras. En una bisagra podríamos distinguir las dos planchitas metálicas perforadas con un cilindro por un borde para contener un eje, el mencionado eje y los tornillos para fijar las dos planchitas por sus perforaciones tanto a la puerta como al marco. En un tornillo se distinguen la cabeza ranurada y un vástago con forma de espiral cónica, etc. La función de cada componente en cada escala está asegurada por el funcionamiento propio de cada cosa en su escala. El conjunto de escalas y estructuras conforman un sistema. En el caso del ejemplo, la estructura casa es un sistema para las escalas y estructuras contenidas. La funcionalidad de una estructura afecta a sus unidades discretas y sus propias funcionalidades, modificándolas si fuera necesario, para producir un todo coherente.

Disfuncionalidad

Las unidades discretas se caracterizan porque, por su misma funcionalidad, permiten que la estructura de la que forman parte subsista, y porque, en dicha estructura, son interdependientes. La cantidad de algún tipo de unidad discreta esencial puede variar desde una a muchas. La insuficiencia o carencia de alguna de las unidades discretas esenciales compromete la subsistencia o el funcionamiento de la estructura. Un organismo biológico tiene normalmente duplicadas sus unidades discretas esenciales con el objeto de poder subsistir y seguir funcionando si falla alguna de éstas. Pero si en un animal el corazón es el que falla, la totalidad de la estructura se verá comprometida en su subsistencia, y el animal no podrá seguir viviendo.

Una estructura no logra funcionar bien cuando posee subestructuras poco funcionales, le faltan o le sobran. Tampoco logra funcionar bien cuando cambia el propósito para el cual está diseñado, como cuando se emplea un alicate para clavar clavos o una tijera para apretar tornillos. En este caso, pasa a ser una subestructura disfuncional de la escala superior.

Si bien las unidades discretas subsisten gracias a su pertenencia a una estructura, pueden también entrar en conflicto y causar una disfuncionalidad estructural hasta llegar a la destrucción misma de la estructura, como en el caso de la muerte por enfermedad de un animal, o en el de la destrucción de la convivencia social y política a causa de la guerra civil. El marxismo ha acuñado el término “contradicción interna” para referirse justamente al desacuerdo u oposición que puede albergar una estructura entre algunas de sus partes o unidades discretas, en este caso, una sociedad. Esta idea de conflicto y falla de unidad interna puede ser extendida a todas las escalas de estructuras posibles, como una característica disfuncional, aunque perfectamente natural, especialmente en las estructuras más complejas.

Al desaparecer una estructura, sus unidades discretas cesan de relacionarse entre sí del modo tan distintivo que la hacían posible. La interdependencia entre las sucesivas escalas es a veces tan grande que la destrucción de una estructura produce la destrucción de sus subestructuras en varias escalas sucesivas. La desestructuración termina en la escala inferior donde sus estructuras mantienen su funcionalidad. Por ejemplo, al morir un animal, desaparece no sólo su identidad, sino que, muchas de sus unidades discretas resultarán destruidas en varias escalas incluyentes, tal es la interdependencia de las mismas. Ninguna célula podrá subsistir más allá de un corto periodo de tiempo, habida cuenta que requiere de suministros continuos; sin embargo, moléculas de su ADN podrán subsistir por algún tiempo hasta que otras causas terminen por desintegrarlas en sus componentes moleculares más simples y atómicos. Este hecho es muy beneficioso en un ecosistema, por cuanto los componentes del animal muerto pueden ser aprovechados en su integridad por los animales que siguen viviendo y reintegrarse al ciclo.

Recíprocamente, la desaparición o extinción de una subestructura irremplazable puede ser la causa de la destrucción de la estructura de la que forma parte. Por ejemplo, algunos futuristas afirman que cuando se agote el petróleo, siempre que no se invente una fuente de energía abundante y barata que lo reemplace, la civilización, estructurada teniendo como base su consumo, simplemente se destruiría al llegar a ser inviable.

La diversidad e “imperfección” del universo no se debe únicamente al indeterminismo cuántico ni a la asimetría molecular. Principalmente se debe a la natural incorporación de unidades heterogéneas dentro de las estructuras. Por ejemplo, un diamante, que es una estructura cristalina compuesta por simples átomos de carbono con un máximo de entrelazamiento espacial, puede contener, no obstante, átomos de otros elementos, los cuales, desde luego, rompen la simetría uniforme y regular del cristal, presentando, por tanto, imperfecciones.

Aunque el concepto de “diversidad” es objetivo, el de “imperfección” es relativo y depende del punto de vista que se tome. Es posible que la particular imperfección del diamante del ejemplo resulte en un valor mucho mayor en el mercado de las gemas. Estas imperfecciones existen en todas las escalas. Así, en 1933 fue terriblemente lamentable que la unidad discreta Adolfo Hitler fuera elegida y nombrada como Canciller para estar a cargo del Reich alemán. Su perversa funcionalidad produjo uno de los, sino el mayor desastre sociopolítico de la historia humana. Otros siniestros personajes del siglo XX tienen la estatura suficiente para aportar sus malévolos retratos en esta particular galería.

Una estructura nos puede parecer completamente amorfa o desestructurada si la desvinculamos del todo del que forma parte. Por ejemplo, un fluido en sí mismo no es funcional si no está relacionado con el sistema del que forma parte. En realidad, toda estructura existe con relación al medio que la rodea y del cual constituye una subestructura. Del mismo modo como conjuntos de estructuras de una cierta escala llegan a generar estructuras de escala superior gracias a sus funciones, una estructura es funcional en tanto forma parte de una estructura de escala superior, dentro de la cual su potencial funcionalidad puede actualizarse. Un trabajador, por ejemplo, no es funcional como trabajador en tanto permanezca cesante y no consiga integrarse a una empresa productiva.


Particularidades


Las estructuras biológicas autónomas se caracterizan porque se estructuran a sí mismas, siendo su función principal la supervivencia y la reproducción. Cada organismo biológico posee un código genético estructurado a la manera de un gigantesco plan maestro cuya función es guiar y controlar la construcción y organización de las unidades discretas en la microscópica escala de las proteínas. El resultado final, que es el organismo biológico, proviene de la construcción de proteína tras proteína, siguiendo exactamente las órdenes codificadas de este plan maestro transmitido genéticamente. Dichas proteínas no sólo no se estructuran al azar, sino que lo hacen teniendo además el propósito de formar cada uno de los distintos componentes celulares de cada célula particular, las que llegan a conformar estructuras de tejidos y órganos, de modo que en las distintas partes de los distintos órganos y aparatos que constituyen el complejísimo organismo biológico intervienen distintos grupos de células muy especializadas. La estructura construida resulta estar predeterminada por unidades genéticas que pertenecen a la ínfima escala molecular. Las partes del organismo biológico que el código del genoma estructura dependen también de las condiciones de la estructura de la que forman parte y de su medio estructural. Probablemente, un organismo adaptado a la gravedad terrestre desarrollaría algunas de sus partes de otras dimensiones si se gestara y creciera en la Luna.

La similitud que tienen las estructuras de cada peldaño de la progresión de escalas se refiere únicamente al hecho de que se componen de partes que constituyen sus unidades discretas y que son funcionales. No es lícito suponer otras analogías, tales como funciones similares, ni superponer un tipo de estructura a una de otra categoría, como se inclinan a hacerlo, por ejemplo, las ideologías políticas de corte corporativista que pretenden reducir el funcionamiento de un cuerpo sociopolítico al de un organismo biológico. La funcionalidad de la totalidad de la estructura sociopolítica, o de ciertas partes de ella, depende de decisiones políticas de acuerdo al poder que ejercen ciertos grupos sociales y la funcionalidad real o supuesta de los organismos o partes políticas estructurados como instituciones del Estado. La analogía nunca ha sido una forma inequívoca de conocimiento.

La estructuración supone la posibilidad de que alguna estructura en una escala superior pueda existir y de la existencia concreta de estructuras de escalas inferiores. En realidad, basta que estructuras de cualquier escala puedan interactuar para, en dicho acto, se constituyan en subestructuras y en unidades discretas de una estructura de una escala inmediatamente superior que las englobe. Si bien en el proceso evolutivo del universo las cosas se estructuran a partir de subestructuras previamente existentes, como, por ejemplo, el agua que se forma de hidrógeno y oxígeno, las cosas se estructuran cuando existe la posibilidad de estructuras de escala superior, de las que llegan a formar parte como subestructuras. El agua para formarse requiere de una temperatura moderada, una cierta presión, un catalizador, un entorno al que aportar la energía de la reacción.

La repartición de las estructuras a través del universo va siendo cada vez menos homogénea a medida que se aumenta la escala. Mientras más simple es la estructura, su probable presencia en el espacio-tiempo es mayor. La razón es que las estructuras más complejas son más variadas y requieren más condiciones que las estructuras más simples. Cada variedad existe con mayor probabilidad en determinados lugares. Así, los protones se encuentran por todo el universo; los seres humanos sólo se encuentran en la biosfera del planeta Tierra desde hace sólo unos cien mil de años o poco más.

De manera similar, en la medida que se pasa de una escala a otra mayor, el empleo de la fuerza es más diverso. De hecho las fuerzas primarias o básicas están asociadas con las estructuras más simples. La multifuncionalidad de las estructuras de escalas superiores se debe al uso de las mismas fuerzas básicas, pero en una pluralidad creciente de procesos distintos y combinaciones variadas. En el ser humano, por ejemplo, la multifuncionalidad permite el pensamiento abstracto y racional.

Además de su mayor o menor complejidad, una estructura posee viabilidad, es decir, capacidad para subsistir en el tiempo. Esta capacidad depende de la funcionalidad de sus unidades discretas en relación consigo misma en cuanto la coordinación orgánica general, pero depende también y principalmente de la estructuración de la escala superior de la que una estructura es una subestructura. Dos estructuras pueden tener el mismo grado aparente de complejidad, pero una es viable y la otra es solamente amorfa. Es la diferencia que existe, por ejemplo, entre un organismo vivo y el reciente cadáver del que fue ese organismo. Las partes discretas ya no son funcionales con relación al todo, y, desde el punto de vista de la subsistencia, el todo ha perdido dicha capacidad, dejando de existir. Sus unidades discretas, no estando ya estructuradas en función de éste, pierden el vínculo que las relacionaba y las hacía funcionales en el propósito común de sobrevivir y reproducirse.

Lo que ocurre fundamentalmente es que la estructura de escala superior se destruye, impidiendo la funcionalidad de las subestructuras que siguen en un proceso de una progresiva degradación de escalas estructurales menores. Cuanto más complejo, la degradación de un todo estructurado puede ser mayor y su caída jerárquica puede ser más grande. Una sofisticada civilización puede sufrir una mayor degradación que una civilización simple, en cuanto civilización, en el caso de, por ejemplo, una catástrofe ambiental o una política. La degradación puede ser intensa e involucrar distintas escalas sucesivas que harían altamente improbable su reconstitución original.

La muerte de un animal significa la destrucción de sus subestructuras hasta la misma escala molecular. Si bien las macromoléculas orgánicas del cadáver del animal pueden llegar a integrar la estructura de un animal carroñero, o la de una bacteria desintegradora, la digestión de este animal la descompone en subestructuras aún menores hasta llegar a sus componentes moleculares y elementales originales.

Una estructura requiere autonomía de funcionamiento para obtener estabilidad, del mismo modo como requiere que la estructura de la que forma parte sea estable. La necesidad de autonomía para que una estructura funcione debe compatibilizarse con la estabilidad y permanencia de la estructura que la contiene. Así, si el funcionamiento de una parte no es compatible con la subsistencia del todo, la parte es como un cáncer para el todo, o sea, es disfuncional para el funcionamiento del todo.

Sin embargo, un ser humano, por ser un todo en sí mismo con objetivos propios que llegan a transcender el universo espacio-temporal, no puede, en último término, ser considerado bajo ninguna circunstancia como un cáncer para la sociedad de la que forma parte. Por el contrario, la función principal de cualquier estructura sociopolítica es la protección de todos sus miembros sin exclusión, no porque éstos le son más funcionales, sino porque cada miembro es un todo en sí mismo con finalidades que le son exclusivas y, por tanto, la razón de ser de aquélla.

Un ser humano no se justifica socialmente por su mayor o menor funcionalidad social; se justifica por sí mismo porque posee una función que trasciende cualquier grado de funcionalidad social. Aunque llegue a ser disfuncional para la sociedad, ésta no puede excluirlo ni menos eliminarlo, sino protegerlo y apoyarlo. Si un ser humano se constituye en un peligro para otros, la sociedad no podrá eliminarlo, sino únicamente apartarlo para que no produzca daño a las otras personas, y procurar simultáneamente su readaptación social. La percepción cultural de esta valoración ha sido expresada en la “Declaración universal de los derechos humanos”, manifiesto que recoge las aspiraciones de mayor grado de civilización y con el más alto contenido humano para proteger a los individuos del excesivo poder de la estructura política (el Estado) y de las mayorías que gobiernan y que tienden a no respetar lo derechos de las minorías, pero que ocasionalmente cuesta tanto a muchos Estados y grupos el poder reconocer.

La mayor o menor pertenencia de una unidad, o parte, en relación con la estructura, o el todo, está en función de la capacidad de la parte para subsistir con mayor o menor independencia respecto al todo. Una parte, tal como el individuo humano, que puede sobrevivir con relativa independencia respecto a las estructuras de las que forma parte en razón de su potencial multifuncionalidad, tiene una pertenencia relativa y circunstancial, aunque no por ello innecesaria, en un todo tal como una particular estructura social. Asimismo, una parte puede tener una relación de pertenencia con muchos todos diferentes sin que por ello exista incompatibilidad. Un individuo humano puede pertenecer a una familia, a un club literario y a una sociedad civil en forma simultánea. La pretensión de intervenir en la totalidad del individuo es el error en el que incurre todo totalitarismo político. El corporativismo cae en el error adicional de pretender que las diversas estructuras sociales, como la familia, el municipio o el sindicato son partes funcionales del Estado, del modo como los órganos son funcionales en un cuerpo biológico, y, por tanto, mediadores del individuo humano con éste.



CAPITULO 5. CAUSALIDAD Y ESTRUCTURACION



La relación causal es determinista, constituyéndose este principio en el fundamento de las leyes naturales universales. Exceptuando la acción intencional humana, el cambio en la naturaleza no se produce persiguiendo una finalidad, sino que proviene de las funcionalidades de la causa y el efecto. El determinismo de la relación causal es consecuencia de ambas funcionalidades específicas. El cambio genera estructuración en una escala superior. Si una estructura de escala mayor es posible, es debido a la funcionalidad de las unidades subestructurales que la integran y, en último término, a la extraordinaria funcionalidad de las partículas fundamentales. Si el universo está constituido en la escala más pequeña de todas por estas partículas fundamentales, está a su vez determinado en sus posibilidades por la funcionalidad de tales partículas. Aunque sus posibilidades de estructuración son ilimitadas en cuanto a formas y escalas, están por otra parte determinadas en cuanto a los modos de las relaciones causales.


Determinismo


Una cosa no cambia de cualquier manera, sino de un modo tan característico que de la repetición de la acción se puede inferir por inducción una ley universal. Esta ley es tal mientras un hecho distinto no pruebe lo contrario. En tal caso la mencionada ley deberá modificarse para incluirlo.

La relación entre una causa y su efecto es determinista. Es idéntica en todo momento y lugar del universo bajo las mismas condiciones. En la base existe un doble hecho: primero, toda fuerza tiene un modo dinámico absolutamente específico de actuar, pues se ejerce desde un punto, hacia una dirección, con una magnitud, una intensidad, una duración, un sentido, un alcance y una velocidad muy determinados; y, segundo, toda estructura tiene un modo absolutamente específico de ser funcional ante una fuerza, ya sea como causa, ya sea como efecto. Una fuerza interviene de una manera tan distintiva con relación a una estructura que esa acción la caracterizamos como una ley natural, y siempre ella actuará de la misma manera si las condiciones se mantienen o se reproducen. Las leyes son particulares según la escala de que se trate: las partículas fundamentales que estudia la física nuclear, los átomos que describe la física atómica, los elementos y las moléculas que analiza la química, las moléculas y las células que examina la biología, y así sucesivamente.

Es ilusorio suponer que la relación causal puede tener otro resultado que el determinado por la ley natural. Por ejemplo, la economía capitalista es un sistema productivo cuya finalidad es retribuir el máximo de beneficio posible al capital, y no debe esperarse que sirva para distribuir equitativamente la riqueza según las necesidades de cada cual o que persiga un desarrollo sustentable. Tampoco puede esperarse equidad de parte de un sistema legal y jurídico destinado a la preservación de privilegios de una minoría. Una manzana caerá verticalmente a tierra de la rama del manzano con una velocidad de 1 G. De modo similar, este libro, por el solo hecho de haber sido escrito, no conseguirá necesariamente ser leído si no concurren otras condiciones, como que sea interesante, actual, accesible, recomendable, etc.

Estas leyes naturales no tienen sentido alguno sin referencia a la fuerza, pues están directamente relacionadas con la funcionalidad de las estructuras. De este modo, el determinismo de la causalidad, base de la ley natural, se fundamenta en la fuerza y en la funcionalidad de las estructuras. Una causa puede tener un solo tipo de efecto si todas las demás condiciones permanecen iguales. Por ejemplo, siempre que se aplique calor al agua, ésta terminará por evaporarse. El límite de la universalidad lo constituye únicamente la variación de las condiciones. Dicho principio es el fundamento de la validez de la experimentación que demanda el método científico.

En la escala fundamental, podemos encontrar la acción de las cuatro fuerzas fundamentales del universo, de las cuales todas las restantes derivan. Las fuerzas más complejas, como, por ejemplo, aquellas que conciben un poema, provienen, en último término, de las fuerzas fundamentales, y el poema podrá teóricamente analizarse según estas fuerzas, según las leyes que las determinan y según cómo ha ido actuando para llegar a estructurar al sujeto poeta. Pero el poeta, el crítico de arte o el lector no necesitan conocer las leyes a esas escalas para escribir, criticar o emocionarse por el poema en cuestión. En la escala del poema las fuerzas fundamentales fusionan en una multiplicidad de escalas incluyentes estructuras tan complejas como los seres humanos, quienes comprenden y sienten signos y conceptos que pasarían desapercibidos a seres tan complejos, pero algo menos inteligentes, como los perros. El sonido que sale de los parlantes de la disquetera es transportado a mis oídos de la misma manera que cualquier otro sonido, esto es, por vibración de las moléculas del aire. Pero para mí se trata de la sublime música del Doble Concierto de Brahms que produce profundos sentimientos en mi mente.

En la descripción de mecanismos y los procesos dinámicos que transforman estructuras la ciencia necesita descubrir y definir las leyes que norman y regulan las fuerzas. Las leyes naturales puedan ser descubiertas mediante la alternancia entre la hipótesis y la experimentación, y a través de la rigurosa verificación de la relación causal que se analiza. A partir de Newton, la ciencia pudo concluir que las fuerzas actúan en forma determinista, definida por la funcionalidad estructural, según leyes válidas para todo el universo. Newton había descubierto que las leyes mecánicas que rigen la caída de una manzana son las mismas que gobiernan el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra, y, por consiguiente, que aquellas leyes pueden aplicarse también en dimensiones cósmicas para todo el universo.


Predictibilidad


En contraste con la conclusión científica acerca del cambio, que lo hace depender únicamente de la causa eficiente aristotélica, para Aristóteles el estudio de la naturaleza constituyó una indagación de la causa final, del telos, de la finalidad de la acción, que para él fue la causa más importante y la causa de todas las otras causas. Él deseaba aclarar el mecanismo de cómo la razón, en el sentido de ordenamiento, funciona en la naturaleza. Las estructuras no pueden ser explicadas simplemente mediante relaciones causales mecánicas. Las cosas poseen una potencialidad que puede ser actualizada solamente a través de la “información” de la materia, la causa formal aristotélica. La naturaleza funciona gracias a una adaptación continua de la materia prima a la variedad de formas, su causa material. La peculiaridad de sus funciones no es comprensible sin referencia a la forma que tiene que producirse. Él intentó descubrir la adaptación de los medios a los fines. Utilizó la función para explicar la estructura.

Posteriormente, en la Edad Media, los escolásticos estuvieron interesados en resaltar aún más la causa final como la causa de todas las demás causas por una razón adicional. La causa final explicaría el cambio en función del plan divino de salvación. Todo el acontecer tendría una explicación en la voluntad divina que interviene en la existencia para la salvación o la condenación eternas. El hacer depender la historia de la teología requería, no obstante, de una autoridad que pudiera interpretar, sin error, la voluntad divina. Sin embargo, este conocimiento, que es imposible en nuestro universo, es la base de la creencia de todo tipo de integrismo, sea judío, cristiano o musulmán. Para un integrista la democracia aparece como una aberración, por cuanto la voluntad popular resta soberanía al Dios omnipotente.

El siguiente paso lógico lo daría Juan Calvino (1509-1564), quien, con una importante dosis de maniqueismo agustiniano, proponía la doctrina de la predestinación. El cambio ya no tiene importancia, excepto como una señal de la voluntad divina, puesto que ésta, en su omnisciencia eterna, ya había decidido desde el principio de los tiempos sobre el las consecuencias del cambio.

Ya en el siglo XIX, Juan Bautista Lamarck (1744-1829) exhibía una primitiva teoría de la evolución biológica. Esta debía mucho a las ideas de Aristóteles sobre estructura y función. Su postulado “la necesidad crea al órgano” es lo mismo que afirmar que la estructura sigue a la función, o que el uso genera el propósito, o que el medio se adapta al fin. Su teoría se vio superada definitivamente por la de Carlos Darwin (1809-1882), quien explicó el mecanismo de la evolución biológica mediante la “selección natural” en la adaptación al medio, postulando “la supervivencia del más apto”. Una estructura más funcional al medio logra transmitir sus cualidades genéticas a la especie a través de su progenie. El cambio no es una respuesta a un fin, sino a una fuerza que se manifiesta en el medio ambiente.

Sin embargo, cuando la acción es intencional, como en el único caso conocido que es la acción racional del ser humano, la estructura que crea sigue a la función que es capaz de concebir previamente como finalidad. Por ejemplo, el ser humano construye intencionalmente (y no instintivamente) una casa con el propósito de habitarla; concibiendo primero la función que debe cumplir el artefacto, (en este caso satisfacer la necesidad de cobijo), diseña, proyecta y planifica una estructura que cumpla con la función demandada. Posteriormente ajusta su acción a esa finalidad, construyendo el artefacto casa.

Análogamente, a Dios se le supone una intención cuando creó el universo. De ahí que sea explicable la creencia de ciertos grupos de fieles en la causa final para el cambio y la evolución en el universo. El problema es que a través de la filosofía o la ciencia nosotros no tenemos acceso al conocimiento de la intencionalidad divina, como sí lo tenemos para explicar el cambio y la evolución sin recurrir a causas finales.

Aun cuando la comprensión del cambio y su determinismo nos posibilita adecuar nuestra acción con efectividad para alcanzar los fines que nos proponemos, liberándonos de la dependencia de mitos que hablan del destino y el futuro gobernado por potencias sobrenaturales, no poseemos la seguridad absoluta del acontecer futuro. La razón es que el determinismo de la causalidad, en la perspectiva del tiempo, existe, metafóricamente hablando, en una sola dirección: hacia el pasado, hacia la causa. Todo efecto tiene una causa, y la segunda ley de la termodinámica nos enseña que los acontecimientos son irreversibles. A pesar de que la historia es una sucesión de acontecimientos relacionados causal y secuencialmente, no es determinista, sino en sentido regresivo, puesto que no existe conocimiento necesario de los efectos a partir de las causas, pero sí de las causas a partir de los efectos. En el conocimiento de la historia es posible trazar el camino hacia las causas y llegar a comprender el acontecimiento, explicándonos de este modo lo ocurrido. Pero frecuentemente erramos cuando predecimos el futuro. Ni el más eximio arquero puede asegurar que su flecha dará precisamente en el blanco. Esto ocurre por dos razones complementarias.

En primer término, la causalidad en la historia es de hechos individuales cuánticos y es, por lo tanto, indeterminada. El determinismo de la complementariedad de la estructura y la fuerza, que explica “cómo” una fuerza específica actúa sobre una estructura específica, no logra, como ya señaló Werner Heisenberg (1901-1976), indicarnos “cuándo” ni “dónde” una fuerza de hecho actuará en el nivel estrictamente individual. En este sentido, existe un indeterminismo en la relación de la causalidad. Los sucesos individuales ocurren por azar. No obstante, en una escala superior la cantidad de sucesos es englobada por la estadística; y cuanto mayor sea la cantidad de sucesos contabilizados, mayor será el grado de certidumbre y de predictibilidad de la ocurrencia de un fenómeno en la escala superior. Sin embargo, puesto que los acontecimientos históricos son en general muy particulares a causa de las innumerables condiciones que los determinan y, sobre todo, por la acción libre e indeterminada de los actores humanos, no es posible situarse en una escala superior que permita predecir el acontecer por inferencia estadística. No obstante, ello no es obstáculo para que podamos aprender de los acontecimientos del pasado para comprender el presente y especular sobre el futuro.

En segundo lugar, aun cuando se pueda conocer el origen de un acontecimiento, no es posible predecir el futuro de una acción, al menos a escala cuántica, porque en todo proceso actúa la segunda ley de la termodinámica. El exacto estado de entropía es imposible de establecer para un tiempo futuro a causa de lo aleatorio del devenir. Podemos predecir que el contenido de un río desembocará en el mar, pero no podemos predecir qué ocurrirá con alguna molécula de agua individual que ubiquemos en su curso. Esta puede muy bien evaporarse, infiltrarse en el lecho, ser absorbida por algún arbusto de la orilla, bebida por un pez o llegar después de todo al mar. Podríamos ciertamente calcular la probabilidad de lo que le puede ocurrir a dicha molécula de agua si conociéramos bien el comportamiento del agua del río en cuanto al caudal que porta en el punto de medida, a los que afluyen y efluyen en los distintos puntos del curso, a la pérdida de caudal en el curso, y al caudal que llega final y efectivamente al mar.

En un orden relacionado de cosas, conviene añadir que la historia es relevante en la medida que exista estructuración, como la creación de una nueva forma de estructura política, y también que exista desestructuración, como una derrota bélica. La repetición interminable de sucesos homogéneos de estructuración y desestructuración dentro de una misma escala llega a ser irrelevante, aunque ciertamente histórico en cuanto a cronología, ocupando muchas veces los titulares de periódicos. Pero estos titulares podrían incluso transcender el tiempo y ser leídos significativamente en cualquier tiempo, tan irrelevante es lo que tendrían que decir. De esta manera, podríamos decir que un pueblo carece de historia cuando los únicos sucesos son las interminables acciones repetitivas de subsistencia, pero que nada nuevo logran estructurar. En general, la historia se interesa más bien por los acontecimientos que han originado cambios significativos que repercuten en el acontecer, deshomogeneizándolos.


Funcionalidad fundamental


Toda la extraordinaria maravilla y complejidad del universo parte de la especial funcionalidad de algunos contados tipos de partículas fundamentales, como significando en su intrínseca simplicidad la majestuosidad de su Creador. Sin esta ciega e inequívoca funcionalidad, la estructuración de la materia por la acción de la fuerza hubiera sido imposible. Incluso, si hubiera sido posible, una funcionalidad distinta de las partículas fundamentales hubiera generado un universo que no sólo nos sería imposible de imaginar, sino que simplemente en éste no habríamos existido para poder imaginarlo. Por lo tanto, nuestro universo es, en lo que nos concierne al menos como especie biológica, el mejor posible, siendo nosotros el puro efecto de la funcionalidad de las cosas. En este respecto, nosotros somos la especie biológica más exitosa que subsiste en la actualidad, al menos en el planeta Tierra.

Lo más extraordinario del universo no es tanto que los bloques más básicos con los que todas sus cosas han sido construidas sean las partículas fundamentales, ni que estas partículas tan simples estén en la constitución de cosas tan complejas, sino que estas partículas fundamentales sean tan específicamente funcionales que a partir de ellas todas las cosas del universo que han existido, que existen y que existirán hayan podido ser estructuradas. El plan maestro de la diversidad y de la evolución del universo entero se basa en la funcionalidad simple y específica de las partículas fundamentales, las que se encuentran sosteniendo la estructuración de la materia en sus sucesivas escalas de estructuración, pasando por partículas subatómicas, átomos, moléculas, hasta llegar a los complejos organismos vivientes, algunos de los cuales tienen incluso cerebros capaces de pensamiento abstracto y racional que permiten además la constitución de las complejas sociedades humanas. La materia, en el transcurso del tiempo, con el enfriamiento del universo, se ha ido diferenciando y estructurando en formas cada vez más complejas y funcionales, aunque su composición contenga el mismo tipo y variedad de partículas fundamentales simples que por su particular funcionalidad sufren determinadas combinaciones para conformar toda la diversidad del universo. La simplicidad original contuvo en su origen las infinitas posibilidades de estructuras y organizaciones estructurales que han surgido hasta ahora, que surgirán en el futuro y que pudieron haber surgido.

Aquello que Leucipo y Demócrito omitieron en su teoría atomista fue que tales átomos no son pasivos, según se desprende de sus postuladas características como entes eternos, indestructibles e inmutables, sino, por el contrario, son extraordinariamente funcionales. Fue correcto suponer que si uno divide la materia progresivamente se llega a un punto en que ya no es posible seguir dividiéndola sin que esa muy pequeña partícula resultante pierda las propiedades mantenidas en común con el resto de dicha materia; pero entonces lo relevante resulta ser no precisamente la magnitud de la partícula, sino sus propiedades, aquello que la hace funcional.

Por otra parte, las partículas fundamentales no pueden ser de ninguna manera consideradas como aquellas “mónadas” de Gottfried Leibniz (1646-1716), o “átomos formales”, como las llamó también, pues éstas son definidas como puntos inextensos, absolutamente simples, imperecibles, incausados, espontáneamente activos y, recogiendo el prejuicio cartesiano de separar las cosas entre extensiones y pensamientos, son también anímicos, a pesar de ser considerados verdaderas fuerzas funcionales. Las mónadas no son más que una abstracción de la mente de este filósofo sin base alguna en la realidad, pero demandada para dar una explicación por esta dimensión de las cosas cuando la ciencia nada sabía aún de lo muy pequeño, excepto por los primeros titubeos de Antonio van Leeuwenhoek (1632-1723) y sus primitivos microscopios.


Progreso y teleología


En los dos siglos recién pasados la idea de progreso ingresó en la cultura occidental cuando se adquirió conciencia histórica del evidente desarrollo en el largo plazo que experimenta la naturaleza a la luz de la ciencia moderna y en el mediano plazo que sobrelleva la misma civilización occidental a causa de la tecnología. Pero el concepto se ideologizó. Posteriormente, el jesuita y paleoantropólogo Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) acuñó la palabra “complejificación” para referirse a la evolución progresiva que él observaba en la evolución de la especie homo y, por analogía, en toda la naturaleza. Para él la evolución no sólo es biológica, sino que también es de la materia, y obedece a un movimiento teleológico cuya dirección culmina en la conciencia y su mayor adquisición cualitativa.

Ciertamente, esta última conclusión tiene un carácter filosófico. No puede ser científica, pues es refractaria a la verificación empírica. De este modo, si nos remitiéramos sólo a la ciencia para explicar la naturaleza del universo, nuestro avance sería bastante acotado, aunque esta rama del saber adhiere de manera entusiasta a la afirmación que en el universo ha existido efectivamente progreso desde su inicio. Basta remitirnos a la historia de nuestro planeta Tierra para constatar la evidente progresión, en especial biológica.

La explicación entregada en este ensayo es que estructuras de cualquier escala han requerido la estructuración previa de las estructuras de escalas menores que la constituyen, como sus subestructuras, y así sucesivamente hasta llegar retrospectivamente a las estructuras primeras en la escala más ínfima, que son las partículas fundamentales. Por su parte, las estructuras de escalas superiores son posteriores y más multifuncionales que las estructuras de escalas inferiores, pues no sólo poseen las funciones o capacidades de las estructuras que contiene, sino que también las funciones propias.

También es posible deducir, como lo hace Teilhard de Chardin, que en la evolución progresiva de las cosas existe finalidad. Este ensayo lo explica diciendo que por una parte, siendo la acción de la fuerza determinista en razón de la funcionalidad específica de cada cosa, una cosa interactúa con otra de manera perfectamente previsible y determinista. Por la otra, siendo que las cosas de una misma escala pueden interactuar entre sí, llegan a conformar una estructura subsistente de una escala nueva y superior, y esta nueva estructura posee una función propia que es original y más compleja.

Así, pues, de las posibles formas imaginables que la materia puede tomar, son posibles únicamente aquellas que son funcionales, e incluso son más favorecidas aquellas que resultan ser aún más funcionales que el resto. En consecuencia, la funcionalidad permite, en primer lugar, que exista estructuración y, en segundo lugar, que la estructuración avance en el sentido de una mayor funcionalidad, concepto que se presenta secundariamente como complejidad, o complejificación.

Es manifiesto que la explicación de la creciente estructuración de la materia necesita de un mecanismo de orden teleológico, es decir, educido por una finalidad, pues es impensable que sea el puro azar la causa de la complejificación de la materia. Y este mecanismo presupone una especie de ortogénesis, esto es, una evolución lineal entre un origen simple y un fin complejo. Adicionalmente, tal complejificación presupondría un propósito en ambos extremos: al inicio, la causa eficiente de la creación; al término, una causa final intencional. Esta es precisamente la visión del jesuita Teilhard de Chardin, quien simboliza ambos extremos con el Alfa y el Omega respectivamente.

Sin tomar en cuenta la enseñanza de Aristóteles de que la causa de todas las causas es la causa final, es decir, que todo cambio se efectúa por un propósito preexistente al cambio, el problema de la visión teilhardiana es que, aunque el conocimiento de la materia nos indica una evidente estructuración en el tiempo y una posible finalidad radicada en su origen y en su estructura fundamental, que incluso podría ser una mayor conciencia, la ciencia moderna no está en condiciones para presuponer, objetivamente hablando, ninguna intencionalidad, ni menos para conocerla. Se podría decir que la visión de teilhardiana en este aspecto no es científica, sino que teológica.

Es posible sólo percibir azar en el tránsito entre un punto original y un punto de destino o, más precisamente, entre una causa y su efecto. Incluso pertenece al azar que ese destino sea más complejo que su origen. Ello es perfectamente comprensible y es lo que se observa en la naturaleza. Así, en la perspectiva de la ciencia empírica el advenimiento del ser humano ha sido producto del más extraordinario azar. Sin embargo, en esta misma perspectiva, en dos instancias cabe la necesidad. Por una parte toda relación de causa-efecto está sujeta a las leyes naturales y este cambio ocurre necesariamente según dichas leyes. En otras palabras, esta necesidad está contenida en la energía primigenia del big bang, la que fue dotada de un estricto código que llamamos leyes naturales. En una segunda instancia la necesidad aparece en una escala superior cuando se refiere a sus unidades discretas. El azar que ocurre en la escala de las unidades discretas se torna en necesidad en la escala de la estructura y pasa a ser un asunto estadístico.

Por lo tanto, la filosofía de la complementariedad estructura-fuerza puede concluir que la complejificación no necesita de una aristotélica causa final si suponemos que la materia surgió con una capacidad intrínseca desde el big bang para organizarse en estructuras funcionales cada vez más complejas, que la causa de todas las causas es la energía primigenia y que en el mismo acto del big bang hubo una finalidad que se imprimió a la materia primigenia.

Esta idea es distinta de la del deísmo, que concibe un universo como una máquina que funciona por sí misma, sin la intervención de su fabricante, en la imagen del relojero, que fabrica un reloj, le da cuerda y lo deja funcionando por sí mismo. Es distinta, pues un reloj, o una máquina, no sólo no evoluciona progresivamente hacia un fin, sino que su funcionamiento está tan determinado a ser un reloj que no tiene posibilidades de modificarse en algo distinto. Desde su inicio el universo ya contuvo un rumbo prefijado, el que nos puede parecer ser azaroso, y los naturalistas sólo constatan el mecanismo de relojería sin ser capaces de admitir su ortogénesis. También la idea de la complementariedad estructura-fuerza es distinta  del concepto “máquina autopoiética”, de Humberto Maturana R. (1928-) y Francisco Varela G. (1946-2001), que significa producirse a sí mismo y que define específicamente un organismo biológico. 

Así, pues, la estructuración de la materia sigue un curso que es ortogénico y en cierto sentido determinista. Pero como vimos más arriba, no es educida por una causa final, sino que es producto de la especialísima funcionalidad de las partículas fundamentales, ladrillos básicos de todas las estructuras y fundamento de las estructuras más inimaginables, en combinación con el indeterminismo fundamental de la materia. Tampoco las partículas fundamentales son semejantes a la materia prima aristotélica, que requiere tan solo ser informada para llegar a existir. Lejos de tal concepción, la materia no requiere forma y su potencialidad proviene exclusivamente de la funcionalidad de las estructuras que se llegan a organizar.

Es moda en la actualidad extrapolar el mecanismo de la evolución biológica a las otras escalas en el cambio que se observa en el universo. Sin embargo, tal extrapolación no es legítima. La evolución biológica ocurre en la estructura ‘ecosistemas’ y sus dos unidades discretas son el ambiente y las especies biológicas o biocenosis. Mientras el ambiente no cesa de cambiar, ya sea suave o bruscamente, una especie biológica se ve obligada a adaptarse para no sucumbir y a apoderarse de algún nicho ecológico, y lo hace paulatinamente, según el ‘accidente’ de la mutación genética. Cada estructura ‘especie biológica’ se compone de unidades discretas que son los organismos biológicos que son capaces de interactuar sexualmente para reproducirse y transmitir a su descendencia sus propios caracteres. Así, los descendientes contienen una mezcla de caracteres de ambos progenitores. Existen caracteres favorables, desfavorables y neutros para la supervivencia individual en un medio dado, y la profusión de caracteres se debe a las esporádicas mutaciones que ocurren accidentalmente en la replicación del código genético. Aquellos caracteres que son más favorables terminan por ser incorporados al banco genético de la especie, posibilitando que sus unidades puedan sobrevivir y reproducirse mejor, y la especie obtener mayores probabilidades para prolongarse en el tiempo y el espacio.


Inteligencia


Sería tal vez demasiado antropocéntrico suponer que el universo fue creado de modo que evolucionaría necesariamente hasta fructificar en el ser humano, considerado por éste mismo su máxima expresión y única cúspide. Lo que sí podemos establecer es que la estructuración de la materia sigue la ruta de la funcionalidad, y que, hasta donde llega nuestro conocimiento del universo, en el aquí y ahora de la historia del sistema solar los seres humanos somos las estructuras existentes más funcionales. La conclusión que se puede derivar es que la estructuración de la materia perseguirá necesariamente la mayor funcionalidad posible, pero como la estructuración sigue caminos aleatorios e indeterminados, en estos milenios de historia y en esta región del universo los seres humanos pretendemos ser la máxima expresión de la estructuración de la materia. Probablemente, en otros lugares y épocas otras criaturas ocuparon u ocuparán el puesto, tan elevado o mucho más, que nosotros estamos ocupando transitoriamente, mientras dure nuestra especie.

Si el ser humano, tal cual es, ha llegado a existir, es porque se ha dado una extraordinaria cantidad de condiciones favorables que hacen absolutamente improbable que puedan ser repetidas en otra parte y en otro tiempo del universo para producir seres humanos como nosotros. Pero por otra parte, probablemente, en algún otro lugar del universo se podría estar estructurando, si acaso no ha ocurrido aún, otra serie de organismos vivientes más extraordinarios y, supiera alguien, con qué brillantes inteligencias, pues nada hay en la materia que impida tal posibilidad.

El punto es que el ser humano podría perfectamente desaparecer de la faz de la Tierra, y el universo seguir su marcha sin verse afectado para nada por ello. En cambio, si así no fuera, las majestuosas y antiquísimas galaxias, por ejemplo, no tendrían otro propósito que la de ser observadas por algún astrónomo humano ocasional, aunque lo que realmente se esté observando son las gigantescas fuerzas desplegadas para seguir estructurando el universo en escalas progresivas y cada vez más complejas. Desde luego, ello no ocurre de esa forma en una perspectiva filosófica, pues, en la dicotomía sujeto-objeto, el objeto es naturalmente anterior y preexiste al sujeto observador. Tampoco se puede suponer que Dios, a la manera de un ególatra, creó a los seres humanos para que lo alabaran cuando contemplaran la maravilla de su creación. En realidad, la inmensa mayoría de éstos están más ocupados en ellos mismos, dirigiéndose a Dios sólo para pedirle ayuda cuando las cosas les van muy mal. En conclusión, se puede establecer que la razón de ser de un universo que no necesita de testigos para testimoniar su grandeza es precisamente la estructuración que puede llegar hasta la conciencia más profunda.

Tal es el punto de vista permitido a nuestra razón en su necesidad de objetividad. No puede aceptar aquello que no obedece a una relación de causa-efecto como base objetiva para una proposición científica. No obstante, no puede dejar de impresionarnos y causarnos la más profunda admiración el hecho de que la estructuración máxima jamás alcanzada por la materia, al menos hasta donde llega el conocimiento científico, y haciendo abstracción de aquellos magníficos hombrecitos verdes y sus platillos voladores, esté ocurriendo justamente en un lugar del espacio y en un momento del tiempo absolutamente únicos y exclusivos: la biosfera del planeta Tierra, aquella zona de unos 6 a 12 kilómetros de espesor que rodea su superficie sólida, desde hace unas cuantas decenas de miles de años. Es tan improbable que semejantes condiciones tan particulares se encuentren en algún otro tiempo y lugar del vasto universo que la vida inteligente, como la conocemos, materializada en homo sapiens es virtualmente una singularidad, sin olvidar que la vida y la inteligencia son justamente resultados de la capacidad de la materia para estructurarse.

La vida humana depende de requisitos tan únicos como, por ejemplo, la existencia de agua líquida, una temperatura relativamente estable de 15° C de promedio, una presión de 1 atmósfera, el suministro de energía de unos 5 kWh/m² día del Sol, la forma absolutamente aleatoria y azarosa de cómo ha evolucionado la vida en sus 3.500 millones de años de existencia y de una infinidad de condiciones más. Así, si la materia ha llegado a estructurase en vida inteligente como la conocemos, se ha debido a condiciones virtualmente irrepetibles.

Podemos establecer en este sentido que si la materia ha llegado a estructurarse como inteligencia en el planeta Tierra, de ninguna manera se puede deducir que ésta sea la manera determinista en que necesariamente evoluciona su estructuración. Esto es imponer un modo muy antropométrico a las posibilidades de la estructuración. Además, a pesar de que la materia tiene la potencialidad para estructurarse en cosas tan complejas y funcionales como los seres humanos, ello ha sido posible a causa de la larga historia particular de la formación de nuestra Tierra y de la aleatoria y azarosa evolución biológica ocurrida allí, y no a un determinismo intrínseco en las partículas fundamentales. Esta ilusoria idea surge naturalmente de observar el determinismo en las escalas más simples de las partículas, átomos y moléculas que se dan en todo el universo, pero cuando se aumenta la escala, la ocurrencia en el tiempo y en el espacio para la estructuración va disminuyendo al tiempo que aumentan las posibilidades de estructuraciones distintas.


Potencial estructurador


El que la estructuración de la materia obedezca o bien al azar o bien a la intencionalidad divina es un problema que no está en nuestra capacidad de explicación racional. Aquello que sí es propio de una explicación racional es la posibilidad de que la materia haya llegado a estructurarse en la forma de un homo sapiens a partir de quarks y electrones. Lo que escapa a una explicación científica es que tal estructuración sea teleológica, por la sencilla razón de que no tenemos evidencias experimentales y, por tanto, a posteriori de tal posibilidad. Si la ciencia no puede procurar una explicación para el sentido que ha seguido la estructuración de la materia, cualquier acusación de deísmo es inoficiosa. Ocurre que mientras la causa ‘eficiente’, que es la que podemos conocer experimentalmente, actúa de un modo determinado en un medio indeterminado, la causa ‘final’, que no podemos conocer, actuaría según el determinismo divino. En consecuencia, a pesar de que estamos capacitados para afirmar que la capacidad que posee la materia para estructurarse provino desde su creación, en el origen mismo del universo, de ninguna manera estamos en condiciones para negar que la particular estructuración que la materia ha tenido ha sido educida por una causa final, necesariamente de origen divino, pues la materia nada tiene en sí misma que la obligue a estructurarse en un determinado sentido, según su principio de indeterminación fundamental.

Independientemente de lo que se pueda creer acerca de la intención del Creador, la capacidad que posee la materia para estructurarse en infinitas formas proviene del hecho de que toda estructura es esencialmente funcional, esto es, es capaz de dirigir y controlar la fantástica prodigalidad de la fuerza de modos muy determinados que permiten, sino siempre, la subsistencia de estructuras, al menos su resurgencia en una cadena continua entre lo simple y lo complejo, y desde la escala subnuclear hasta la escala supergaláctica. Desde el punto de vista de la estructura, ésta posee finalidades, propósitos u objetivos que le son enteramente particulares. En este sentido, función y finalidad son equivalentes. El tránsito evolutivo que va desde la fuerza pura hasta la estructura más compleja se ha realizado, en el curso del tiempo, desde el instante de la creación hasta la actualidad, a través de dos procesos distintos: el uno, dentro de una misma escala y el otro, saltando de una escala a otra superior. En ambos, el producto surge a partir de cosas ya existentes, conteniéndolas.

En primer término, existe el tránsito evolutivo dentro de una misma escala. No se trata de una simple agregación de unidades homogéneas que no logran generar estructuras más complejas, ni funcionalidades cualitativamente distintas, como sería el caso de aumentar una mayor cantidad de agua en un recipiente. El proceso evolutivo dentro de una misma escala consiste en una agregación de unidades discretas funcionales que producen no sólo estructuras más complejas o más grandes, sino en funcionalidades distintas, como, por ejemplo, el sistema periódico. Dentro de este sistema se encuentra desde el hidrógeno, el átomo funcional más simple de todos, hasta los transuránidos, átomos que no sólo contienen mayor cantidad de unidades subatómicas, sino estructuras internas más complejas y mayor cantidad de capas electrónicas. Y probablemente sea el carbono el átomo más funcional de todos los de la tabla periódica, aunque sea de los más simples. En el tiempo el tránsito va desde lo más simple a lo más complejo, y lo más complejo supone ya que lo más simple existe o ha existido. En nuestro ejemplo, antes de que se estructuraran los transuránidos, se estructuró el hidrógeno. Las unidades discretas que estructuran un átomo (neutrones, protones y electrones) son bastante más funcionales para estructurar el hidrógeno que, digamos, el radio. Además, a partir del hidrógeno estructurado fue posible estructurar el helio, el litio, el berilio y así sucesivamente, en un proceso de fusión atómica.

En segundo lugar, la evolución se da de una escala a otra mayor. Este paso evolutivo se verifica mediante síntesis evolutivas de estructuras de escalas inferiores, produciendo estructuras que contienen, como unidades discretas, estructuras de la escala inferior. Este hecho genera tanto mayor complejificación como funcionalidades radicalmente nuevas. El producto generado no sólo contiene la funcionalidad de las unidades que lo estructuran, sino que también posee la nueva función adquirida por la nueva estructuración. Por ejemplo, un átomo de hidrógeno es menos complejo que una molécula de agua, puesto que ésta lo contiene como subestructura y posee una funcionalidad de otro orden de la que es dable esperar de los elementos de la tabla periódica. Las estructuras de escalas superiores que han emergido en el curso de la historia suponen la preexistencia de estructuras de escalas inferiores. En el ejemplo, es suficiente que los átomos de hidrógeno y de oxígeno se hayan estructurado previamente para que la molécula de agua tenga, a su vez, la posibilidad de estructurarse.

Del mismo modo que el mecanismo de la evolución es claro para explicar la transformación de las especies biológicas, para otras escalas estructurales es posible también descubrir sus propios mecanismos evolutivos. Aunque frecuentemente no nos sean enteramente claros, y aunque muchas veces nos sean aún completamente desconocidos, podemos suponer que cada escala tiene sus propios mecanismos para dar cuenta de sus posibilidades en la variedad y amplitud estructural. Así, tal como existen mecanismos para la evolución biológica, también existirían mecanismos particulares para la evolución dentro de escalas tales como los elementos de la tabla periódica, las moléculas de la química orgánica, los regímenes políticos de la sociedad humana o el diseño de muebles. En todos estos casos y de todos aquellos que podamos pensar, las estructuras evolucionan dentro de una misma escala, adquiriendo diversos grados de funcionalidad, y, al ser así más funcionales, es posible pasar a la siguiente escala.

La materia se estructura en el tránsito de una escala a la otra inmediatamente superior. Los mecanismos de esta integración y síntesis de elementos distintos pertenecientes a una escala inferior son diferentes de los mecanismos evolutivos propios que existen dentro de una misma escala. Un mecanismo de tipo dialéctico es insuficiente para explicar el cambio evolutivo. El paso de la rueda al automóvil no es de ninguna manera evidente, pero la estructuración de un automóvil presupuso la existencia de la rueda. Los mecanismos que posibilitan el tránsito de una escala inferior a otra superior tienen en común la capacidad funcional que poseen las unidades subestructurales que llegan a componer la estructura mayor en cuestión para combinarse y constituirla, y de la funcionalidad de la nueva estructura así conformada. El automóvil fue posible cuando surgió el motor, entre sus otras unidades discretas esenciales, como, transmisión, dirección, frenos, etc.

La estructuración de la materia tiene una dirección muy determinada, la que, como vimos, es hacia la complejidad y la multifuncionalidad. Aunque intervienen en la estructuración de todas las cosas y contienen en sí mismas toda la potencialidad de estructuración que la materia puede alcanzar, las estructuras más simples de todas son las partículas fundamentales. Para que estas partículas se hayan podido estructurar, a muy poco del comienzo del universo, se requirió de tan enormes cantidades de energía que habría que construir un acelerador de partículas verdaderamente gigante para poder desintegrar o destructurar una de éstas. Saltando una o dos escalas de estructuración, la construcción de nucleones a partir de quarks significó consumir cantidades bastante menores de energía. Pero mucho menos es la cantidad de energía requerida para estructurar átomos. Es la cantidad que consumen las estrellas que iluminan la noche y que son las fábricas de los átomos. Las asombrosas explosiones de bombas termonucleares equivalen sólo chispazos instantáneos y localizados del proceso continuo que una estrella lleva a cabo en su vida de miles de millones de años. En el otro extremo de la escala del consumo energético, sin alterar su estructura atómica, los seres humanos hemos aprendido que para aislar y derretir metales se requiere de hornos de elevadas temperaturas, y que para transformarlos, las máquinas deben ser potentes para nuestras capacidades. Aún menos energía se necesita para estructurar moléculas, las que son mucho más complejas y funcionales que los átomos. De hecho, en nuestra fría Tierra, donde comparten su existencia innumerables tipos de estructuras de todo orden, la energía indispensable es bastante débil, y para efectuar una obra de arte, las sutilezas de la mente que la concibe surgen de consumir cantidades nimias de energía. Así, pues, la dirección hacia la complejidad y la multifuncionalidad va requiriendo cada vez de menos energía.

El tiempo del universo no transcurre entre un big bang y agujeros negros, o entre la generación de la materia y su total absorción al final de los tiempos. Este tiempo transcurre entre las estructuras fundamentales que requirieron infinita energía y estructuras de escalas progresivas de complejidad que demandan cada vez de menos energía para ser cada vez más funcionales. Y la energía demandada es provista por la energía infinita que originó el universo, que se transformó en materia en expansión y que va siendo cedida en el curso de esta expansión.

Cuando una estructura de escala superior llega a emerger y ser funcional, se materializa lo que era pura posibilidad y se hace presente para la posteridad lo que hasta ese momento no existía. Si la estructura de la escala superior es posible, es debido a la funcionalidad de las unidades subestructurales que la integran y, en último término, a la extraordinaria funcionalidad de aquellas unidades más primarias: las partículas fundamentales. Si el universo está constituido en último término por estas partículas fundamentales, está a su vez determinado en sus posibilidades por la funcionalidad de tales partículas. Aunque sus posibilidades de estructuración son ilimitadas en cuanto a formas, están por otra parte determinadas en cuanto a escalas y modos de relaciones causales. Y es probable, a riesgo de parecer antropocéntrico, que la escala de mayor estructuración posible sea el ser humano inteligente.


Santiago de Chile


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NOTAS:
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